Expositivos

El Espíritu de adopción

Tenemos dos cosas en el evangelio de Juan. La primera, que el Padre fue revelado en la persona del Hijo; la segunda, la manera en que es reunida y formada la familia, el lugar que ocupa delante de Dios y la relación que sostiene con Él. También es verdad que, en un aspecto, bajo el tipo del agua viva (Jn 4:7) tenemos una enseñanza en lo referente al Espíritu Santo, y que el evangelista se dispone a explicar después de la invitación que el Señor ofrece a los discípulos en el día de la festividad: «Esto dijo del Espíritu que iban a recibir los que creyesen en él; pues aún no había sido dado el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado» (cp. 7:39).

Cualquiera que sea la verdad sobre la familia, y el significado que adquiera la declaración del Padre, era imposible que las almas creyentes empezaran a gozar de su relación con Él antes de que hubiera descendido el Espíritu Santo en Pentecostés. Nacer de nuevo es una cosa —un cambio efectuado por el poder divino a través de la acción de la palabra—, y otra muy distinta es saber que Dios es nuestro Padre, algo de lo que gozamos solo a través del don de la morada del Espíritu. El apóstol Pablo marca sencillamente esta diferencia en su epístola a los Gálatas: «Sois hijos (uithós) de Dios mediante la fe en Cristo Jesús», una declaración que se corresponde con los medios instrumentales del nuevo nacimiento de Jn 1:12-13 que ya hemos considerado. Más adelante, en el siguiente capítulo dice: «Y por cuanto sois hijos (uithós), Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: Abbá, Padre» (Gá 4:6). En otra epístola escribe lo siguiente: «Habéis recibido espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: Abbá, Padre» (Ro 8:15).

Después de haber recibido el Espíritu Santo es cuando podemos conocer o disfrutar la relación de hijos. Antes de tocar este punto, será edificante señalar el terreno en el que se basa, según la Escritura, el don del Espíritu, ya que mucha confusión envuelve este asunto. Lo podemos mostrar bajo un doble aspecto: refiriéndonos al descenso del Espíritu Santo sobre nuestro Señor, y señalando también las afirmaciones que hace la palabra de Dios. La escena del bautismo del Señor tiene un enorme interés, no solo por causa de la exhibición que hace de su gracia humilde y excelencia (así como de su amor por los suyos e identificación con los santos y los íntegros de la Tierra, en los que tiene puesta toda su complacencia), sino porque también indica, simplemente, la posición a la que es llevado ahora el creyente como resultado de la redención. Saliendo del agua tras ser bautizado por Juan, los cielos fueron abiertos y vio el Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma, iluminándole; y he aquí una voz que decía desde el cielo: «Este es mi Hijo, el amado, en quien he puesto mi complacencia» (Mt 3:17). Tenemos aquí los cielos abiertos, a Cristo sellado como Hombre, y al Padre proclamando: «Tú eres mi Hijo amado; en ti he hallado mi deleite». Esto muestra cuál es la posición de cada creyente que ha recibido el Espíritu Santo. Los cielos son abiertos sobre él y se convierte en un hijo de Dios, así como en el objeto del corazón del Padre. Se produce también un interesante contraste. En la escena ante nosotros, Cristo sobre la Tierra es el objeto del Cielo, mientras que el objeto del creyente es Cristo a la diestra de Dios, contemplado por el ojo de la fe a través de unos cielos abiertos.

Se podría, entonces, plantear la siguiente pregunta: ¿en qué terreno fue sellado Cristo con el Espíritu Santo? La respuesta es evidente. Recibió el Espíritu en el terreno de su pureza, absolutamente exenta de mancha. Trazando un gran contraste con nosotros, esto indicaría el fundamento solo en el que Dios puede dar el Espíritu Santo a su pueblo. Nosotros no podemos permanecer ante Dios como si no tuviéramos pecado ni ningún tipo de contaminación; pero sí podemos estar ante Él tan blancos como la nieve a través de la sangre de Cristo. Tan pronto como somos lavados de nuestra culpa mediante la eficacia de esta sangre, Dios puede, y desde luego lo hace, enviar el Espíritu Santo a que habite en nosotros como el espíritu de adopción para ser el sello y las arras de la herencia, así como nuestra unción. Este orden tiene su paradigma en los tipos. Cuando eran consagrados los sacerdotes y el leproso era purificado (Éx 29; Lv 14) estas acciones se realizaban en el mismo orden en ambos casos. Primeramente eran lavados con agua, significado del nuevo nacimiento, y luego rociados con la sangre que tipificaba la sangre de Cristo que lava de todo pecado; y por último, se les ungía con aceite, un emblema del Espíritu Santo.

Si miramos ahora otros pasajes, veremos, a modo de ejemplo, la confirmación de este orden. Cuando aquellos corazones desasosegados exclamaron en Pentecostés: «Varones hermanos, ¿qué haremos?», Pedro les contestó de inmediato: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2:38). Mientras predicaba en casa de Cornelio, vemos que en el momento en que Pedro testificaba de la remisión de los pecados a través de la fe en Cristo cayó sobre aquella familia que había oído la palabra el Espíritu Santo. Los dos casos enseñan, de un modo que no puede inducir a ningún error, que la condición para recibir el Espíritu es conocer previamente el perdón de los pecados. En la epístola a los Romanos no se menciona el Espíritu hasta después de la justificación por la fe y la paz con Dios (Ro 5; comparar también Ef 1:13). Si se comprende esto claramente se despejarán todas las dudas. También se preguntará si puede ser posible que un alma nazca de nuevo y no tenga el Espíritu Santo. Esta pregunta debería plantearse de la siguiente manera: ¿puede habitar el Espíritu Santo donde no hay conocimiento del perdón de los pecados? O también de esta otra: ¿es posible que un alma sea templo del Espíritu antes de ser lavada de culpa? Después de haber considerado los pasajes ante nosotros, podemos responder retóricamente a dichas preguntas. ¿Qué lector inteligente dudará de que la vida divina ya existe mucho antes en muchísimas almas que, ora por falta de conocimiento, ora por falta de fe, no gozan del perdón de los pecados?

El orden divino es, en primer lugar, nacer de nuevo por la Palabra y el poder del Espíritu, obtener el perdón de los pecados después y, finalmente, que el creyente posea la morada del Espíritu. Dejemos bien claro que el intervalo que suele existir entre el nuevo nacimiento y el sello del Espíritu no tiene razón de existir, y aunque se proclamara un evangelio más básico y se explicara la naturaleza de la gracia apenas si justificaría su existencia. Recordemos que el nuevo nacimiento debe preceder a la morada del Espíritu Santo: «Por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abbá, Padre!».

Observemos ahora el efecto producido en nosotros tras haber recibido el Espíritu de adopción. Lo primero que exclamamos es, como hemos visto, «Abbá, Padre». Dice el apóstol en Gálatas: «Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo» (cp. 4:6). De aquí podemos deducir algo instructivo y digno de mención. Cuando nuestro Señor estaba en el jardín de Getsemaní, y ante la expectativa de su muerte Satanás no dejaba de atacarle, exclamó en la agonía de aquellas horas: «Abbá, Padre; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieras» (Mr 14:36). El pasaje nos deja claro lo que es el «Espíritu de su Hijo», así como que el Hijo era consciente de estar gozando, en ese entonces, de su relación con el Padre a pesar de la agonía que experimentaba. El mismo Espíritu, pues, en cuyo poder Cristo se dirigía al Padre, mora en nosotros, en todos quienes han sido lavados por la sangre de Cristo. Al hacer morada en nosotros instruye los corazones y los lleva a exclamar Abbá, Padre. Esta exclamación es la evidencia, por llamarlo así, que resulta de poseer el Espíritu de filiación (uíothesía). Tal vez nos hayamos dirigido a Dios antes en otros términos, pero tan pronto como se ha formado la relación y Dios la ha sellado con el don del Espíritu Santo somos constreñidos a llamarle nuestro Padre. Si no nos sintiéramos empujados a hacerlo no habría razón de dudar de que un hijo persista en llamar a su padre terrenal maestro en vez de llamarlo entrañablemente por el nombre de padre. No hay que olvidar que «Abbá, Padre» es la exclamación que hace el Espíritu en nuestros corazones.

Poseer el Espíritu no puede resultar en otra cosa que dirigirnos a Dios de esta manera. Pero si alguien no tuviera el Espíritu de Dios, le sería imposible invocarle como Padre, pues su corazón no ha experimentado el gozo de esta relación. No hace mucho un conocido cristiano explicó al que esto escribe que después de ser despertado del sueño mortal intentó durante dos años llamar Padre a Dios, pero sin éxito. No podía expresar ante Él esta palabra, pero cuando inmediatamente fue llevado al conocimiento del perdón de los pecados se convirtió para él en la manera corriente de expresarse, porque acababa de recibir la morada del Espíritu Santo. Esta experiencia concuerda con lo que enseña la palabra divina. Si somos sinceros delante de Dios saldrá de nuestras almas la verdad, y acto seguido pondremos al descubierto nuestro estado y relación cuando vayamos a rezar, especialmente si lo hacemos en privado y sin la presencia de otras personas. Qué consideración más solemne que el Espíritu de Dios haga de nuestros cuerpos sus templos, que el mismo título de Padre que pronunciamos ante Dios sea realmente la misma exclamación del Espíritu. Qué gracia divina poder conocer ahora que Dios nos ha contado entre sus hijos y ha formado con nosotros una relación que durará toda la eternidad. Conocer el poder de esta bendita verdad haría que nuestras plegarias fueran más reales, y nos llenaría de inefable agradecimiento hacia Aquel que, en su gracia y amor condescendientes, nos ha reunido alrededor de Él como hijos amados.

Queda más por decir. El apóstol procede, diciendo: «El Espíritu mismo da juntamente testimonio con nuestro espíritu —preposición en el original griego martureo, que conlleva la idea de testificar, imputar, dar evidencia de algo; del sustantivo martus (testigo)— de que somos hijos de Dios» (Ro 8:16). La posibilidad de que podamos engañarnos es evitada. Hay quienes querrían imitarnos llamando Padre a Dios, pero esta palabra resulta de un conocimiento íntimo que el Espíritu produce en la relación. Fijémonos en que no se trata de dar testimonio a nuestro espíritu. Si se empleara este lenguaje esperaríamos, en un momento determinado, un testimonio distinto que nos asegurara que somos hijos de Dios. El apóstol dice «con nuestro espíritu», es decir, que el fruto de la morada del Espíritu genera en nosotros sentimientos y afectos que se ciñen a la relación a la que somos llevados y nos conducen a gozar de ella. El hijo de Dios conoce ahora al Padre, y no duda de que sea hijo, pues tiene en él el conocimiento sólido de su relación y es capaz de descansar, en alguna medida al menos, en el gozo del amor y cuidados del Padre. En otras palabras, el espíritu filial es el producto de este testimonio del Espíritu Santo.

¿Nos dará licencia el lector para preguntarle si cultiva y muestra lo bastante este espíritu de filiación? No existe nada más hermoso en la vida cristiana ni nada que proporcione un mayor sentimiento de dependencia de Dios, ni de más confianza en la oración. Al escribir a los tesalonicenses, el apóstol Pablo se dirige a ellos diciéndoles: «A la iglesia de los tesalonicenses en Dios Padre y en el Señor Jesucristo» (1 Ts 1:1; 2 Ts 1:1). Ninguna asamblea más recibe tal encabezamiento. La razón podría ser que la vida cristiana de estos jóvenes creyentes, que estaban en la frescura y fervor de su primer amor, se desarrollaba y manifestaba en el gozo de su relación filial. A nosotros también nos caracterizará en la misma proporción siempre que no contristemos el Espíritu de adopción y lo dejemos guiar nuestro corazón a conocer el Padre y su amor, permitiendo que forme en todos nosotros esos afectos filiales que solo ese conocimiento del amor produce. El conocimiento del Padre y de nuestra verdadera relación es lo primero; después, el Espíritu será libre para guiarnos hacia delante —poco a poco, pero siempre en progresión creciente— a gozar de todas las bendiciones relacionadas con nuestra posición. No es posible tener los sentimientos de hijos antes de llegar a saber que lo somos. Este conocimiento de que somos hijos derivará en el gozo de la relación, en los afectos filiales, en la gratitud propia de los hijos, en el respeto que estos muestren, etc. El testimonio del Espíritu con el nuestro (la intensidad con que se distingue) depende siempre, y dependerá, del carácter de nuestro camino. «Si alguno ama el mundo, el amor del Padre no está en él». Si el creyente anda desordenadamente ya es razón suficiente para contristar el Espíritu, si no para apagarlo. En todo caso, no habrá sino un débil testimonio con su espíritu de que es un hijo de Dios. Nadie debería conformarse con algo inferior al gozo feliz y consciente de la relación que Dios, en su gracia, y como hijos suyos, ha tenido a bien formar con nosotros.

Los hijos también son guiados por el Espíritu Santo. Basándose en la afirmación de este hecho, el apóstol procede a exponer el carácter del Espíritu que ahora habita en los creyentes. Antes hizo el contraste de los que andan según la carne frente a los que andan según el Espíritu. Todos se incluyen en las dos clases. En cuanto a la posición que tienen los creyentes delante de Dios, ellos no están en la carne sino en el Espíritu, lo que los distingue en la presencia de Dios para existir, teniendo en cuenta que el Espíritu de Dios mora en ellos (Ro 8:9). No hay intermedio posible entre estos dos extremos. Añade el apóstol: «Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él». Así, cada cristiano que tiene por morada el Espíritu Santo tiene también una nueva posición delante de Dios. Está en Cristo y no en Adán, pues a través de la muerte con Cristo ha sido disociado del primer hombre, y por la resurrección de Cristo ha sido llevado ante Dios a una posición y un terreno nuevos que desconocen el pecado, la condenación y la muerte, ya que nos estamos refiriendo a un terreno de resurrección. Resucitado con Cristo, el cristiano cuenta por tanto con el poder para el conflicto con la carne y para vencerla. Habiendo mostrado nuestra escapatoria de la ley del pecado y la muerte, con todo lo que tiene de dichoso el resultado de esta liberación, y tras señalar el carácter de nuestro nuevo lugar, el apóstol continúa: «Hermanos, somos deudores, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque si vivís conforme a la carne, vais a morir; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios». Estas últimas palabras nos ponen cara a cara con unas verdades muy solemnes.

Destacaremos, en primer lugar, el hecho de que ser guiados por el Espíritu se considera en este pasaje como aquello que caracteriza a cada hijo de Dios. «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios». Con la guía que obtienen manifiestan que son hijos. Aquí no se menciona el hecho humillante de que es la carne la que gobierna a veces a los creyentes. Con demasiada frecuencia esto suele pasar, pero lo que está describiendo el apóstol es lo que de veras vincula a los creyentes con su clase: que son guiados por el Espíritu, y no por la carne. Tras afirmar esto, y sin temor a equivocarnos, nos aprovechará también saber que siempre somos guiados, bien por el Espíritu, bien por la carne. Es verdad que tenemos la naturaleza caída y que el creyente debe mantener los afectos naturales que Dios creó dentro de una lógica divina, pero nos referimos ahora a todo el contraste que las Escrituras exhiben continuamente entre la carne y el Espíritu. Como se dice en otra epístola: «Porque el deseo de la carne es contra el espíritu, y el del espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que querríais» (Gá 5:17). La carne y el Espíritu son siempre antagónicos, y tan pronto nos encontramos en el poder del Espíritu, controlados por su gobierno y dirección, como en el de la carne. ¡Qué vigilancia necesitamos darnos! Bajamos tanto la guardia que la carne, aunque sea por un momento, toma ventaja sobre nosotros con Satanás a su cabeza, haciendo que nos hundamos en el pecado y entristezcamos el Espíritu Santo de Dios.

Lo tercero que hay que recordar es que el Espíritu Santo es nuestro único poder. Carecemos de otro para nuestro camino y nuestra lucha, para nuestro servicio y adoración. Lo que, por consiguiente, distingue a los hijos de Dios, es que son guiados por el Espíritu divino. ¡De qué forma tan maravillosa se vio en la vida de nuestro Señor! Después de ser bautizado, el Espíritu le llevó al desierto para ser tentado por el diablo. Con el poder espiritual predicó, hizo milagros, echó fuera los demonios y sanó a todos los que padecían opresión, y continuó su senda haciendo el bien (Mt 4:12; Lc 4; Hch 10). En efecto, con cada paso del camino y con toda clase de actos cometidos y cada palabra dicha durante toda su vida en la Tierra, fue guiado por el Espíritu Santo. Él es nuestro ejemplo, y nuestro es el privilegio de ser guiados también por el Espíritu de Dios, por lo que, a medida que vayamos siendo conducidos, se manifestará que somos los hijos de Dios.

El apóstol sigue enseñándonos algo más importante. El Espíritu que hemos recibido es el Espíritu de adopción, y por consiguiente nosotros somos hijos. «Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificado». Seguiremos considerando, de momento, la posición que ocupamos como hijos mientras esperamos tratar en otro capítulo nuestra condición futura en la casa del Padre. Todos los hijos son herederos de Dios. No se trata solamente de que le haya agradado, en su amor y misericordia, introducirnos en una relación con Él, sino que también nos ha hecho sus herederos, y si esta asombrosa manifestación de su gracia no bastara para satisfacer Su corazón, el apóstol añade: «y coherederos con Cristo». Esta última frase contiene, en realidad, la clave para la comprensión de todos nuestros beneficios. Dios nos ha asociado con su amado Hijo. Él es el primogénito de los muertos y nosotros componemos la iglesia del primogénito a través de su relación con Él, siendo asociados en calidad de herederos con todo lo que Él, como hombre, heredará en virtud de su obra redentora. Cada hijo de Dios es puesto en la categoría y posición del Primogénito, exceptuando Su preeminencia y dignidad, que son en esencia algo personal. Los hijos nos igualamos con Él a la hora de compartir la herencia con Cristo. ¿Qué otras palabras podrían expresar más apropiadamente la riqueza de la gracia de Dios, o de los beneficios que nos son otorgados? No solo nos ha salvado y nos ha atraído a Sí, otorgándonos privilegios y felicidad, sino que también va a ponernos al mismo nivel que su amado Hijo para poder satisfacer plenamente su corazón. Que estas palabras encuentren profunda cabida en nuestras almas, y que con una constante meditación en ellas aumente nuestro conocimiento de cómo Dios actúa en su gracia. Cuanto más ponderemos lo que ha hecho por nosotros mediante la muerte y resurrección de nuestro Señor y Salvador, más sentiremos la necesidad de investigar y explorar el inagotable tesoro de esa herencia que vamos a adquirir por ser los herederos de Dios y los coherederos con Cristo.

Continúa diciendo el apóstol: «Si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados». Esta condición de ningún modo plantea una duda, sino que indica, meramente, lo que está implícito en la filiación, y la senda para llegar a la glorificación con Cristo; es decir, si somos hijos, nuestra senda de aquí debe ser de sufrimiento con Él. Si hemos nacidos de nuevo y tenemos el Espíritu de adopción no podemos rehuir dicha senda.

La nueva naturaleza en nosotros, nacidos como somos de Dios, ha de ser capaz de sentir con la misma medida que Cristo sintió todo ante el pecado, Satanás, el dolor y la muerte. El Espíritu de Dios que mora dentro de nosotros debe guiarnos, a medida que nos sometamos a esta dirección, por la misma senda en la que Cristo anduvo y a sentir y a actuar como Él en circunstancias similares. No podemos llamarnos hijos de Dios si prescindimos del sufrimiento con Cristo. Nuestra capacidad de sufrir con Él dependerá completamente del grado con que permanezcamos bajo el gobierno y poder del Espíritu Santo. Un hijo que camina en fidelidad delante de Dios, sin contristar el Espíritu, sufrirá con Cristo mucho más que alguien a quien no le interesa un camino ordenado. Sin embargo, esta es la senda inevitable que lleva al sentimiento de un privilegio inexpresable. Pues, ¿qué otro gran privilegio —a menos que no sea el sufrir para Cristo— puede gozarse fuera de la compañía sentimental de nuestro bendito Señor, ajenos al dolor y al sufrimiento de este desierto de pecado y muerte? Cuanto más suframos con Él más conoceremos las profundidades de su corazón amoroso, que nunca se fatigó durante aquel ministerio de ternura y de gracia aunque tuviera que soportar cada día la contradicción de pecadores. El ánimo para emprender una senda así puede faltarnos: «Pues considero que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que ha de manifestarse en nosotros». El gozo puesto delante de Él sostuvo a nuestro Señor en el padecimiento de la cruz y en el trance de tener que soportar la deshonra. De todo ello se deduce el efecto que tendrá la perspectiva de la gloria, cuando seremos glorificados juntamente con Cristo.

No hay nada que nos sobreponga más al sufrimiento que la contemplación de la gloria futura y, si medimos lo primero con lo segundo, su importancia no hace sino disminuir. Como dice el apóstol en otra parte: «Porque esta leve tribulación momentánea nos produce, en una medida que sobrepasa toda medida, un eterno peso de gloria» (2 Co 4:17). No olvidemos que tanto el sufrimiento como la gloria están con Cristo. Nunca escaseará este feliz compañerismo si sufrimos y somos glorificados con Él. La identificación con un Cristo rechazado ahora y con un Cristo glorificado después. ¿Qué más podemos desear, o qué otra cosa puede concedernos el Dios de toda gracia?


Autor: E.D.





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