Comentarios Bíblicos

Epístola a los Efesios

Prefacio

Las verdades fundamentales presentadas en la Epístola a los Efesios ejercen, cuando son comprendidas, una influencia preponderante sobre nuestra marcha como Asamblea, como individuos y también sobre nuestras relaciones familiares. Estas verdades, cada vez son más dejadas de lado por los cristianos que en otro tiempo las habían reconocido y mantenido. Nos ha parecido útil recordarlas y resaltar las consecuencias prácticas, pues su abandono es una de las causas principales del estado de ruina en que nos hallamos.

¡Ojalá estas pocas páginas puedan despertar las almas y conducirlas a la práctica de las cosas que les fueron una vez enseñadas!


La ruina y el testimonio - Cap. 1 - 2

Las tendencias que se manifiestan actualmente, fruto de la acción del Enemigo para hacernos abandonar lo que Dios nos ha dado, son soberanamente peligrosas para el testimonio que nos ha sido confiado. Sabemos que el estado actual en que se halla la Iglesia responsable es un estado de ruina, pero debemos reconocer que aquel en que nos hallamos como cuerpo de testigos es un estado de ruina tan completo como el de la Iglesia.

Muchas almas serias y graves pierden ánimos ante estas constataciones porque preocupadas de si se habían dicho: nosotras somos el testimonio, quienes habiendo visto la ruina nos hemos separado del mal. ¡Y he aquí que les ha sido preciso comprobar que la ruina se ha extendido hasta ellos! Yo les respondo: Vosotros estáis arruinados como portadores del testimonio, pero vosotros no sois el testimonio de Dios, pues este no puede ser arruinado. Por un momento ha sido dejado entre vuestras manos; si habéis sido infieles, Dios no os ha quitado todavía la administración de las verdades que os confió. Primeramente, las ha revelado a Pablo que fue un fiel administrador y que, a pesar de todo, estas se encuentran entre vuestras manos culpables. Su testimonio permanece: vosotros sois portadores indignos y nosotros nos unimos a vosotros para aceptar con humillación el juicio de Dios sobre nuestra infidelidad.


Argumentos contra el valor del testimonio

Las almas decepcionadas de quienes hablamos, juzgan inútil ocuparse de este testimonio porque no han realizado lo que estaban llamadas a hacer, como si por la ruina, estas verdades hubieran probado su falta de valor. Es preciso ampliar en lo sucesivo nuestra visión y nociones, dicen: Hay grupos de creyentes que se reúnen casi sobre los mismos principios que nosotros; Démosles la mano, ampliemos nuestros límites. En ellos se encuentra mucha actividad cristiana. Las falsas doctrinas que pueden haberlos caracterizado en otro tiempo, no tiene ahora a sus ojos más que un valor bien restringido.

Si aceptamos este principio, solo serán pocos pasos para el total abandono del testimonio. Satán que busca siempre hacernos perder nuestra posición de separación como testigos, procura lograrlo con tales argumentos, y esto debe hacernos comprender la inmensa importancia para nosotros de retener las verdades fundamentales del testimonio, de permanecer en las cosas que hemos aprendido y conocido desde el principio, combatir por la fe que ha sido una vez dada a los santos (2 Tim. 3:14; 1 Juan 2:24; Judas 3).

Otro argumento de la misma naturaleza se presenta a menudo así: ¡Qué locura pretender que aquellos que como creyentes están en un estado de ruina semejante a los demás, sean los solos poseedores de la Mesa del Señor! ¿No se encuentran acaso por doquier en dónde los creyentes se reúnen? No se va tan lejos en opinar que esta se encuentra allá donde los creyentes se justan con el mundo, pero se afirma que docenas de denominaciones poseen la Mesa del Señor.

Un tal argumento es la consecuencia del abandono de la verdad fundamental que Dios nos ha confiado para los días en que vivimos, (pues no olvidemos que el testimonio de Dios ha revestido, a través de los tiempos, diversos caracteres). Esta verdad es la unidad del Cuerpo de Cristo: la Asamblea. Es preciso distinguir la Mesa del Señor de la Cena. La Cena, memorial de la muerte de Cristo, se halla en todas las congregaciones protestantes, pero la Mesa del Señor no existe de hecho sino allí donde la unidad del Cuerpo de Cristo es reconocida y proclamada, pues el solo pan al cual participamos todos, es el signo visible, el único, de la unidad del Cuerpo de Cristo (1 Cor. 10). Si este principio fuese reconocido por todos los creyentes, se reunirían todos juntos, y los que mantienen la verdad de la unidad del Cuerpo de Cristo, no tendrían que separarse de los demás.

Es, pues, necesario para nosotros, mantener las verdades que Dios nos ha confiado al principio, verdades puestas en luz en nuestros días, como testimonio, y no dejar de nuevo al enemigo arrebatarnos estos principios que fueron olvidados durante siglos.

El resultado de la ruina es que la Iglesia no es manifiesta, es como invisible en este mundo y Satán nos dice por lo mismo: ¿Por qué ocuparnos de ella? Reconocemos que por nuestra culpa e infidelidad ha venido a parar así, pero no por eso existe menos a los ojos de Dios y a los de la fe.

Voy más lejos todavía: Afirmo que esta verdad de la unidad del Cuerpo de Cristo, es el punto de partida práctico de todas las mutuas relaciones cristianas y que, sin ella, estas relaciones no pueden existir en su integridad. Es lo que procuraré probar considerando algunas partes de la Epístola a los Efesios que sitúa de una manera particular ante nosotros, los consejos de Dios desde toda eternidad, consejos que no son alcanzados por la ruina de la Iglesia. El Señor se ocupa de su Asamblea, sus ojos reposan sobre ella. La purifica por el lavado del agua por la Palabra, a fin de que los consejos de Dios sean una realidad en ella; no quedará mancha ni arruga, cuando el Señor vendrá para introducirla en la gloria y se la presentará en su eterna juventud e imperecedera hermosura. Dios tenía, desde toda eternidad, en su mente, «que las naciones serían coherederas y de un mismo cuerpo participantes de su promesa en Cristo Jesús por el Evangelio». Tenia el pensamiento de adquirir una Esposa para el Hijo. Este misterio escondido en el corazón de Dios nos ha sido revelado. De todos modos, es importante notar, que sus consejos, no son aún plenamente realizados ni en relación con Cristo, ni en relación con nosotros.


Consejos de Dios desde el punto de vista individual y medida de su cumplimiento

El primer capítulo de la Epístola nos revela en primer lugar los consejos de Dios, en cuanto a nuestra posición individual.

1. Nos ha querido ante Él en Cristo. Nos ha bendecido de toda bendición espiritual en Cristo: En Él, no aún con Él. Cristo es objeto de todas las bendiciones, y este gran hecho nos pertenece, pues Dios nos ha dado una posición en Cristo (v. 3).

2. En el versículo 4, Dios nos da un carácter: «Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor». ¿Santo, sin mancha delante de él en amor? Cristo lo es y yo lo soy en Él. Un día lo seré personalmente, pero desde ahora este consejo de Dios es realizado por mí en Cristo. Cristo está ante Dios con toda la perfección de su carácter y quiere tenernos así.

3. Nos da una relación, establecida actualmente y plenamente realizada. «Habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos por Jesucristo a sí mismo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria, con la cual nos hizo aceptos en el Amado» (v. 5-6). La adopción es un hecho que ha tenido cumplimiento; soy un hijo de Dios, Dios me ha engendrado y me ha puesto en relación con Él en esta posición de Hijo. Esta adopción no tiene el carácter de una adopción humana. Cuando adopto a un niño, puedo darle todos mis bienes, pero nunca podré impedir que sea hijo de otro. Dios nos adopta comunicándonos su naturaleza, pues somos adoptados en Cristo y hechos participantes de la naturaleza divina. Hallamos la misma idea en 1 Juan: «Mirad cual amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios» (3:1). Nos ha hecho don de su naturaleza que es amor.

«Aceptos en el Amado», no en nosotros mismos. En esto los consejos de Dios no ha tenido aún integro cumplimiento en relación con nosotros.

En lo que concierne a Cristo es lo mismo. «Descubriéndonos el misterio de su voluntad… de reunir todas las cosas en Cristo… las que están en los cielos, como las que están en la tierra». Dios quiere establecer a Cristo como centro de todas las cosas, pero no le está todo sujeto aún. Es cierto, si, el centro de los lugares celestiales, pero lo que concierne a la tierra, está aún por venir.


Tres partes de los consejos de Dios

Además de todo, quiere hacernos coherederos de Cristo; es la tercera parte de sus consejos. La primera trata de lo que nos concierne (v. 3-8), la segunda tiene relación con Cristo (v. 9-10), la tercera con la herencia (v. 11-12). Nosotros somos herederos, pero no hemos entrado en posesión de la herencia aún. No tenemos todavía todo lo que comportan para nosotros los consejos de Dios, y es por lo que el apóstol demanda que tengamos espíritu de sabiduría y de revelación para que sepamos cual sea la esperanza de su vocación. La esperanza de su vocación, es de estar un día con Cristo, en la gloria tales, como Dios nos ve ahora en Él.


Una cuarta parte de estos consejos: La unidad del Cuerpo

Al final del capítulo primero, vemos una cuarta parte de los consejos de Dios. Dios ha querido formar aquí un cuerpo para Cristo, Cabeza resucitada en el cielo. Esta parte de sus consejos está realizada; Cristo está sentado a la diestra de Dios y la Iglesia es su Cuerpo sobre la tierra, la plenitud de aquél que llena todo en todos (v. 23). El hombre místico está formado; no está por venir. Nosotros somos el Cuerpo de esta Cabeza, unidos a ella por el Espíritu Santo, y este conjunto es también llamado «el Cristo» (1 Cor. 12:12). Dios nos deja ahora sobre la tierra; en esto su consejo no está aún cumplido plenamente, pues él quiere tenerlos en los lugares celestiales con Cristo, mientras que en el capítulo 2 versículo 6, nos levantó justamente con él y nos hizo sentar con él en las regiones celestiales en Cristo Jesús (V.M.) Podemos, pues considerarnos como sentados en Cristo en los lugares celestiales, sin que lo seamos sin embargo aún con Él.

Al final del segundo capítulo (v. 13-17), el Señor ha reunido por su cruz en un solo Cuerpo, no solamente los judíos y gentiles, en otro tiempo completamente separados y enemigos entre los cuales se elevaba un muro de separación que su cruz ha derribado: «El es nuestra paz» (v. 14); sino que además «ha hecho la paz» (v. 15). La ha hecho por la obra de la cruz, lo mismo entre judíos y gentiles que para con Dios. Poseyendo la paz bajo este doble carácter, podemos todos juntos allegarnos; pues «por él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre», como una sola familia. Es la grande verdad de la unidad de familia, desarrollada en los escritos de Juan, y que aquí solo es citada de paso.


La unidad del edificio

A continuación, viene la unidad del edificio. Es un templo que va creciendo. Es muy importante hacer nuestro, el pensamiento del Templo de Dios: «Todo el edificio, va creciendo para ser un Templo santo al Señor» (v. 21). Es la obra de Dios y nada tiene que ver con la responsabilidad del hombre. A su Templo, solamente añade piedras vivas. Es lo mismo en la obra de Cristo: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Este edificio de piedras vivas, del cual Jesucristo es la piedra del ángulo, no se ha terminado todavía; la obra continua, el templo se edifica. Nosotros no lo vemos, pero Dios sí. Aquí, los consejos de Dios no tienen aún su pleno cumplimiento. Quiere tener este edificio completamente en la gloria y por la eternidad. A causa de la ruina de la Iglesia responsable, no contemplamos con nuestros ojos la edificación de este templo, pero cuando estará terminado, cuando el último elemento del edificio del cual Cristo es la piedra angular (comp. Zac. 3:9 y 4:7) será colocado, el consejo de Dios tendrá cumplimiento.

Como hemos visto, de una parte, el Cuerpo de Cristo existe; está establecido sobre la tierra; por otra parte, Cristo edifica su templo que será terminado en la gloria. Pero tenemos aún otra noción del edificio: está considerado como una unidad, formado actualmente aquí, casa en la que Dios mora por su Espíritu. También somos edificados conjuntamente en el Señor, para ser actualmente esta habitación aquí en la tierra. Es el edificio confiado a nuestra responsabilidad el cual hemos arruinado. Pero a pesar de todo, somos llamados a mostrar lo que es esta habitación de Dios por el Espíritu, en esta tierra, y a obrar en relación con las almas de tal manera que estas ocupen su lugar.


El gran tema de la unidad del Cuerpo - Cap. 3 - 4

En los capítulos 3 y 4, volvemos a hallar lo que solo había sido apenas tratado al final del capítulo 1: la unidad del Cuerpo de Cristo. En el primero y segundo capítulos, tenemos los consejos de Dios y la medida en que los ha realizado y los realizará. Hallamos en el tercer capítulo la administración o gerencia del misterio confiado a Pablo, es decir, el consejo de Dios en cuanto a la Iglesia.

Por nuestra parte somos llamados a insistir sobre las cosas que Pablo presentaba. Este misterio maravilloso que «en los otros siglos no se dio a conocer a los hijos de los hombres» (v. 3-5), nosotros somos los depositarios. Dios nos ha confiado su más intimo secreto, sin reserva alguna. Cuando se trataba de su gobierno en juicio sobre la tierra nada ocultó a Abraham. Nosotros que estamos bien lejos de parecernos a Abraham, bien al contrario, que somos en gran manera miserables, Dios dice: ¿Es qué acaso les ocultaré lo que no he dado a conocer desde la fundación del mundo? Estas cosas las ha revelado por el Espíritu, no solamente lo que concierne a Cristo, sino también lo relativo a nuestra posición en Él. Ha abierto un horizonte sin límites ante nuestros ojos para que conozcamos su consejo y lo gocemos y conformemos nuestra marcha a él.


¿Cómo se realiza la unidad?

Tal es la segunda parte de la epístola; debemos realizar lo que la Iglesia es, en la mente de Dios.

Si he comprendido la unidad del Cuerpo de Cristo, el carácter de mi marcha debe depender del conocimiento que tengo de esta verdad. Pero no olvidemos que no puede depender sin la comunión del amor de Cristo. Es por lo que las exhortaciones del capítulo 4 son precedidas, en primer lugar, de la oración angustiosa del apóstol, para que tengamos el conocimiento y el gozo, en común, de este amor (3:14-21).

«Yo, pues preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que sois llamados; con toda humildad y mansedumbre, con paciencia soportando los unos a los otros en amor» (4:1-2). Los miembros de nuestro cuerpo ofrecen un ejemplo sorprendente de esta verdad. Cada cual en su lugar concurre al bien común; así el ojo, el órgano más noble, deja a la mano sus funciones y aún más, esta le es de ayuda. ¿sería posible que se negara a ver lo que la mano debe tomar, que el pie se negara a seguir por el camino que el ojo entrevé y la mano a llevar los alimentos a la boca o el oído a advertir de un peligro que amenaza? No, los miembros naturales se advierten y se ayudan y se soportan unos a otros porque el cuerpo es uno. Todas las exhortaciones contenidas en el capítulo 4 se aplican al funcionamiento del cuerpo. Ningún miembro se eleva por encima de los demás. Si el pie da un paso en falso, la cabeza no usa de severidad, sino de dulzura. Si la mano es inhábil, el cerebro la soporta hasta que ella logra la soltura precisa para desempeñar su labor (4:1; 1 Cor. 12; Rom. 12).

Si realizamos la unidad del Cuerpo de Cristo, y nada puede ser tan odioso de proclamarla como verdad sin sentir la necesidad de realizarla prácticamente, la mostraremos en nuestras relaciones mutuas. Es lo que el apóstol desarrolla en Romanos 12 y en Efesios 4.

Cuando se trata del Cristo del cual formamos parte, debemos confesar con humillación que realizamos bien pobremente este principio: «Os ruego que andéis como es digno de la vocación con que sois llamados, con humildad y mansedumbre, con toda paciencia soportando los unos a los otros en amor». ¡Cuán poca humildad y mansedumbre, cuán poco amor se ve entre nosotros! ¿No viene esto acaso de que hemos venido a ser más o menos indiferentes a esta verdad de la cual deben depender todas nuestras relaciones fraternales? Desde el momento en que comprendemos realmente cuál es nuestro respectivo lugar en el Cuerpo de Cristo, todos los caracteres de nuestras relaciones mutuas serán, necesariamente, conformados a este conocimiento. Estas cosas son abstractas y difíciles de apropiar, diréis. No lo son en manera alguna, pero es de toda importancia comprender que no puede haber una vida de relaciones conforme al pensamiento de Dios, allí donde se ignora la verdad de la unidad del Cuerpo de Cristo, este conjunto que Dios ha formado aquí en la tierra.

«Solícito a guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (4:3). La unidad del Espíritu es la realización práctica de la unidad del Cuerpo. No hemos de aplicarnos a guardar la unidad del cuerpo, pues ella existe, pero si a realizarla prácticamente por la unidad del Espíritu, pues, así como hay un solo cuerpo, hay un solo Espíritu (3:4). Notad que, como miembro del Cuerpo de Cristo, no debo de ninguna manera separarme de corazón de aquél que no tiene ninguna idea de esta unidad. Es suficiente que yo la conozca para poder realizar por el Espíritu, aún con el creyente más ignorante, que los dos pertenecemos al mismo Cuerpo. Cultivaré la comunión con él en el Señor y me aplicaré en hallar en qué podemos realizarla; buscaré por el vínculo de la paz, el guardar la unidad del Espíritu que nos une y en la cual podemos edificarnos y regocijarnos juntos. Guardando la unidad del Espíritu seré guardado de todo espíritu sectario. Porque conociendo la unidad del cuerpo, realizaré aún con los que la ignoran, las relaciones que se desprenden de esta.


La evangelización en relación con la unidad del Cuerpo

En este mundo hay un cuerpo de Cristo. Los dones son los medios para conducirlo a la perfección, al estado de hombre hecho (varón perfecto), a la medida de la plenitud de Cristo y de hacernos llegar, o conducirnos, a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios (4:13).

Surge aquí un nuevo peligro. Examinando lo que sucede en la cristiandad, hallamos al lado del indomable esfuerzo desplegado por el enemigo para destruir, esfuerzo conducente a la apostasía, que inclinará a la cristiandad a negar al Padre y al Hijo, hallamos, decimos de nuevo, una poderosa acción del Espíritu de Dios para conducir las almas al conocimiento de Cristo por el Evangelio. Atravesamos un tiempo de actividad espiritual más desarrollado que en cualquier otra época.

En todos los países, el Espíritu de Dios obra poderosamente por el Evangelio; su acción no es confiada especialmente a los que conocen las verdades que hemos expuesto. Bien lejos de ello. Si hubiésemos sido fieles, habríamos sido agentes mucho más activos; el Señor nos habría abierto ampliamente las puertas para anunciar la salvación, pero llevamos las consecuencias de nuestra infidelidad, y Dios opera poderosamente por toda suerte de agentes.

De todas maneras, el testimonio que Dios nos ha confiado, ha tenido este resultado que no existía anteriormente, y es que muchos creyentes que no andan con nosotros, dejando de lado todo carácter eclesiástico, bajo la libre dirección del Espíritu anuncian el Evangelio al mundo. Sin embargo, estos creyentes ignoran, después de todo, la verdadera separación del mundo, y el enemigo se sirve como de toda otra cosa, para quebrantar nuestro testimonio y conducirnos a imitarles.

En su deseo sincero de ganar almas, usan de medios utilizados por el mundo, organizaciones humanas, anuncios en los periódicos, rótulos etc. Si abandonando el terreno de separación sobre el cual Dios nos ha situado, damos la mano a estos cristianos en vista de una acción común, ¿que resultará? Renegaremos de lo que debe distinguirnos en la predicación del Evangelio. La finalidad de ellos es conducir las almas a Cristo y yo doy gracias a Dios y oro con instancia para que este servicio y las almas a quienes se dirige sean bendecidas. Pero lo que Dios nos ha confiado va más lejos; hemos de realizar lo que es la Asamblea, y por consiguiente no limitaremos el Evangelio al perdón de los pecados y a la justificación por la fe; precisamos de algo más. Lo hallamos en los versículos 10 y siguientes del capítulo 4. «El que descendió, es el mismo que también subió sobre todos los cielos para cumplir todas las cosas; y el mismo dio unos, ciertamente apóstoles; y otros profetas; y otros evangelistas; y otros, pastores y doctores; para perfección de los santos, para la obra del ministerio, para edificación del cuerpo de Cristo». Así, pues, el evangelista no está separado del profeta, del pastor ni del doctor, en la obra que les es confiada en vista de la perfección de los santos: la edificación del Cuerpo de Cristo. El evangelista ocupa aquí un lugar de mucha preeminencia, pues sin él la asamblea no podría formarse, ni aumentarse, pero lo que los hermanos de los cuales hablo no comprenden es que, si Dios nos ha llamado a ser instrumentos de salvación para los demás, es para la edificación del Cuerpo de Cristo. Entre tanto, el Evangelista que no ha conducido un alma convertida a comprender que toma su lugar en el Cuerpo de Cristo, no ha cumplido plenamente su misión. Es esto precisamente lo que debe distinguirse en la evangelización. Para nosotros tiene un alcance más vasto y no deberíamos olvidarlo jamás. Desde el momento en que la evangelización se halla entre las manos de obreros libres, pertenecientes a las diversas sectas de la cristiandad, donde los pastores que se asocian a ellos, renegando momentáneamente su carácter eclesiástico, estos obreros, en los cuales reconocemos grandemente su celo y consagración, dicen a las almas que aceptan la salvación: Quedaros en donde os halláis, en vuestras iglesias; no pensamos en manera alguna haceros salir; ya conocéis a Cristo y esto es todo lo que se precisa. Nosotros en cambio podemos decir: Gracias a Dios un testimonio es dado al mundo: la grande verdad escondida hasta aquí en los consejos de Dios y cuya administración fue confiada a Pablo, es que, en virtud del don del Espíritu Santo, hay en este mundo un solo Cuerpo de Cristo, una habitación de Dios por el Espíritu, y este es (no otra parte cualquiera), el lugar de todos los redimidos. Tal verdad, recibida en el alma, le hace salir de todos los sistemas religiosos humanos, fruto de la ruina en la que toda alma fiel gime.


El Cuerpo edificándose a sí mismo

En el capítulo 4, a partir del versículo 15 hallamos, después de los dones destinados a la edificación del Cuerpo de Cristo (v. 9-13), que este se edifica a sí mismo, infundiendo la Cabeza la energía espiritual que produce su desarrollo. «… La cabeza, a saber, Cristo; del cual todo el cuerpo compuesto y bien ligado entre sí por todas las junturas de su alimento, que recibe según la operación, cada miembro conforme a su medida toma aumento de cuerpo edificándose en amor»; ¿no es acaso así en nuestro cuerpo natural? La cabeza constituye el centro nervioso que acciona todos los miembros por medio de órganos diversos, nervios, músculos etc. que los ligan.

Grande verdad y de la más alta importancia práctica para nosotros. Cada miembro tiene una función en el cuerpo para edificación en amor (v. 16). ¿Ha comprendido cada uno de nosotros, que su lugar en el Cuerpo y su relación con la Cabeza, le obligan a trabajar de manera a que este Cuerpo funcione y crezca de una manera normal? Si formamos parte del Cuerpo de Cristo, de la Asamblea de Dios ¿podremos permanecer inactivos y limitarnos a dejar el bien y la edificación a los demás? Miles de cristianos no tienen idea de que todos sin excepción, somos miembros activos del Cuerpo de Cristo, y que esta energía espiritual que la Cabeza dispensa a cada parte del cuerpo llamada «juntura de su alimento» tiene por finalidad el funcionamiento normal del conjunto. No hay en todo el Cuerpo ni un miembro inútil, aunque sea el más insignificante, y si este no actúa, todo el cuerpo se resiente. Toda alma, sea hermano o hermana, que no se da cuenta del trabajo que Dios le asignó, para realizarlo, obstaculiza la acción del conjunto. La verdad de la unidad del Cuerpo, tiene pues, bajo todos los aspectos, consecuencias prácticas inmensas. Cada uno de nosotros debe darse cuenta del lugar que le ha sido asignado en el Cuerpo, y debemos permanecer, sin fingida humildad, con oración y completa dependencia hacia Él. Y además debemos procurar con interés los dones espirituales. Si esto fuese así, ¡qué actividad veríamos desplegarse! ¿Hallaríamos en las asambleas de los santos y en la vida diaria, esta pereza espiritual que es un hecho general? Podemos darnos cuenta de lo que es la solidaridad cuando se trata del Cuerpo de Cristo. La ignorancia de la unidad del Cuerpo ha hecho perder a la mayoría de los cristianos todo sentimiento de esta solidaridad. Precisamos volver a estas verdades primeras y capitales que Dios nos ha confiado, pues ellas han perdido para nuestra alma el interés que deberían tener. ¡Cuán doloroso de constatar es esto; esta negligencia resiente todo el curso de nuestra vida práctica!


La vocación de Dios y sus dos caracteres

(Cap. 4:17 al 5:21) Consideremos ahora que cosa es, la vocación de Dios. En el capítulo 1, hallamos en primer lugar el lado individual de la vocación, por lo cual el apóstol pide a Dios para que los Efesios tengan «alumbrados los ojos del entendimiento para que sepan cuál sea la esperanza de su vocación» (1:18). Aquí la vocación se refiere al carácter que Dios ha querido darnos en su presencia para siempre: «Santos sin mancha delante de él en amor» (1:4). Está escrito: «la esperanza de su vocación», porque como hemos visto, el consejo de Dios no ha tenido aún pleno cumplimiento. La esperanza de su vocación es de estar en persona, en la gloria, ante Dios, cosa que en Cristo es una realidad en el presente.

En el capítulo 4, versículo 1, somos exhortados a «andar como es digno de la vocación con que somos llamados». Es el lado colectivo de su vocación (o llamamiento). Somos llamados a ser un solo pueblo de Dios, un solo edificio, un solo Cuerpo, en una palabra, somos llamados a una posición colectiva en la cual estamos unidos íntimamente con la Cabeza glorificada. El cuerpo siempre está considerado como un todo, existiendo aquí en la tierra en un momento determinado, aunque el templo no esté acabado y no estemos todavía sentados en la gloria con Cristo.

Cristo en la gloria, son reunidos, pero no conjugados, a partir del capítulo 4:17 al 5:21.

En este pasaje, somos exhortados a andar de una manera digna de nuestra vocación. A estas verdades, el capítulo 5 añade que poseemos la vida, el Espíritu y la naturaleza de Dios. Somos hechos luz en el Señor porque él es luz, podemos andar en el amor porque Dios es amor; y él nos ha hecho don del mismo amor, de su propia naturaleza (v. 8 y v. 2).

Hallamos, de una manera más particular, las exhortaciones relativas a nuestra vocación colectiva en los versículos 25 al 32 del capítulo 4. La epístola a los Colosenses (Col. 3:15), nos presenta las mismas exhortaciones, basadas sobre este llamamiento: «Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la cual asimismo sois llamados en un cuerpo; y sed agradecidos». Somos llamados a cultivar en un solo cuerpo las relaciones habituales de la vida, así es que no debemos hacer como el mundo en el que la mayoría de las relaciones se basan en la mentira: «Por lo cual dejada la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros» (4:25). Nuestras relaciones, si tenemos la inteligencia de la vocación de Dios, serán según la verdad, porque se basan en Cristo y sobre la unión íntima de los miembros de su Cuerpo. No podemos hurtar, el Señor no hurta; ni tampoco pronunciar palabras deshonestas, pues el Señor no las pronuncia. Hallamos aún en el versículo 32: «Antes sed los unos con los otros benignos, misericordiosos, perdonándoos los unos a los otros, como también Dios os perdonó en Cristo». Siendo objeto del perdón de Dios, ¿es posible que un miembro del Cuerpo no perdone a otro? Tal miembro puede haber cometido una falta real contra otro, hablémosle francamente, pero sin resentimiento en nuestros corazones; no perdonemos a medias sino hagámoslo como Dios lo hizo en Cristo, de una manera absoluta y basada en el hecho de que estamos unidos por un solo Espíritu para ser miembros de un solo Cuerpo. Todos faltamos vergonzosamente en realizar nuestra vocación y es por lo que insistimos sobre este punto. Si no mantenemos esta verdad profunda, la unidad del Cuerpo de Cristo, pecaremos gravemente en nuestras relaciones mutuas y deshonraremos el testimonio de Dios a los ojos del mundo. En el capítulo 5:21, leemos aún: «Sujetaos los unos a los otros en el temor de Dios». Notad bien cuanta influencia tiene la unidad del Cuerpo, en esta epístola, sobre nuestras relaciones como formando un conjunto. Seríamos solamente dos a comprender la unidad del Cuerpo, y deberíamos someternos el uno al otro y exhortarnos el uno al otro, etc.

En la segunda parte del capítulo 4, versículos 17-32, vemos por lo demás lo que se desprende de nuestra vocación individual. Tenemos la naturaleza de Dios, hemos terminado con el viejo hombre, porque de hecho la verdad está en Jesús (v. 21). Hay quién a menudo se imagina que debemos desnudar el viejo hombre y revestirlo del nuevo, pero no es así. Lo que debemos desnudar son sus hechos (Col. 3:5-8), por la razón de que el viejo hombre ya es desnudado y el nuevo revestido (Efe. 4:22-23; Col. 3:9-10). Poseemos una nueva naturaleza que nos pone en estado de representar el carácter divino ante el mundo. Por otro parte «la renovación del espíritu en vuestra mente» (v. 23), no ha tenido cumplimiento de una vez para siempre, sino que es un hecho continuo. Como individuos, somos criaturas nuevas según el pensamiento de Dios revelado en Cristo. Y como tales, ¿cuál será nuestra conducta? No andaremos ya como los gentiles, según el viejo hombre (cap. 4:25, etc.).

En el capítulo 5, versículos 1-2, leemos: «Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados: y andad en amor, como también Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor suave». Debemos andar como Cristo y según la naturaleza que poseemos, es decir, en amor. El gran secreto de nuestras relaciones en la vida cotidiana, es el amor. Donde hay amor nada falta, y las entrañas de los santos son refrigeradas como escribía Pablo a Filemón (Fil. 7). Cuando andamos en el amor, aportamos el perfume de Cristo en nuestras mutuas relaciones. Cristo nos es dado como modelo y hemos de imitarlo en el sacrificio de nosotros mismos en favor a los demás. Hallamos aquí, como dijo un hermano, un amor que sube y otro que desciende; el primero, subiendo de nosotros a Cristo, tiene tanto más precio a causa del valor de la persona amada; el segundo descendiendo de Cristo a nosotros y tiene también tanto más valor a causa de aquellos que son los beneficiarios. El amor de Cristo tiene estos dos caracteres: Se ha librado por nosotros: es el amor descendiendo; se ha dado en ofrenda y sacrificio a Dios en olor de suavidad: es el amor ascendido que tiene a Dios por objeto. Nosotros podemos mostrar el amor hacia todos los miserables en este mundo, y podemos mostrarlo igualmente teniendo a Cristo por único objeto de nuestros corazones. Dios es amor; nunca fue dicho que nosotros seamos amor. Dios se reserva su carácter esencial, pero nosotros debemos andar en el amor. Dios es luz; nosotros somos luz en el Señor; debemos, pues, andar en este mundo como hijos de luz (v. 7-13). La luz está representada, en este versículo, como un arma contra el mal: «echemos, pues las tinieblas, y vistámonos las armas de luz» (Rom. 13:12). Ciertos almacenes de joyería, en las grandes ciudades, quedan iluminados toda la noche, como garantía contra los ladrones. Los comerciantes se sirven así de la luz como arma contra las obras de las tinieblas. Lo mismo es para nosotros. Si manifestamos la luz en este mundo, no sucumbiremos al poder de las tinieblas. «No participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas» (v. 11); es decir, mostrad el verdadero carácter de ellas. La luz manifiesta el carácter de las tinieblas, y todo lo que no es de ella es del enemigo. Dios ha hecho de nosotros luces celestes (luminares) en este mundo según Filipenses 2:15, como astros descendidos del cielo sobre la tierra, pues nuestro origen es de lo Alto. Enviados como portalámparas ¿consentiremos mezclar las cosas dando una mano a la luz y otra a las tinieblas? «Despiértate tu que duermes y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo» (v. 14). Comprenderíamos la aplicación de este pasaje de Isaías 60:1, a los corintios, o a los gálatas, pero uno puede preguntarse porque este «despiértate» se dirige precisamente a los efesios que realizaban su posición celeste. Es porque Dios conoce el corazón natural del hombre, este corazón que se duerme, porque el viejo hombre está en él. Las vírgenes han salido con un celo remarcable a recibir al Esposo, pero hallando la espera larga encuentran un lugar cualquiera para dormir. Tal es nuestra tendencia. Cuando Dios suscita un testimonio, ¡qué lozanía en un principio, qué vigor espiritual! Al comienzo, en su origen, todos los cristianos con los ojos atentos esperaban al Señor. Poco tiempo después esta espera es olvidada, dejada de lado; se durmieron. Además, la verdad de la unidad del Cuerpo de Cristo queda olvidada, se manifiestan disensiones; Dios nos castiga, entonces despertamos por un momento, una renovación de vida se manifiesta, después nos dormimos nuevamente. Tenemos necesidad de este continuo «despiértate» cuyo efecto, desgraciadamente, no dura mucho.

«Despierta tú que duermes» ¡Consecuencia bendita de ese despertar!, «el Cristo –no la luz– te alumbrará». Si despertamos, aprenderemos a conocer a esta persona bendita de una manera nueva. Vendrá a ser nuestro sol. ¡Cristo resplandecerá en nosotros!


La Esposa de Cristo y las relaciones mutuas - Cap. 5

Las relaciones de Cristo con la Esposa, en los versículos 22 y siguientes del capítulo 5 (forma de una nueva y más íntima unidad, como «miembros de su Cuerpo» (v. 30), porque estas relaciones están basadas sobre una relación de amor con Cristo), dan lugar a toda una serie de consecuencias prácticas en nuestra marcha, cuando se trata de nuestras relaciones naturales (5:22-23). No podemos realizar nuestras relaciones de familia, marido y mujer, padres e hijos, amos y criados, de una manera según Dios, sino cuando conocemos la relación en la cual estamos en Cristo. Es imposible de realizar el matrimonio cristiano, si no conocemos nuestra unión con Cristo, como siendo su Esposa.

Este término, la Esposa de Cristo, supone evidentemente una relación de conjunto. Desde el momento en que los hijos de Dios la desconocen, las relaciones naturales de familia establecidas por Dios pierden su valor y su poder y muestran su propio carácter en lugar del de Cristo. Esta relación de la Esposa con Cristo que tenemos en común todos los creyentes, debe tener una influencia preponderante en nuestra vida cristiana. Es por el corazón unido a Cristo que entramos en esta relación; estamos penetrados de su amor y lo extenderemos en el dominio de nuestras relaciones naturales.


La esposa y la espera colectiva del Señor

Tal como en Efesios 5:22-23, hallamos en Apocalipsis 22:16-17, este último carácter de la unidad; no ya bajo la figura del Cuerpo, sino bajo la de la Esposa. En este pasaje, el Señor se presenta a la Iglesia, como su Esposa. Es la raíz de David, el verdadero Isaac; es la posteridad de David, el verdadero Salomón. Es hombre, pero se presenta también como Dios: Es la «Estrella del Alba», el astro que no alumbra nada sobre la tierra, pero que ilumina el cielo cuando aparece. Es a la vez el Hombre perfecto y la Estrella divina que va a levantarse para nosotros en el horizonte.

Notemos el valor de este pasaje: «El Espíritu y la esposa dicen: Ven». Es el conjunto de los que le pertenecen que habla así. Es una espera colectiva, y la esposa no puede expresar su manera si no por el Espíritu.

Miles de hijos de Dios no se ocupan en absoluto de esta reunión del conjunto, pero los que conocen esta verdad deben exprimir por el Espíritu ese grito de llamada. La esposa conoce al Esposo, pues ha ganado con su amor su corazón y sus afectos. Si nuestros corazones no están ante Él, es que no realizamos esta espera en el poder de nuestra relación. como Asamblea con el divino Esposo de la Iglesia.

Una gran parte de nuestra debilidad en la espera de la venida del Señor viene de la falta de gozo de nuestras relaciones con Él. La intensidad del deseo, unido al conocimiento del lazo que hace de nosotros un todo, produce una espera real.


La espera individual del Señor

Pero el Espíritu añade: «El que oye diga: Ven». Es el individuo; cada creyente es pues llamado también a esperarlo individualmente. Esto supone un estado inferior de conocimiento, pero a los que no comprenden la relación de la Esposa con el Esposo, les es dicho: «El que oye diga: Ven». Teniendo en cuenta nuestra ignorancia, el Señor pulsa la cuerda de nuestra espera individual. Que cada uno de nosotros diga: ¡Ven! Confesemos con humillación la ignorancia de nuestras relaciones, pero no nos desanimemos de esperar individualmente al Señor.


Otra vez la Esposa y las relaciones naturales

El temor

En la Epístola a los Efesios (5:22), las relaciones de Cristo con la Esposa quedan establecidas en primer lugar y el Espíritu nos lleva por las mismas a considerar el carácter de nuestras relaciones naturales. Está escrito: «Las casadas estén sujetas a sus propios maridos como al Señor». Esto es de toda importancia. Hemos de reconocer al Esposo como nuestro Señor y este pensamiento implica el temor. «Y la mujer reverencie a su marido» (v. 33). El marido muestra el amor a su mujer, la mujer la sumisión y la reverencia al marido. Esto nos falta a menudo, nos damos muy poca cuenta de los derechos que Cristo ha adquirido sobre nosotros. Éramos esclavos de Satán, mas Cristo nos ha liberado, nos ha adquirido para Él y ahora somos sus siervos. En lo sucesivo pertenecemos a Aquél que todo lo pagó para adquirirnos; reconocemos sus derechos y le tenemos un temor reverente. El temor se halla asociado pues, al amor. Temer al Señor, no es el miedo, es reconocer los derechos absolutos que tiene sobre nosotros, así como la dignidad soberana de Aquél que nos ha adquirido. «Como los ojos de los siervos miran a la mano de los señores, y como los ojos de la sierva a la mano de su señora» (Sal. 123), así nuestros ojos miran al Señor en quien tenemos confianza y quién todo puede darnos. Miramos a Él, porque dependemos enteramente de Él, nosotros, que no tenemos derecho a nada. Pero el deseo de complacerle y servirle según su voluntad, no puede separarse del temor. Reconocer el señorío de Cristo es uno de los grandes secretos de nuestra vida cristiana. Es poner de lado nuestra propia voluntad para no obedecer otra que la del Señor.

Mas ¡ay!, ¿no vemos a menudo todo lo contrario? ¿No vemos a los cristianos escoger cada cual su propio camino, su iglesia, sus relaciones mundanas, según su propia apreciación del bien y del mal? Cada cual se deja conducir por su consciencia, se nos dice, cuando solamente Cristo tiene derechos adquiridos sobre nosotros y debiera ser nuestro único conductor. Si apreciamos nuestras relaciones con el Señor y su autoridad, evitaremos los peligros de nuestra marcha. «La Iglesia está sumisa a Cristo» (v. 24). En el momento que su voluntad se hace conocer, no hay que discutirla, sino cumplirla, aunque no la comprendamos siempre.


 El amor

¡Cuán precioso es conocer el amor en la relación de Cristo con la Asamblea! Será lo que caracterice la relación entre el marido y su mujer. Que Dios nos conceda sondear nuestras relaciones con Cristo. El Señor se ocupa de nosotros en amor, para purificarnos: es lo que hace ahora: «Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, limpiándola en el lavado del agua por la palabra» (v. 25). ¡Cuánto hemos de humillarnos al oponer por nuestra propia voluntad, un obstáculo a esta santificación y a esta purificación en nuestra marcha!

Pero el Señor se ocupa de cada uno de nosotros en particular, y en este pasaje por el conjunto. Cristo ejerce en amor una obra de purificación por su Iglesia, y esta obra no se terminará sino cuando «se la presentará gloriosa para sí, una Iglesia que no tenga mancha ni arruga ni cosa semejante» (v. 27).

¡Cuántos defectos, manchas y arrugas mostramos ¿verdad?! Pero el Señor se ocupa de nosotros, y todas nuestras miserias habrán desaparecido cuando nos introducirá, todos juntos, en la gloria. Sus consejos hacia su Esposa tendrán pleno cumplimiento, así como los consejos de Dios para la unidad de su familia, de su templo y del Cuerpo de Cristo.

Cristo nos ha confiado una responsabilidad. Todos hemos faltado; es un tema de profunda humillación; pero Él no dejará de cumplir sus propósitos en relación con nosotros.


Toda la armadura de Dios - Cap. 6

No olvidemos nunca, amados hermanos, que todos los esfuerzos que multiplica Satanás contra nosotros tienen como fin separarnos de las cosas celestiales, separarnos de Cristo. Satanás intenta interponerse entre nosotros y Cris­to, entre nosotros y las cosas celestiales para que no disfrutemos de ellas o para que perdamos el gozo que ellas nos proporcionan. Obra con el fin de quitar a Cristo, de hacer desaparecer el cielo de delante de nuestros ojos. Por un lado, hace alarde de todos sus artificios, y por otro, de todo su po­der con el fin de espantarnos, para impedir que sigamos adelante, o para hacernos retroceder.

En el desierto del Sinaí y en Canaán, el pueblo de Israel nos da un ejemplo de lo que es la lucha contra Satanás: al atravesar la soledad de­sértica, Amalec (figura de Satanás obrando por medio de la carne) entor­pece la marcha de ellos. Cuando los israelitas hubieron atravesado el Jordán, el enemigo levantó una fortaleza para impedir que tomasen posesión del país; por fin, cuando entraron en el país, redobló sus esfuerzos para impedirles que se mantuvieran en esa posesión o conquista y sacasen provecho de ello; pues para gozar de las cosas celestiales hay que haber pisado cada porción del país de la promesa, es decir, haberlo recorrido en todos los sentidos. Tenemos que tomar posesión gradualmente del mismo, y es precisamente a ello que se opone Satanás.

La Epístola a los Efesios nos introduce directamente en el cielo. Somos bendecidos «con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo» (Efe. 1:3); ella nos presenta «santos e irreprochables, delante de Dios en amor» (Efe. 1:4-5); nos da una herencia, una parte o porción con Cristo; nos hace sentar en lugares celestiales en él; nos introduce en la plena y entera posesión de las cosas celestiales en Cristo antes de que entremos en la gloria.

Al final de la epístola, vemos que se trata ahora de luchar para que Satanás no nos impida gozar de estos bienes. El enemigo dispone de dos armas, tan peligrosa una como otra.

La primera, mencionada en 1 Corintios 15:12; 2 Tesalonicenses 2:2 y 2 Timoteo 2:18, son las falsas doctrinas, arma que introduce encubiertamente en la Iglesia, entre los hijos de Dios. Mediante esta estratagema, intenta hacernos despreciable la persona de Cristo, separarnos de Cristo, arrebatarnos el gozo de las cosas celestiales, y robarnos nuestra esperanza.

La segunda arma, tema principal de este pasaje, arma que maneja con frecuencia y contra la cual tenemos que luchar, es el mundo, hacia el cual quiere atraer nuevamente nuestros corazones y pensamientos; con dicha arma él quiere que nos establezcamos, que nos echemos a nuestras anchas en medio de los muertos, en medio de las tinieblas, como si perteneciéra­mos a ellos. Nos hace cerrar los ojos a nuestra esperanza, a la esperanza de la venida de Cristo, y cuando lo consigue, el mundo ya no puede reco­nocernos como cristianos que esperan al Señor. Lo principal para Satanás es quitarnos el gozo de las cosas celestiales, ocultárnoslas, robarnos la luz, asimilarnos al mundo, a las tinieblas, hacer de nosotros, en vez de una «carta de Cristo» (2 Cor. 3:3), conocida y leída por todos los hombres (2 Cor. 3:2), una carta del mundo, conocida y leída por el mundo.

Queridos hermanos, allí está el peligro para nosotros hoy en día, y casi siempre es al mismo peligro que aluden los pasajes refiriéndose a la lucha cristiana. Consideremos pues, tres de ellos en las epístolas del após­tol Pablo a los Romanos, a los Tesalonicenses y a los Efesios.

Veamos primeramente Romanos 13:11-12, 14: «conociendo el tiempo, que ya es hora de despertarnos del sueño; porque ahora la salvación está más cerca que cuando creímos. La noche está muy avanzada, y el día se acerca; desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz…» «Revestíos del Señor Jesucristo…». Satanás se las ingenia para que los cristianos pertenezcamos a las tinieblas y perdamos así de vista la espe­ranza que está delante de nosotros. Pero consideremos a un cristiano que lucha, habiéndose revestido una armadura que le protege en medio de las tinieblas: esta armadura es la misma luz, y ya que se vistió de esas armas de luz, ya que la luz es su arma, ¿cómo podrían influir las tinieblas sobre él? Si yo estoy vigilando, el mundo reconocerá que algo me separa o distin­gue del ambiente mundano. El solo hecho de vigilar demuestra que no per­tenezco a las tinieblas y que estoy esperando aquella salvación que «está más cerca» que cuando yo creí.

Ahora bien, en 1 Tesalonicenses 5:4-8, vemos que cuando hacemos esto, todo el poder de Satanás ya no puede hacer nada en contra nosotros: «Pero vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que el día os sorprenda como ladrón; porque todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día; no somos de la noche, ni de las tinieblas. Así, pues, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios». (¡Lo contrario de lo que es el mundo!) «Porque los que duermen, de noche duermen; y los que se embriagan, de noche se embriagan. Pero nosotros, siendo del día, seamos sobrios, vestidos con la coraza de la fe y del amor, y, por casco, la esperanza de salvación» He aquí lo que necesitamos para luchar contra el sopor espiri­tual que nos impide esperar a Jesús viniendo del cielo.

Tenemos en esos versículos tres partes que constituyen una coraza o armadura completa. Si en el primer capitulo de 1 Tesalonicenses vemos que la fe, el amor y la esperanza son las características de la marcha cristiana (1:3), vemos aquí que estas cosas son las verdaderas armas para re­sistir a Satanás. Si Cristo es el objeto tanto de mi afecto como de mi fe, si su venida es el motivo de mi esperanza, es imposible que yo caiga en el sopor espiritual. Mi corazón está lleno de un tan excelso tema que me im­pide dormitar. Tengo, como yelmo protegiendo mi cabeza, la esperanza de salvación. La armadura que se nos exhorta a vestir hace que podamos resistir ese sopor en el cual Satanás trata de hacernos caer.

El ministerio del apóstol tenía que enfrentarse de modo especial con el ya mencionado primer acometimiento de Satanás: las falsas doctrinas. 2 Corintios 6:7 alude a eso. Pablo entraba en la lid bien pertrechado, con «armas de justicia, a derecha y a izquierda», para poder resistir en lugar de otros. Pero notemos que él iniciaba la lucha hiriéndose a sí mismo (1 Cor. 9:27). Lo mismo que en Hebreos 4:12, la espada ha de aplicarse primeramente a nuestra propia conciencia, antes de que podamos valernos eficazmen­te de ella contra el enemigo.

Tengamos pues cuidado, nosotros también, de no sucumbir al sueño. Cada uno podrá reconocer o confesar que es su propia tendencia, pero que también hay momentos en que el Señor nos despierta y nos da refrigerio espiritual, hay momentos en los cuales todos tenemos los ojos abiertos. ¿Cuanto tiempo dura eso? ¿Cuánto tiempo permanecemos sobrios? ¿Cuánto tiempo estamos velando? Pronto nuestros párpados se hacen pe­sados, los ojos se van cerrando, nos acomete el sueño: ya estamos hun­didos en las tinieblas, en el mundo, y Cristo pierde el precio que tiene para nuestras almas, ha prevalecido el poder de Satanás. Si nosotros estamos durmiendo o somnolientos, Satanás, en cambio, está siempre alerta, merodeando, «ronda… buscando a quien devorar» (1 Pe. 5:8), enfriando nuestros corazones y desviando el amor que profesamos a Cristo.

En tercer lugar, consideremos la «armadura de Dios» tal como nos la describe el apóstol en Efesios 6:10-20. Para que podamos resistir, nos dice: «Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las artimañas del diablo». No lo olvidemos: tenemos que revestirnos de la armadura antes de que vengan los días malos. Toma tiempo el vestirse de una armadura, y el enemigo se nos presenta siem­pre de modo repentino. No, hermanos, hay que estar siempre bajo las ar­mas. Cuando vienen los malos días tenemos que haber sido ejercitados por Dios, y estar en posesión de todas las armas que Dios pone a nuestro al­cance. Es preciso que estas nos vistan de pie a cabeza, para estar listos en los días malos y permanecer firmes. A ello alude Pablo cuando dice: «para que podáis resistir en el día malo». No basta vencer una vez: hay que que­dar firmes durante todo el tiempo de nuestra peregrinación.

El apóstol sabe que somos incapaces de resistir por nosotros mismos al poder del enemigo, y dice: «fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza»; detallando luego la armadura, describe sus dos partes. La primera parte es la parte defensiva, lo que podemos llamar las armas “pasivas”. La segunda es la parte ofensiva, o las armas “activas”. No se puede tomar la ofensiva sin haberse vestido previamente de toda la arma­dura. Examinemos pues las dos partes de la misma.

Todas las piezas de la armadura defensiva son cosas ab­solutamente prácticas. Se trata de un estado práctico, y de ninguna ma­nera de una posición o de conocimientos doctrinales.

«Los lomos ceñidos» es la primera parte de dicha ar­madura: «los lomos ceñidos con la verdad» (Efe. 6:14). El cinto ha de ceñir nuestros lomos, es decir lo que hay de más íntimo, el hombre inte­rior. Se aplica para fortalecerle. Este cinto es pues figura de la forta­leza, la cual fortaleza se encuentra en la verdad. El cinto, el poder, es la verdad misma.


La verdad se compone de tres cosas inseparables:

a) El Señor dice: «Yo soy… la verdad» (Juan 14:6); es pues la persona de Jesús.

b) Dice también: «Santifícalos en la verdad» (Juan 17:17).

c) Y también: «el Espíritu es la Verdad» (1 Juan 5:6).


La Palabra de Dios aplicada a nuestro hombre interior nos presenta la misma persona de Cristo, por el poder del Espíritu Santo. El cinto de la verdad es el arma más escondida, menos evidente, aquella que está debajo de todas las de­más. Este cinto desempeña un papel importante en todas las circunstancias de nuestra vida.

Israel estaba ceñido para la marcha (Éx. 12:11). Aquí lo estamos para la lucha (Efe. 6:14). El cinto de lino del Sumo Pontífice era una pren­da necesaria para el culto (Lev. 16:4). En Lucas 12:35 y ss., los lomos tenían que estar ceñidos para la espera; necesitamos pues la Palabra, que fortalece nuestro hombre interior, para esperar a Cristo. En el mismo ca­pítulo, Lucas 12:37, el cinto es necesario para el servicio. También es necesario para presentar la Palabra a las almas; en efecto, los que llevaban la palabra profética estaban ceñidos de un cinto, o faja ancha (cinturón), de cuero (2 Reyes 1:8; Mat. 3:4). En una palabra, en todos los grandes momen­tos de la vida cristiana, es menester que estemos en contacto con la Pa­labra que nos habla de Cristo y nos permite resistir la somnífera in­fluencia del ámbito de Satanás. Notemos bien, vuelvo a repetirlo, que no se trata aquí de una posición, ni de conocimiento, ni de inteligencia, sino del estado práctico de un corazón completamente entregado a Cristo.

La verdad nos presenta un objeto para nuestros afectos. Si tenemos otro cinto que el de la verdad, nuestros afectos van hacia otros obje­tos, hacia el mundo, hacia las obras del mundo, gastamos nuestro vigor, intelectual o material, en conseguir cosas que en realidad nos separan de Cristo, y perdemos así las únicas bendiciones que necesitamos. Tengamos esto muy en cuenta: si no estamos continuamente en relación con Cristo por su Espíritu y su Palabra, no podemos estar firmes delante del enemi­go. El cinto (o cinturón) representa pues un estado subjetivo del alma.

 «Vestidos con la coraza de la justicia». El apóstol escribía a Tito: «la gracia de Dios… ha sido manifestada… enseñándonos que… vivamos sobria, justa y piadosamente en el presente siglo» (Tito 2:11-13). Se trata de justicia práctica, y no de una posición de justicia delante de Dios. Esta justicia consiste en estar separado del mal y del pecado en nuestra marcha. La justicia delan­te de Dios implica siempre la ausencia del pecado, pero debemos mostrar­la prácticamente en nuestra marcha en medio del mundo. Un justo se con­duce siempre con toda justicia. Si tiene los lomos ceñidos, esto es, si sus afectos están bien orientados, si se ha vestido con la coraza de justicia, en­tonces su conciencia estará en regla también. Satanás ataca solamente al viejo hombre, la vieja naturaleza que permanece aminorada en nosotros.

Tenemos que mostrar esta justicia práctica que agrada a Dios y tener esta buena conciencia delante de Dios y de los hombres (comparen con Hechos 24:16). De este modo podemos ir adelante ya que los golpes de Satanás se estrellarán contra la armadura que llevamos. Cuando mi conciencia no está tran­quila y no es examinada sinceramente en presencia de Dios, el enemigo lo­gra detenerme y tiene, entonces, poder sobre mí.

«Calzados los pies para estar preparados a anunciar el evangelio de la paz» (Efe. 6:15). Cuando recibí el Evangelio en mi alma, me trajo la paz. Es la gracia de Dios que obra así: por la fe, tengo la paz; el estado de enemistad no existe más y yo me encuentro en una posición de paz para con Dios, lo que hace que yo sea humilde. Pienso en lo que Dios hizo por un miserable pecador y ca­mino humilde y apaciblemente en medio del mundo. Sin embargo, no nos olvidemos que se trata de la lucha y no de la marcha, y el cristiano no puede ir con los pies descalzos. Y si camina hacia adelante con un espíri­tu humilde, no obrará con otro espíritu en el combate.

 «Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno». Esa es pues la pieza de la arma­dura que hay que endosar y, sobre todo, que se muestre bien al exterior. El escudo era el arma de la mano izquierda que servía para atajar los golpes del enemigo. Esa palabra «fe» es de nuevo una cosa práctica: la confianza en la bondad y la gracia inalterables de Dios.

Pero si nos falta la coraza de justicia, si no tenemos buena concien­cia, o si no tenemos el cinto de la verdad, nuestros afectos puestos en Cristo, ni los pies calzados, si tenemos orgullo, y el estado del corazón y de la conciencia, juntamente con la marcha, no están en regla, entonces no podemos tener esta confianza inalterable en Dios y confiamos en nosotros mismos. Pero el apóstol dice: No confiamos «en nosotros mismos» (2 Cor. 1:9).

Con el escudo de la fe, puedo ir adelante. ¿Qué podrá hacerme Sata­nás? Si tengo mala conciencia me esconderé de Dios; si no me juzgo con­tinuamente en la presencia de Dios, dejaré caer el escudo de la fe y los dardos de fuego del maligno me alcanzarán. Estaré vencido y perderé has­ta la seguridad y el conocimiento de mi salvación.

 «Y tomad el yelmo de la salvación». Si la fe es la confianza en lo que Dios es, el yelmo de la salvación es el gozo de lo que Dios hizo por mí. Si el yelmo me protege la cabeza, el enemigo no me puede herir mortalmente en la misma. Si voy a la lucha, confiando en Dios, alegrándome por lo que Él hizo, tengo la armadura práctica, «toda la armadura de Dios».


Viene ahora la armadura ofensiva: Tengo dos armas ofensivas.

La primera es la espada del espíritu. «Tomad… la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios». Puedo hacer uso de ella; es lo que hizo Jesús quien, como hombre, iba revestido de toda la armadura de Dios. «Escrito está» es lo que responde tres veces al tentador en Mateo 4:1 al 11. ¿Hubo acaso hombre que, como Él, se haya ceñido del cinto de la verdad, se haya aplicado la Palabra a sí mismo, que haya caminado en la senda de la justicia, de la paz, que haya llevado el escudo de la plena confianza en Dios, que haya contado con el Dios de su salvación y haya tomado la espada del espíritu para manejarla contra Satanás como lo hizo? Y Satanás huyó de él.

La segunda arma ofensiva es la oración. «Orando en el Espíritu mediante toda oración y petición, en todo momento, y velando para ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos, y por mí, para que cuando yo abra la boca, me sea dada la palabra para hacer conocer con denuedo el misterio del evangelio…» ¡la oración! ¡Cuán sumamente importante es!

a) «Toda oración y petición». Ello no significa repetir cada día una misma oración por un mismo objeto. Eran esas oraciones y súpli­cas que el Señor Jesús conocía tan bien. Cristo, «en los días de su carne ofreció oraciones y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que podía librarle de la muerte, siendo escuchado y atendido a causa de su piedad» (Hebr. 5:7). El Señor es el ejemplo perfecto que se nos presenta en esto como en todo. Tenemos también un ejemplo de lo que son las oraciones y las súplicas en Daniel capítulo 8; cuando ve que el momento de la liberación ha llegado, si­gue arrodillándose, orando y suplicando.

b) Notemos que el apóstol dice «en todo momento», y no una o dos ve­ces al día, sino «en todo momento». Es algo que debe caracterizar al cris­tiano. La oración es un arma ofensiva, con la cual podemos vencer todo el poder del enemigo. Cuando Pablo escribió: «gran lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea» (Col. 2:1), estaba cautivo, pero arrodillado delante de Dios, presentando toda clase de plegarias y súplicas en todo tiempo por el Espíritu. No se trata de cosas que se repiten sen­cillamente porque ya fueron formuladas dos, tres, diez veces, y que no cuesta presentar nuevamente delante del Señor.

c) Es necesario que las oraciones y las súplicas sean «en el Espíri­tu», «velando para ello con toda perseverancia». ¡Cuántos términos acumula el apóstol para definir claramente cuál ha de ser la actitud diaria del cristiano, de todos los cristianos!

d) «Súplica por todos los santos». No solo tenemos necesidad de presen­tar nuestras necesidades, las de nuestra familia, de la asamblea local. No estamos, en efecto, limitados a aquel circulillo nuestro; tenemos que presentar nuestras súplicas por todos los santos, todos sin excepción al­guna, por aquellos millones que peregrinan juntamente con nosotros en el mundo.

e) Y añade el apóstol: «y por mí». Se trata de la obra de Dios, del ministerio del Señor Jesús en medio de este mundo. ¡Cuánto más fruto abundaría en el ministerio cristiano si todos los santos orasen por aque­llos a quienes se digna Dios emplear para llevar su Palabra a los inconversos o para presentarla a los santos! Hay momentos en que el siervo que Dios emplea siente una lasitud, cierta sequedad espiritual, al tener que pre­sentar la Palabra a las almas. Cuando esto no es el resultado de una situación personal, la cual el siervo mismo ha de juzgar en la presencia de Dios, ¿no se debe, acaso, a que los santos se olvidan de esta recomenda­ción del apóstol y no presentan en todo tiempo oraciones y súplicas por el siervo de Dios?

Amados hermanos, no debemos contentarnos con solo tener la Pala­bra de Dios, sino que debemos estar en íntima y directa relación con el Señor. La oración es la señal de la dependencia, y nosotros tenemos que orar por todas las cosas: sea la obra de evangelización, sea la del minis­terio. Y tengamos muy en cuenta que aquí no se trata solo de reuniones de oración, sino mayormente de la oración individual y privada de cada cristiano. ¿Poseemos esta parte o pieza de la armadura, caracterizada por la ora­ción, que poseían un Samuel y un Daniel? Acaso, ¿no tenemos el conti­nuo ejemplo del Señor Jesucristo; siempre absorto en oraciones y súpli­cas por todo lo que constituía la gloria de su Padre?

En verdad, necesitamos este estado práctico que nos capacita para resistir las artimañas del enemigo el cual quiere a toda costa desviarnos de la comunión con nuestro Dios y nuestro Señor Jesucristo.

Estemos alerta, hermanos, ¡tomemos toda la armadura dé Dios!


Autor: H.R.






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