Dios es amor
Leer 1.ª Juan 4:7
Para compenetrarnos en la verdad es muy importante comprender no sólo que el amor es de Dios, y que permanece en los creyentes, sino también que el amor al cual nos referimos es el propio carácter de Dios. “Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él” (1.ª Juan 4:16). Y aun está escrito: “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.”
El tema del cual el Espíritu Santo nos habla en el capítulo 1 de esta epístola, tocante a nuestra relación con el Padre, es de incomparable belleza, y sólo podemos ahondar en él si comprendemos por qué motivo vino Cristo. Cuando lo sabemos, nos identificamos con el Hijo, quien vino al mundo a fin de que en Él tengamos la vida. “Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él.”
¿De qué clase de vida se trata? Pues de aquella que pone al creyente en directa relación con el Padre y con el Hijo. No sólo soy hijo, sino que además, habiendo nacido de Dios, tengo una nueva naturaleza. Dios me dice que yo estoy en su Hijo, el cual era desde antes de la fundación del mundo, y que Él está en mí. Pensemos en la posición en la cual Él nos ve y recordemos también que todas las fuentes de Dios están en Él.
De parte de nosotros, Dios percibió únicamente odio, pero su amor lo condujo a dar a su Hijo. Por otra parte, el amor condujo al Hijo para que viniera a este mundo, a fin de que el amor de Dios pudiese ser manifestado a sus criaturas. Su propia naturaleza y su corazón lo condujeron a obrar así. Dios extrae sus propios motivos de sí mismo y su amor es vertido en el corazón de aquel que lo aprecia.
Lo que nos introduce en la misma presencia de Dios es el amor, un amor que comunica la vida de su Hijo a aquellos que estaban muertos en sus delitos y pecados; de manera que ellos tienen ahora la vida que está ligada al Hijo y que no puede ser tocada.
Si Cristo mismo, allá en lo alto, es mi vida, estoy ligado con él en “el haz de los que viven” (cf. 1.º Samuel 25:29). La cabeza no puede decirle al pie: “no te necesito”; al más débil miembro del cuerpo de Cristo, que atraviesa las dificultades y las tristezas del desierto, no se le puede decir: no te necesito. ¿Por qué? Porque estamos ligados en el haz de los que viven.
Tal vida no solamente es vista en toda su belleza en Aquel que estaba con el Padre, sino que nos ha sido comunicada por Él y está en nosotros, por lo cual Cristo no puede decirnos que no nos necesita.
¿Alguna vez habéis mirado la faz del Señor Jesucristo, con la convicción de que tenéis una misma vida con él? Si es así, no podéis tener la menor duda en lo que respecta a vuestro lugar delante de Dios. Todo era muy bello en Edén y, mirando alrededor de sí, el hombre habría podido decir: «¡Qué maravilloso dador es Dios!»
Pero ¿qué podríamos decir nosotros, que hemos recibido tal vida y tenemos comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo? Ciertamente, conviene que nos prosternemos y digamos: «¡Qué bendito dador es nuestro Dios!» Dios nos halló cuando estábamos perdidos en nuestros pecados, y nos dio la vida que nos ha llevado a una bendita comunión con él y con su Hijo.
El día de Pentecostés, los once vieron el río de vida corriendo sobre unos y otros, incluso sobre hombres que habían manchado sus manos en la sangre del Hijo de Dios. ¿Habrá cesado esto desde ese momento? No; durante casi veinte siglos, ese río continuó corriendo en las almas de los pecadores.
Si observamos con atención, veremos que nosotros hemos sido colocados en relación con otra escena. Quizá diréis: «¡Estoy tan lejos de ser semejante a Aquel cuya vida está en mí!» Si tenéis su vida en vosotros, habréis visto y, hasta el momento en que Él venga para tomaros junto a sí con cuerpos glorificados, veréis aún qué contraste hay entre Él y vosotros.
Sin embargo, no se trata de lo que sois, sino de la herencia que habéis recibido de parte del Padre. Veréis vuestras relaciones más caras transformadas y convertidas para vosotros en aquellas que el Padre ha dado a Cristo fuera de este mundo. El Señor dijo: “El mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Juan 17:14).
El mundo no comprende nada de esto, es decir, que el amor que estaba en el corazón de Dios halló su expresión en el Hijo, y que nosotros vemos que aquellos que Dios le dio están tan estrechamente unidos a Él que el amor con el cual el Hijo es amado está en ellos, y que, como hijos amados, ellos son capaces de andar por el poder de Su vida, para Su gloria y alabanza.
Ni vosotros ni yo podemos decir que amamos a Dios “con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma”, pero sabemos que “él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1.ª Juan 4:10). No que nosotros lo hayamos amado, sino que Él nos amó. Si comienzo con lo mío, sólo llegaré a la ruina. ¿Se puede obtener algo de la ruina? ¿Habrá allí algo que sea necesario para Dios? Imposible. Pero Dios declara que no se trata de nuestro amor, sino del que él nos manifiesta. Miremos a Cristo y veremos cómo nos ha amado, hasta dar a su Hijo por nosotros.
Cuando en los sacrificios levíticos se trataba de la propiciación o de la expiación, se sacrificaba una víctima, pero la sangre de los becerros y de los machos cabríos no podía quitar los pecados; la mancha permanecía, y aunque la sangre fuese rociada y puesta sobre el propiciatorio, su efecto estaba tan lejos de ser eterno que antes del fin de cada año era necesario renovar el sacrificio, porque el pecado permanecía siempre allí. Pero Cristo, con una sola ofrenda, quitó nuestros pecados para siempre.
En la cruz, no sólo fue manifestado el amor, sino que todo lo que Cristo hizo fue la expresión del amor y del pensamiento del Padre. Él era uno con el Padre. ¿Qué, pues, hizo Dios? Él puso ante nuestras almas el único terreno sobre el que ellas pueden mantenerse en su presencia. Dio a su Hijo en propiciación por nuestros pecados, por lo cual nosotros podemos cantar: “Al que nos amó (o, nos ama), y nos lavó de nuestros pecados con su sangre... a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén” (Apocalipsis 1:5-6).
En Romanos 2 y 3, el Espíritu de Dios pone de manifiesto la terrible condición en que se encuentra el hombre en su estado natural; pero, ¡qué dicha nos da leer: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8)! Dios no sólo dio a su propio Hijo como propiciación por nosotros, sino que nos introdujo en un orden de existencia inmensamente más elevado que el que tuvo el hombre en Adán. Él nos ha dado la vida eterna que está en su Hijo, generando así una criatura enteramente nueva, que posee la vida eterna. La vida que poseemos ahora de este modo es precisamente la vida de Aquel en quien Dios encuentra sus delicias.
A causa de la obra hecha por Cristo en la cruz, toda la cuestión del pecado quedó resuelta para siempre, tenemos la paz con Dios y de su plenitud recibimos gracia sobre gracia. Cuando Cristo venga, se presentará a los suyos a sí mismo sin manchas ni arrugas. Frente a tal bendición, ¿hemos gustado en profundidad lo que significa participar de ella?
Si la luz al respecto brilla en nosotros se debe a que Él nos ha dado de su Espíritu. ¿No tiene Dios el derecho de hablar? ¿No sabe emplear el lenguaje humano para alcanzar nuestra alma? Ciertamente que Él puede hacerlo, y declara: “Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios” (1.ª Juan 4:15).
El Señor Jesús afirma que sus ovejas tienen vida eterna y que nadie puede arrebatarlas de su mano ni de la mano de su Padre. La naturaleza humana dice: «¿Cómo puedo saber que esto es la verdad?» Singular pregunta de parte de una criatura; ¿no debería más bien decir: “Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso” (Romanos 3:4)? Sabemos esto por la fe en Él, quien no puede mentir y cuyo testimonio es: “Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios” (1.ª Juan 5:1).
Cuando Dios describe las experiencias de un alma conducida por el Espíritu de Cristo y muestra las señales de ello, proclama que su amor fue desplegado en la obra de su Hijo, que él permanece en el corazón de los creyentes, y ellos en Él. Si Dios se sirve de nuestro pecado para manifestar la virtud de la sangre de su Hijo, ¿diremos: “¡Mi desdicha, mi desdicha!”? (véase Isaías 24:16). ¿Por qué hablar de nuestra desdicha, como contando con algo que proviene de nosotros mismos? Si tenemos un vaso vacío, aunque esté agrietado o con fisuras, podemos llenarlo hundiéndolo en una cisterna llena de agua.
Dios ha dado a conocer su pensamiento; los más elevados y benditos consejos de Dios han hallado su expresión en Aquel que dijo: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos10:9). ¿Quién, pues, era aquel niño acostado en un pesebre? ¿Qué significaba ese coro angélico que decía: “Gloria a Dios en las alturas”?
¡Oh, Dios dice: “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos” (Isaías 55:8)! Él hizo descender a la tierra a Aquel que permanece en su seno desde antes de la fundación del Universo, y así, mediante el Hijo de su amor, sería conocido todo lo que él es. Dios declararía lo que somos, y por eso las más bellas expresiones del gozo del cielo brillaron sobre alguien que ahora estaba en la tierra. Dios podía inclinar su mirada sobre este niño y ver en él la perfecta expresión de su gloria. Todas las glorias de Dios estaban concentradas en esta persona que dijo: “Nadie conoce... quien es el Padre, sino el Hijo” (Lucas 10:22) y “el que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9).
El hecho de que tengamos que ser manifestados ante el tribunal de Cristo no nos infunde terror. ¿Por qué? Pues porque “como él es, así somos nosotros en este mundo” (1.ª Juan 4:17); y podemos añadir: si Cristo, como la Roca herida, tomó nuestro lugar y ha venido a ser nuestra vida, ¿encontrará algún defecto en su propia vida manifestada en mí?
Por cierto, Él encontrará faltas en todas las inconsecuencias de nuestra marcha práctica, pero intrínsecamente la vida de un creyente es lo que Cristo es. No sólo tenemos la vida en Él, sino que Él también es la propiciación por nuestros pecados. Él cumplió enteramente la voluntad de Dios, y fue hecho pecado, “para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2.ª Corintios 5:21).
Podemos estar en la presencia de Dios; si el corazón es simple y verdadero, nuestra confianza no puede ser quebrantada, pues existe la sangre que limpia de todo pecado, y nos permite presentarnos limpios ante Él. Si dependiera de nosotros el hecho de permanecer en su amor, no podríamos hacerlo; pero si Cristo nos introduce allí, habiéndonos lavado de nuestros pecados en su propia sangre, entonces ya no tenemos ningún temor, pues “el perfecto amor echa fuera el temor” y “nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1.ª Juan 4:18, 19).
Dios no puede recibir nada de parte de una criatura arruinada, pues todo lo que proviene de ella está impregnada de pecado y de egoísmo, pero el hecho de ser aceptos en el Amado, ¿no es un expresión de su amor vertido en nuestros corazones, que nos hace decir: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero”?
El pecado y la completa ruina del primer Adán dieron ocasión para que Dios hiciera desbordar todo su amor. Si podemos decir que somos creyentes y peregrinos, también podemos decir que sabemos “cuál amor nos ha dado el Padre”.
Los hijos de Dios jamás podrán responder a los verdaderos derechos de Su amor, si no permanecen en este amor que ha sido manifestado en ellos. ¿Cómo haríamos correr el agua de la roca? El agua está allí, y si ella fluye para nosotros, ¿tendremos nosotros algún poder o virtud para hacerla brotar? Ciertamente que no.
Como criaturas caídas estamos arruinadas, y si dijésemos a Dios: «¿Qué podemos hacer nosotros, criaturas arruinadas?» Él responderá que no es cuestión de lo que podamos hacer, sino de lo que Él ha hecho. Dios ha dado a su Hijo como propiciación por nuestros pecados, y descubrimos que el que cree en esta obra ha hallado el terreno en el cual puede mantenerse en Su presencia, perfectamente acepto.
Estamos en un mundo donde todos rivalizan por obtener alguna pertenencia sobre la cual dominar. Allí podemos decir: no poseemos nada, pero por pobres y pequeños que seamos, el Padre ha dado a su Hijo por nosotros, y el corazón de su Hijo está ocupado en todo lo que nos concierne. Él cuenta los latidos de nuestro corazón. Después de considerar la entera consagración de Cristo por nosotros ¿no habrá nada en nuestro corazón para responder a ello?
Sabemos que Cristo nos ha comprado al precio de su propia sangre y ha tomado sobre sí toda nuestra culpabilidad, por tanto ¿nos atreveremos a hacer o decir algo que no sea para su gloria? Cuando Dios —que nos ha dado la vida de su Hijo— trabaja en nosotros y nos dice que espera que andemos como él, ciertamente no habla de pagar a Cristo por todo lo que Él ha hecho.
Un amigo, que un día me expresaba algo acerca de sufrir por Cristo, me dijo: «Si amo a Cristo, debo esperar sufrir mucho más.» Entonces le dije: ¿Intentas pagar a Cristo por lo que él ha hecho? » Mi amigo me dijo: «¡No, pero deseo que mi amor por Él se manifieste de otra manera que con frías expresiones de gratitud! No podéis dirigiros a Dios si no conocéis a Cristo. Sólo Él es el canal por el que Dios puede bendecirnos y responder a cada deseo de nuestro corazón. Dios es amor, pero lo es para nosotros en Cristo y por Cristo.
Autor: W.G.V.
