El hombre y Dios
Los esfuerzos que los hombres hacen para conocer a Dios, prueban que ellos no le conocen. Sus esfuerzos para obtener justicia dan pruebas de que ellos no son justos. No sería necesario que el hombre se esforzara tanto para obtener justicia, si ella fuese natural en él; asimismo, si conociera a Dios, no tendría que inventar métodos para llegar a conocerla. Tales métodos, ¿no aportan la evidencia de que el hombre tiene una completa y profunda ignorancia de Dios?
Frente a Dios, los hombres toman dos actitudes diferentes. Cuando asumen la primera, ellos pretenden hallarlo mediante la sabiduría; tal es el caso de los filósofos. Sin conocer a Dios, ellos razonan sobre lo que Él es y lo que debería ser.
La segunda actitud es la que manifestaban los judíos. Ellos profesaban conocer a Dios, ser sus privilegiados, aquellos a quienes Él se manifestaba, y esto exaltaba su orgullo. En contraste con los paganos, los judíos tenían la verdad revelada, pero se vanagloriaban de ello; y eso era lo contrario del conocimiento de Dios.
Cuando el hombre religioso dice: «mi religión», esta palabra «mi» tiene el primer lugar en sus pensamientos y lo exalta ante sus propios ojos. Los judíos honraban a Dios en vano (véase Isaías 29 13; Mateo 15:9), pues se gloriaban en su religión, sin tener relación con Él.
Cuando conocemos a Dios nos gloriamos en Él, no en una religión. El fariseo bendecía a Dios, no por lo que Dios era, sino por lo que él, un fariseo, era o no era. (Lucas 18:11-12). Tal es el principio judío; mientras que, según el principio de los filósofos griegos, el hombre en su sabiduría cree que es competente para juzgar a Dios y para decir lo que Él debe ser. El hombre se hace un Dios para sí mismo y según su propia fantasía.
Tales son, pues, las dos alternativas que siguen los hombres cuando Dios los somete a prueba. El que exteriormente tiene la verdad se gloría en ella; el que no la tiene, permanece en la incertidumbre respecto a todo y razona sobre lo que Dios es, aun cuando no sabe nada de Él.
Dios deja que ellos obren así, y prende al hombre de acuerdo con el principio sobre el cual éste se basa. Aquel que, en lugar de decir a Dios: “No entres en juicio con tu siervo” (véase Salmo 143:2) y pretende ser justo, será juzgado en base a esto. El que pretende conocer a Dios, será juzgado según su pretensión. ¡Miserable gusano, que no sabe lo que debería ser el hombre, y que quiere razonar sobre lo que Dios debe ser!
La razón no es competente para dar certidumbre, sino para hacerlo todo incierto. ¿Qué se sabe mediante la sabiduría del mundo? Absolutamente nada. Duda de todo sin tener certidumbre alguna. ¡Completa confusión! Se puede razonar a favor o en contra del poder de Dios; a favor o en contra de su bondad; sobre esta base todo es incierto. Si el hombre elige este método, Dios se lo permite. En su sabiduría, Él quiso que el mundo no le conociera mediante la sabiduría. ¿Por qué la busca? Porque el hombre está lejos de Dios, porque tiene otra naturaleza, diferentes ideas, distintos gustos que Él.
Dios no puede amar al pecado; vosotros lo amáis; no podéis conocer la santidad, pues no sois santos. Vosotros no sois lo que deberíais ser, y sabéis que Dios toma en cuenta esto. Lejos de Dios, alguien puede gloriarse de su propia religión; delante de Él, se sentirá lleno de espanto. He aquí por qué: cuando el hombre abandonó a Dios, Dios cuidó que el hombre recibiera la conciencia. El fruto prohibido era el conocimiento del bien y del mal. De modo que el hombre que no conoce a Dios lleva una mala conciencia por todo lugar donde va.
La conciencia no razona; ella siente su responsabilidad y dice: «Yo soy responsable; Dios es juez.» Ella está siempre en nosotros, aunque a menudo muy endurecida. La enfermedad, la muerte, etc., revelan tales circunstancias. El hombre sabe bien que en sí mismo es malo; no necesita razonar para saberlo. Esto es lo único que le queda de su pretensión de conocer a Dios. El hombre no puede volver a la inocencia ni perder su conciencia, pues ésta constituye una parte de su naturaleza. Pero, ¿cómo puede acercarse a Dios con ella? Cuando Adán adquirió la conciencia, procuró ocultarla. Con ella se evita a Dios. ¿Y vosotros?
Las concupiscencias arrastran al hombre, la conciencia le habla, y preferiría enfrentarse a un millar de demonios, los cuales no son sus jueces, en lugar de encontrarse con Dios, el único que tiene el derecho de ser su juez.
¿Me habláis de la voluntad del hombre para acercarse a Él? La voluntad del hombre siempre propende hacia su propia satisfacción y sólo procura colmarla. Ella jamás tiene en cuenta a Dios. La voluntad no soporta la autoridad, porque delante de ésta aquélla debe abdicar. El hombre, pues, ignora a Dios moralmente; su conciencia lo induce a evitar a Dios; lo dominan su voluntad y sus concupiscencias. El hombre está alejado de Dios y no puede acercarse a él.
¿Adulará Dios al hombre diciéndole que es justo? ¿Puede aceptar el pecado? No; es preciso que Dios obre para que el hombre perciba cuál es su situación como pecador; ¡es necesario que Él someta y quebrante su orgullo! Por eso Dios le muestra lo que es el ser humano, le aplica Su ley, hace penetrar en él Su palabra que es como una espada, lo convence de pecado, le hace comprender que no conoce a Dios, que no lo tiene, que teme Su presencia; pues si Dios se hiciera ver, el hombre procuraría salvarse tan precipitadamente como le fuese posible.
Cuando Dios nos habla, se dirige a nuestra conciencia y pone al desnudo el egoísmo que nos gobierna, nuestras concupiscencias, nuestras rebeliones, todas las cosas tal como Él las ve. Nuestra conciencia no puede responder diciendo que no tenemos estas cosas y tampoco puede aducir que ellas no son malas. Pero esta revelación de Dios a la conciencia no repara la brecha; ella nos coloca frente a la luz y la verdad, pero no nos aporta ningún remedio. El hombre se estremece y tiembla cuando se encuentra con Dios, y percibe cuál es su situación. En esto consiste la diferencia en cuanto a nuestro juicio del pecado: si Dios está allí o no lo está.
Pero he aquí algo nuevo: Dios viene a nosotros con “la locura de la predicación” (v. 21), que no lisonjea el orgullo del hombre. Dios le muestra que Él es su juez. En lugar de razonar, el criminal se encuentra ante el tribunal y su conciencia le da la razón a Dios. ¿Por qué Dios se toma tanto trabajo para convencernos de pecado? Aun esto proviene del amor. ¿Por qué no nos deja llegar al día del juicio para descubrir estas cosas? Pues porque la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. Él trae la luz, pero la luz es la vida.
En lugar de dejarse juzgar por nosotros, Dios nos salva confundiendo y aniquilando nuestro orgullo; porque no quiere ni lisonjearnos ni librarnos a nuestro parecer. Él está expectante, dispuesto a salvarnos, porque en el hombre no hay ni sabiduría, ni bondad, y porque está completamente perdido.
Un filósofo no vale más que un desdichado ignorante. Dios no ha hecho una religión para los hombres que saben pensar, sino para los hombres culpables, manchados, perdidos. La fuerza del hombre no interviene en ello en absoluto, de otra manera Cristo no hubiera venido a emprender esta obra. Dios nos da con él lo que necesitamos, a fin de que ninguna carne se jacte en su presencia.
¿Podría un borracho jactarse delante de Dios? Tú, sabio filósofo, ¿eres mejor que él? Tú te jactas frente a tu prójimo, pero nada es más indignante que un hombre que se dice sabio y abandona a la masa de los hombres a su triste suerte; mientras que el más miserable, el más degradado, halla en Cristo lo que responde a sus necesidades.
Jesús vino para hallarse al alcance de todo el mundo, para que todas las ovejas puedan oír su voz. El brinda su amor en la posición más humilde, la más accesible para todos. Es el Dios que manifestó su amor descendiendo hasta lo más bajo posible, sin protegerse frente a todo ultraje.
No, Dios no es un Dios para los sabios; Él se dirige a lo más miserable que existe; a un leproso, a una mujer de mala vida, etc. Él brinda la luz de una santidad tan alejada del pecado, que puede acercarse a ellos, sin mancharse, para quitar la inmundicia. Si el más miserable, si el más degradado no puede acercarse a otro hombre, puede acercarse a Dios. Esto es lo que atrae y abre el corazón y lo hace verdadero. En lugar de fingir intentando que Dios esté contento conmigo, le digo todo; le muestro mis necesidades, mis llagas, mi pecado; presento ante el amor al hombre natural, tal como es.
“Mas de él sois vosotros en Cristo Jesús” (v. 30; RV 1909). ¡Dios tiene en cuenta al hombre! ¡“Vosotros sois de Dios” (1.ª Juan 4:4)! ¡Qué felicidad! Participamos de su naturaleza divina. Hemos nacido de una nueva naturaleza; poseemos la vida del segundo Adán. Dios introdujo en nuestro corazón nuevos pensamientos; mediante una poderosa acción del Espíritu de Dios nos ha dado lo que necesitamos, una vida santa y justa, que es amor.
Cristo en nuestro corazón vino a ser realmente nuestra vida. ¡Qué gracia! No es una verdad fuera de mí que me condena, como la ley, y que no me cambia. Cristo vino a ser mi vida, la fuente de mis pensamientos, de mis afectos; Él vive en mí (Gálatas 2:20), y como esta vida está en mí, amo a Dios y hallo placer en lo que es bueno.
Pero, me podrán decir, no puedo hacerlo siempre, mi corazón es duro... Sin duda, pero al menos siento aflicción por ello. La fuerza no se encuentra en esto, pero ¿estará tranquila mi conciencia? De ninguna manera. Veo en mí un principio, una fuente de mal; hago lo que no quiero hacer.
El hecho de reconocer que tengo una naturaleza opuesta a Dios, que mi carne es enemiga de Su voluntad y que desea lo contrario de lo que Él quiere, equivale ya a verse iluminado por una luz intensa. Y cuando la vida está en mí, tomo conciencia de todo ello y veo el pecado. Entonces juzgo el mal; pero eso aún no es la justicia; necesito, pues, la justicia delante de Dios. Para mí el fariseísmo deja de existir; ya no hablo más de mi religión y digo: «¡Mi corazón es duro como una piedra!» Veo tanto amor en Jesús sobre la cruz, ¡pero yo no lo amo! Deseo amarlo, pero mi frivolidad natural me aparta de Él. Esto no me da la paz; he violado la ley y temo el juicio; no respondo al amor.
Queridas almas, os comprendo, pero permanece siempre la verdad de que tenéis que responder a Dios. Tenéis necesidad de justicia. La vida que está en vosotros es algo muy diferente del conocimiento de la justicia. Sois de Dios, y Jesucristo os ha sido hecho Justicia de su parte. La respuesta a todas vuestras necesidades la halláis en Cristo, pues él “nos ha sido hecho por Dios, sabiduría, justificación (o justicia), santificación y redención”. No se trata de que vosotros hayáis sido hechos esto, sino que, de parte de Dios, Cristo vino a ser nuestra vida.
Cuando Dios termina de manifestar lo que es el hombre, lo vence y acaba con él. Dios crea un ser nuevo, y así venimos a ser de Él; mientras que, si tuviéramos que responder a Dios, sería necesario que Él nos condenara. Pero eso es otro bien que no hallamos sondeando nuestro corazón y que tenemos de parte de Dios. ¿Dónde? Pues en Cristo. Él nos ha sido hecho justicia de Su parte.
Esta justicia es para nosotros, se encuentra completamente fuera de nosotros, y para poseerla se necesita la fe. No podemos creer en algo que está en nosotros —lo experimentamos—, pero Cristo se presenta a nuestra fe como justicia de parte de Dios. Hay pues una justicia; nosotros no la tenemos para con Dios; y si él es justo, es preciso que nos condene. De este modo, nuestra conciencia es sondeada y nuestro corazón también, pero Dios nos dice: «Yo tengo la justicia para ti.» ¿Y cuál? ¡Cristo!
No se trata de saber si lo aceptamos, sino de estar seguros de que Dios lo acepta por nosotros, porque hemos ofendido a Dios. No podríamos aceptar a Cristo como tendríamos que hacerlo; incluso no podríamos decir si tenemos la fe o no la tenemos. Pero la cuestión no es esa. Dios fue ofendido; ¿quién, pues, debe recibir satisfacción y justicia? ¿Nosotros? Está claro que Dios demanda justicia. Él la halla; Él la tiene; Cristo está a su diestra; Dios aceptó y glorificó esta justicia; ella es suficiente y perfecta para tomar lugar en el trono de Dios mismo. La fe reconoce una justicia que ahora es nuestra; Dios nos ha dado a Jesús como justicia y la situó a su diestra, porque ella es perfecta.
Dios rechaza el pecado; es preciso que nos sometamos a su justicia. Esta justicia es Cristo mismo, quien se ha ocupado de nuestros pecados y ya no se ocupará de ellos. Él fue hecho pecado por nosotros y Dios es glorificado en el hecho de que el pecado fue juzgado; pero ahora Cristo está a la diestra de Dios, ¡es nuestra justicia glorificada!
¿Qué parte teníamos en esta cruz? Allí donde la justicia fue cumplida, nosotros sólo teníamos pecado. La obra de la cruz, ¿fue consumada dentro de nosotros? Ciertamente, fue hecha fuera de nosotros. Jesús manifestó obediencia perfecta, amor perfecto, consagración perfecta a la voluntad de su Padre y a aquellos a quienes salvaba. Por lo tanto vemos que nada de nosotros tiene parte en la cruz. Todo ello es perfecto porque sucedió entre Dios y su Hijo. Esa obra no está sujeta a nuestra debilidad, pues la consumó Cristo. No esperamos que Cristo muera, resucite y se siente a la diestra de Dios; lo creemos, nos sometemos a ello pues Dios, mediante el Evangelio, nos hace ver nuestros pecados y nos revela nuestra justicia.
¿Habéis sido convencidos de pecado, de tal manera que conozcáis a Cristo como vuestra justicia? Tal es el testimonio del Espíritu de Dios. Ante Dios, ¿os habéis sometido a Su justicia o a la vuestra? Después de todos nuestros esfuerzos, de todas nuestras luchas internas, aprendemos que Dios nos ha dado una justicia. Si no la poseemos, no osamos juzgar el pecado como es necesario y nos excusamos; pero una vez que Cristo es nuestra justicia, nos conocemos a nosotros mismos.
Estábamos justa y merecidamente perdidos, de otro modo Dios no sería Dios. Sin la justicia de Dios es preciso ocultar el pecado o bien esperar que mañana seamos mejores. Gracias a Dios, estamos reconciliados con Él; no tenemos ningún temor por nuestro porvenir; Cristo es nuestra justicia y fue recibido delante de Dios, porque él lo ha glorificado. ¡Qué santidad! ¡Qué verdad!
Él nos fue hecho santidad perfecta. La ley de Dios exigía esto o aquello. Cristo es la medida de nuestra santificación; de manera que nada nos es contrario ante la presencia de Dios en la cual fuimos introducidos por Cristo. Tal como Él es, así es nuestra santidad. La ley no nos santifica y tampoco nos justifica. Cuanto más se le prohíbe al hombre una cosa, tanto más él quiere hacerla; la prohibición provoca el pecado. Cristo atrae el corazón hacia la santidad; el Espíritu Santo toma las cosas que son de Cristo y nos las comunica; somos transformados en la misma imagen, porque Él es nuestra vida.
¿Estamos completamente liberados? No, la lucha está aún presente, suspiramos llevando una carga; nos falta una liberación completa. Pero Cristo nos ha sido hecho Redención y es necesario que esperemos un poco para tener la liberación completa. Jesús volverá y no dejará un átomo de nuestro polvo entre las manos del Enemigo. Tanto si fuésemos resucitados como si fuésemos transmutados, será una redención perfecta. Cristo obtuvo una victoria completa, obró una liberación absoluta cautivando la cautividad. De ahí en adelante, Satanás y la muerte no tienen ningún poder sobre el creyente.
En cuanto a nuestras relaciones actuales y personales con Dios, son perfectas; en cuanto a nosotros mismos, estamos llenos de debilidades, pero nuestras relaciones con Dios no están fundadas sobre lo que somos, pues estaríamos condenados; pero, para aquellos que lo esperan, Cristo aparecerá para salvación y no para juicio. Ahora, nuestras relaciones están fundadas en lo que Cristo es. El asunto es simple: De acuerdo con lo que somos estamos condenados, pero somos salvos en Cristo. Nosotros, pecado; Él, justicia. Cristo es santidad y redención que nos libera de la ley.
¿Dónde estáis vosotros? Vuestras relaciones con Dios, ¿están enteramente fundadas sobre Cristo mismo? ¿Habéis renunciado a toda especie de confianza en vosotros mismos a fin de someteros a la justicia de Dios? Esta justicia es perfecta ¿sí o no? ¿Podría Él rechazar esta justicia más tarde? Dios no dio a su Hijo en la cruz para rechazarlo luego. Cristo nos es hecho, de parte de Dios, sabiduría, justicia, santidad y redención. ¡Que podáis vosotros así, en paz con Dios, esperar el momento de estar con Cristo en la gloria!
Autor: J.N.D.
