La Trinidad

Acerca de los sufrimientos de Cristo

(Isa. 53: 3-12)

"Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos.

Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido.  Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. 6Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.

Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido. Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca.

Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos.  Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores".


Considerar en alguna medida los sufrimientos de Cristo —y nosotros no podremos hacerlo sino con muy grande debilidad y mucha imperfección— nos conduce a meditar uno de los temas más serios y difíciles que se presentan. Sabemos muy bien que al hacerlo penetramos en una tierra santa y que en ésta no podemos avanzar sino con reverencia, temor y con los pies descalzos. No obstante, es de desear que sea un tema del cual estemos ocupados a menudo.

Puesto que será uno de los temas de la alabanza de los redimidos en el cielo, alabanza que se entonará cuando vean en pie “en medio del trono” al “Cordero como inmolado”, ¿no conviene que ya en el presente Él sea el tema central de nuestra alabanza, mientras anticipamos el momento en que cantaremos allí el cántico nuevo, para la gloria de Aquel que fue “inmolado” (Apocalipsis 5:6, 9)?

Por una parte, una alma que se ha alimentado de Cristo, que se ha ocupado de Él considerando el camino de sufrimientos que soportó en este mundo, será conducida a adorar. Por otra parte, nada nos dará tanta fuerza para vivir en una verdadera separación para Cristo, nada tendrá tanto poder para elevarnos por encima de las miserias y las tristezas por las cuales gemimos, nada nos dará tanta capacidad para hacer realidad un rico y viviente cristianismo, como el recuerdo de lo que Cristo sufrió y la meditación de este tema.

Para apoyar lo que decimos, bastará citar un solo ejemplo entre los que abundan en las Escrituras: lo que el apóstol Pedro escribe en los versículos 18 a 21 (especialmente el v. 19) del capítulo 1 de su primera epístola, constituye el motivo más poderoso para poner en práctica las exhortaciones de los versículos 13 a 17.

Las Escrituras nos presentan diferentes aspectos de los sufrimientos de Cristo: los que sufrió de parte de los hombres y los que sufrió de parte de Dios. Como objeto del odio de los hombres, sufrió por la justicia; pero también, a lo largo de todo su camino, considerando la miseria del hombre y sus malas obras, Él sufrió porque era la luz y, por otra parte, comprobando las dolorosas consecuencias del pecado, sufrió en simpatía.

Así como sufrió en simpatía por esto último, igualmente lo hizo por adelantado penetrando en la profunda angustia que experimentará el remanente de Israel en los días del fin. Pero en la cruz Él soportó sufrimientos de un carácter muy diferente; allí fue hecho pecado por nosotros: Por nosotros lo hizo pecado” y “padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos” (2.ª Corintios 5:21; 1.ª Pedro 3:18). En esa hora suprema, ¡Dios tuvo que apartar su rostro de Él y abandonarlo!

Los sufrimientos de las tres horas de tinieblas eran necesarios para que fuese resuelta la cuestión del pecado, para que fuese colocada la base sobre la cual reposa el cumplimiento de todos los designios de Dios, para que Dios fuese plenamente glorificado en un mundo donde había sido deshonrado por la desobediencia del primer hombre.

No obstante, sin perder de vista el carácter muy particular, único, de los sufrimientos soportados por Cristo como Víctima expiatoria, no se podrían aislar unos de otros los diferentes aspectos de sus sufrimientos.

Así como en el Antiguo Testamento se nos presentan diversos tipos de un solo sacrificio, contemplamos también en las Escrituras, sufrimientos de caracteres diversos, sobre los cuales estamos llamados a meditar, sin perder de vista nunca que ellos constituyen en su conjunto el sufrimiento que Cristo conoció como hombre aquí abajo.

Él fue por excelencia el “varón de dolores” (Isaías 53:3). Sufrió en todo su ser, en su cuerpo, en su corazón y en su alma; es evidente que estos diversos sufrimientos no se pueden separar unos de otros: Cristo no pasó por ellos separadamente, unos tras otros, aunque sin duda haya habido momentos en que sintió más intensamente unos u otros, y aunque —e insistimos aún en ello, por la gran importancia que reviste este punto— sus sufrimientos expiatorios presentan un carácter absolutamente único.

Nos engañaríamos si pensáramos que los sufrimientos que Cristo soportó de parte de los hombres habían llegado a su fin en la hora sexta: sin duda desde ese momento y hasta la hora novena, los hombres no podían manifestar nada de su odio contra Dios y contra su Cristo, pero, ¿no sufrió Él, quizá más dolorosamente aún, por todo lo que habían hecho hasta la hora sexta?

Cristo sufrió en su cuerpo, sintiendo todo lo que es inherente a la condición del hombre en este mundo: conoció tanto el cansancio y la fatiga, no teniendo “dónde recostar la cabeza”, como el hambre y la sed (Juan 4:6; Lucas 9:58; 4:2; Juan 4:7). Pero también soportó los terribles sufrimientos de los cuales habían hablado los profetas: “Sobre mis espaldas araron los aradores; hicieron largos surcos”. “Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban la barba; no escondí mi rostro de injurias y de esputos (Salmo 129:3; Isaías 50:6).

¡Y qué sufrimientos tuvo en su cuerpo cuando fue clavado en la cruz “por manos de inicuos” (Hechos 2:23)! El suplicio de la crucifixión ocasionaba sufrimientos físicos de los cuales nosotros sólo tenemos una pálida idea. Nuestro amado Salvador quiso atravesar estos dolores en toda su intensidad, por eso cuando los clavos que horadaron brutalmente sus manos y sus pies fueron clavados por los soldados romanos, cuando su cuerpo estaba siendo lacerado, rehusó beber “vinagre mezclado con hiel” o “vino mezclado con mirra”, los cuales, se dice, tenían por objeto procurarle cierta insensibilidad a los suplicios (Mateo 27:34; Marcos 15:23). Pero, por grandes que hayan sido sus sufrimientos físicos, los sufrimientos que experimentó en su corazón y en su alma fueron aún más profundos.

Los afectos de su corazón, desplegados a lo largo de todo su camino de una manera a la vez tan conmovedora y eficaz, no habían hallado eco en el corazón del hombre, quien permanecía insensible. Por lo cual, siendo objeto del odio y del desprecio de su criatura, podía decir a su Dios, por medio de la boca del salmista: “...Los denuestos de los que te vituperaban cayeron sobre mí... y vine a serles por proverbio. Hablaban contra mí los que se sentaban a la puerta, y me zaherían en sus canciones los bebedores... Tú sabes mi afrenta, mi confusión y mi oprobio; delante de ti están todos mis adversarios...”; y ¡cómo sufre en su corazón cuando, también por medio del salmista, lo oímos exclamar: “En pago de mi amor me han sido adversarios”, y: “Me devuelven mal por bien, y odio por amor” (Salmo 69:9, 11, 12, 19; 109:4-5)!

Comprendemos que el corazón humano del Salvador se haya visto herido, quebrantado por tal sufrimiento, tal como lo expresa también proféticamente: “El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado. Esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo; y consoladores, y ninguno hallé” (Salmo 69:20). Sin embargo, en las profundidades de su corazón, iba a experimentar un sufrimiento aún más grande.

Puesto que en este mundo fue el siervo perfecto de Jehová, pudo decir, mucho mejor que el esclavo hebreo: “Yo amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos...” (Éxodo 21:5); y ahora había llegado la hora en que iba a ser abandonado por todos los que había amado; por todos, ¡incluso por su Dios! ¿Quién podría comprender lo que Él sufrió en su corazón en esa hora suprema? Atravesando el fuego del juicio, exclama: “Mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis entrañas”; y aún: “Porque me han rodeado males sin número; me han alcanzado mis maldades, y no puedo levantar la vista. Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza, y mi corazón me falla” (Salmo 22:14; 40:12).

¡Cuán dolorosos fueron también los sufrimientos experimentados por nuestro amado Salvador en su alma santa! En su camino por la tierra, a pesar de todas las adversidades que podía hallar, Él gozaba sin cesar de una feliz comunión con su Dios y Padre, hecho que le hacía decir, mucho mejor de lo que lo pudo hacer David en su momento: “Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma...” (Salmo 16:9).

Pero ese camino lo llevaba a la cruz y, pensando en esa hora dolorosa, se dirige a su Padre, diciendo: “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora?” La turbación penetra su alma, donde se hallan perfecciones insondables: Él no puede desear pasar por esta terrible “hora”, la del abandono... Sin embargo, inmediatamente dice: “Mas para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre” (Juan 12:27). ¡Él había venido a este mundo para cumplir y acabar la obra que el Padre le había confiado, para que el nombre del Padre fuese glorificado! Nada lo detendrá en ese camino, ¡irá hasta el fin, cualesquiera que sean los sufrimientos que tenga que soportar!

A continuación, Jesús toma a sus discípulos y va “con ellos a un lugar llamado Getsemaní”. Entonces, dirigiéndose a Pedro, a Jacobo y a Juan, dijo: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte...” (Mateo 26:36 a 46; Marcos 14:32 a 42). En sus pensamientos, ¡Él se encuentra bajo el peso de la muerte, que es la paga del pecado, el poder de Satanás, el juicio de Dios! Antes de sufrir la prueba sin parangón, que significará la hora de su abandono, Jesús expone esta prueba en espíritu delante de su Padre, en comunión con Él.

No podía ir a Gólgota sin pasar primero por Getsemaní: allí la muerte se presentaba ante Él con todo su horror; por eso, ¡qué profunda tristeza llenaba su alma —una tristeza “hasta la muerte”— cuando “estando en agonía” vislumbraba el momento en que, abandonado por Dios, haría “el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado (o: para la destrucción, la anulación, la abolición del pecado)” (Hebreos 9:26)!

Luego, en la cruz, “venido a abismos de aguas” (Salmo 69:2), expresa por el Espíritu profético lo que ya anticipadamente había probado en Getsemaní: “Me rodearon ligaduras de muerte, y torrentes de perversidad me atemorizaron” (Salmo 18:4). ¡Qué justa es la expresión de uno de nuestros cánticos: «De nuestra iniquidad la carga vil impuesta, a tu alma estremeció con indecible horror...»!

Pero escuchemos aún este clamor que surge de la profunda angustia: “Sálvame, oh Dios, porque las aguas han entrado hasta el alma” (Salmo 69:1). Y mientras experimentaba el infinito e insondable sufrimiento de las tres horas de tinieblas —¿quién podría hablar de ello?— llegó el momento en que Él cumpliría lo que había anunciado el profeta: entregaría “su vida (o: alma) en expiación (o: sacrificio) por el pecado.” Sí, “Jehová quiso quebrantarlo sujetándole a padecimiento” (Isaías 53:10).

Cuando Cristo ofrendó su cuerpo —un cuerpo tan santo y puro como lo había recibido de Dios al entrar en el mundo, lo cual era un testimonio de la perfección de la Víctima—, también entregó su alma en sacrificio por el pecado. Cristo, “mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios” (Hebreos 9:11).

Conducidos por el Espíritu Santo, meditemos estas diferentes porciones de la Palabra y, por imperfectamente que lo hagamos, penetremos un poco en lo que Cristo sufrió. ¡Que ello nos conduzca, con el corazón profundamente conmovido, a sentir un santo horror por el pecado —pecado que costó tales sufrimientos a nuestro amado Salvador—, y a vivir una vida de obediencia mediante la cual podamos dar testimonio de nuestro amor por Aquel que tanto nos amó!

Y que, cautivados por Cristo y embargados por el amor de Cristo, seamos conducidos a desear con más fervor el momento en que lo veremos con nuestros propios ojos, y en que

Él “verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho” (Isaías 53:11).


¡Oh Cordero de Dios!, en gracia ya reinando,

digno eres de tomar potestad y loor;

reunidos en tu paz, los tuyos recordando

tu cruz, tu inmolación, responden a tu amor.


Autor: P.F.




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