El Espíritu Santo
El Espíritu Santo - el “otro Consolador”
Son tantas las opiniones erróneas que han surgido en medio de la cristiandad actual referentes al Espíritu Santo y a su actividad en la tierra, que es necesario referirse sin cesar a las enseñanzas que guardan armonía con las Sagradas Escrituras. Nos ayudan a distanciarnos de tendencias malsanas y a examinarnos para saber si estamos abiertos a una real actividad del Espíritu o no.
Que el tema cuyo estudio vamos a emprender nos ayude a recordar las verdades conocidas de muchos creyentes, pero que son tan fácilmente perdidas de vista.
El Espíritu Santo es una persona de la Deidad
Cuando Jesús se hizo bautizar en el Jordán, Dios fue revelado en su Trinidad: el Hijo de Dios estaba allí como hombre en la tierra, y empezaba su servicio; la voz de Dios el Padre vino del cielo, diciendo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”; el Espíritu de Dios descendió “como paloma” sobre el Hijo de Dios hecho hombre (Mateo 3:13-17). Cuando el Señor Jesús, antes de su ascensión al cielo, encomendó a sus discípulos la gran misión de llevar el Evangelio al mundo entero, les dio la siguiente orden: “Por tanto, id... bautizándolos (a las naciones) en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19): un carácter importante del bautismo cristiano.
Numerosos pasajes del Nuevo Testamento demuestran que el Espíritu Santo no es solamente una «influencia» indescriptible que dimana de Dios, ni una «influencia» sobrehumana que él generara. Es más bien una persona, autónoma en pensamiento, en palabras y en hechos. Las expresiones siguientes aparecen repetidas veces: “el Espíritu todo lo escudriña”, el Espíritu habla, da testimonio, enseña, ordena, guía; el Espíritu envía a Bernabé y Pablo, arrebata a Felipe, intercede por nosotros, etc.
En la cristiandad actual, ¡cuántas cosas cuyo origen es de hecho humano, impuro o aun demoníaco, son atribuidas al Espíritu de Dios! No se puede, pues, insistir suficientemente en la verdad de que el Espíritu tiene los mismos caracteres que los del Padre y del Hijo. Como Dios —el Padre y el Hijo— es santo (Juan 17:11), así también la Palabra lo llama expresa e intencionalmente el Espíritu Santo (Lucas 1:35), en contraste con el espíritu del hombre que no es santo, o bien con los espíritus maléficos. Permanece separado de la injusticia o de la impureza bajo todas sus formas. — Como el Señor Jesús dice de sí mismo: “Yo soy... la verdad” (Juan 14:6), de la misma manera el Espíritu es llamado repetidas veces “el Espíritu de verdad” (14:17). — Dios es amor y el Espíritu es igualmente un Espíritu de amor (2 Timoteo 1:7). — El fruto del Espíritu, todas sus manifestaciones en la vida del creyente están en perfecto acuerdo con el carácter de Dios (Gálatas 5:22-23).
El Espíritu Santo, el “otro Consolador”, [1] iba a venir a la tierra
Dios no mandó a su Hijo al mundo para que se quedara en la tierra. Jesús sabía “que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre” (Juan 13:1). Esta hora llegó cuando Jesucristo hubo cumplido el mandato que Dios el Padre le había encomendado en su primera venida al mundo, y esto para Su plena gloria y Su entera satisfacción.
Pero ¿que le pasó a la “manada pequeña” que creía en él y que él dejó en el mundo cuando partió? Hasta entonces, la había guardado y protegido de acuerdo con el nombre del Padre, de manera que ninguno de los suyos pereciese, salvo Judas, el hijo de perdición (Juan 17:12). Jesús se hallaba todo el tiempo cerca de sus discípulos; allí es donde se le podía ver. Estaban bien guardados en su mano y por su amor maravilloso. Les enseñaba, contestaba sus preguntas y resolvía sus problemas. Siempre podían llegarse a él con sus desamparos, sus angustias, sus dificultades y sus necesidades. En su proximidad, su corazón hallaba siempre sosiego, paz y gozo. El Señor era para ellos un Consolador perfecto. De esto los evangelios dan testimonio. Entonces comprendemos muy bien que la noticia de su regreso al Padre, donde ya no lo podrían ver, los llenara de tristeza (16:19-22).
Pero el Señor mismo sabía que, después de su partida, “otro Consolador” (14:16-17) vendría hacia los suyos y que estaría cerca de ellos por la eternidad. No solamente estaría cerca de la “manada pequeña” de aquellos días, sino también con la Iglesia entera que estaría en la tierra desde entonces y hasta su regreso. Este “otro Consolador” sería el Espíritu Santo que el Padre iba a enviarles en el nombre de Jesús (14:26)
Este cambio ¿les produciría una pérdida a los discípulos? Lo pensaban, porque ¡aún sabían tan pocas cosas sobre la persona del Espíritu Santo y su oficio! Pero el Señor Jesús conocía el cambio maravilloso que resultaría de la morada del Espíritu en los creyentes; por eso les dice: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” (16:7).
Jesús describe la obra del Espíritu entre los suyos
Antes de subir al cielo, el Resucitado dijo a sus discípulos: “Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas. He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Lucas 24:46-49; compárese con Hechos 1:8). Tenemos el privilegio de ser testigos suyos en un mundo que ha despreciado a Cristo y que lo ha desechado con odio. Por eso se necesita la fuerza divina que es dada a los suyos en el poder del Espíritu Santo. Los doce discípulos no iban a tardar en ver lo que esta fuerza era capaz de hacer: los mismos que, en los días que siguieron la resurrección, habían cerrado las puertas por miedo de los judíos (Juan 20:19, 26), se mostraron llenos de valor frente a la multitud en el día de Pentecostés. Pedro mismo, el que había tenido miedo de confesar a Cristo en el patio del sumo sacerdote, anunciaba entonces, lleno del Espíritu Santo, el Evangelio de Cristo resucitado con gran poder a los judíos reunidos en Jerusalén de entre numerosas naciones, de manera que este día “tres mil personas” fueron agregadas (véase Hechos 2:38-41). Y desde estos primeros días de la historia de los apóstoles, siempre se ha comprobado que el “poder desde lo alto” se halla allí donde hay creyentes que buscan cumplir con la misión del Señor con dedicación y confianza en Él.
En Juan 14 a 16, el Señor describe muy especialmente la misión que, al llegar a este mundo, el Espíritu Santo iba a cumplir para los creyentes que están aquí abajo. Notemos algunas expresiones:
“El Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (14:26). Esto se refiere primeramente al hecho de que, después de la venida del Espíritu, los apóstoles entendieron el significado de las palabras que habían oído de la boca de su maestro. Les recordó también a los autores de los evangelios todo lo que había acontecido durante el ministerio del Señor y los dirigió de tal manera que cada uno de sus escritos llevara un carácter particular.
Aparte de eso, el deseo del Espíritu de verdad es el de guiar a los creyentes “a toda la verdad” (16:13), en todo lo que nos es dado en Cristo resucitado y glorificado para el tiempo actual y para la eternidad. Así como fue con el Señor Jesús en este mundo, el Espíritu “no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere”. Al principio utilizó a los apóstoles para esto, especialmente al apóstol Pablo; hizo que comprendieran toda la verdad, y los hizo capaces de enseñar a los creyentes verbalmente y por carta. Por medio de sus escritos inspirados del Nuevo Testamento (la Palabra de Dios está completa; ya no hay nada que agregarle; Colosenses 1:25), nos enseña a nosotros, los creyentes de los tiempos actuales, y no cesa de recordarnos lo que en ellos está escrito. El Espíritu Santo da fuerza y dirección para el servicio de la Palabra (1 Pedro 4:11; 1 Corintios 12:4), y es “la unción” (1 Juan 2:27) que capacita aun a los “hijitos” en la fe para recibir la enseñanza que es conforme a la verdad.
En relación con la gloria del Señor, y con su venida para establecer su reino, el Espíritu iba a anunciar “las cosas que habrán de venir” (Juan 16:13) por medio de los escritos del Nuevo Testamento.
Una de las metas principales de la obra de este “otro Consolador” consiste en colocar frente al corazón de los creyentes a la persona del Hijo de Dios, nuestro Señor y Redentor. En efecto, “el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu” (Efesios 3:16-17) halla su realización con la morada de Cristo, por la fe, en nuestros corazones. Así, el Señor Jesús dice del Espíritu: “él dará testimonio acerca de mí” (Juan 15:26). “Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (16:14).
La venida del Espíritu Santo
Diez días después de la ascensión del Señor al cielo, su promesa se cumplió: el Padre envió al “otro Consolador” para morar con los suyos y estar en ellos a fin de cumplir con todo lo que Jesús había dicho (Juan 14:16-17).
Este poderoso acontecimiento no pasó inadvertido (Hechos 2:1-21). En este día, los creyentes “estaban todos unánimes juntos”; oyeron de repente “un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos ellos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen”.
El rumor de esto se propagó por toda Jerusalén. Todo el pueblo de los judíos tenía que saber que la palabra del profeta Joel se acababa de cumplir (Joel 2:28-32).
Luego Pedro, con el poder del Espíritu, llamó a los “varones israelitas” al arrepentimiento y les anunció el Evangelio de Jesucristo.
Millares de judíos creyeron al Evangelio y fueron salvos. Pero los dirigentes y la gran masa del pueblo que habían crucificado al Señor rechazaron también el testimonio del Espíritu Santo, persiguieron a la Iglesia y acabaron por dispersarla. En consecuencia, Dios abandonó a su pueblo terrenal. Pero, por su transgresión vino la salvación a los gentiles (Romanos 11:11).
Detengámonos ahora, y tomemos el tiempo para preguntarnos: ¿Qué significa para el creyente individualmente la presencia del “otro Consolador” en la tierra? ¿Y qué significa para la Iglesia del Señor? Las respuestas a estas preguntas son familiares a varios de nuestros lectores, pero estas verdades ¿no se nos escapan muy fácilmente en nuestra vida cristiana, a pesar de su importancia práctica fundamental? ¡Cuántas dificultades tenemos para hacerlas volver siempre a nuestros corazones y para examinarnos, para ver si nuestro comportamiento está conforme a ellas! Ya hemos hablado de la manera en que el Señor describe la acción del Espíritu entre los suyos. Para contestar a nuestras dos preguntas, refirámonos a los escritos inspirados del apóstol Pablo; conservan toda su vigencia hoy en día.
Nuestro cuerpo, templo del Espíritu Santo
En Romanos 8, que citaremos repetidas veces en relación con este tema, se dice expresamente en el versículo 9: “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”. Poseer el Espíritu no es, pues, el privilegio de algunos cristianos adelantados. Cuando el hombre cree en el Evangelio y se vuelve a Dios, es nacido “de agua y del Espíritu” (Juan 3:5). Al creer es también “sellado con el Espíritu Santo de la promesa” (Efesios 1:13).
Ahora mora en el corazón purificado por la fe (1 Corintios 3:16). El cuerpo con el cual el redimido servía hasta entonces al pecado es hecho ahora el templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19).
Esto tiene consecuencias maravillosas y de gran alcance: el creyente es llevado a una nueva posición. Estaba “en la carne”, pero ahora está “en el Espíritu” (Romanos 8:9, V.M.). Ya no es “deudor” (Romanos 8:12) o esclavo de la carne para obedecer a sus concupiscencias, sino que ahora pertenece a Dios, al Espíritu de Dios, a fin de que esté lleno del pensamiento del Espíritu que “es vida y paz” (8:9, 6).
“El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (nos hace captar esto). Ya no somos esclavos bajo la ley, sino que hemos recibido “el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (8:15-16). Esto caracteriza ahora nuestra relación con Dios. Y en los que son hechos “hijos”, el Espíritu logra producir fruto y obras para la gloria del Padre, no por obligación, sino suscitando y manteniendo en sus corazones los sentimientos e intereses apropiados.
Además, para cada creyente individualmente, el Espíritu Santo de la promesa es “las arras de nuestra herencia”, dadas a los que son coherederos con Jesucristo, hasta la redención futura de la posesión adquirida por Cristo (Efesios 1:14). La morada del Espíritu es pues también la prueba segura del derecho de los gentiles a la herencia, mientras que anteriormente no tenían ninguna promesa.
Consecuencias prácticas
¡Nuestro “cuerpo es templo del Espíritu Santo”! ¡Cómo enumerar todas las consecuencias prácticas de esta realidad bendita, innegable pero inexplicable para la mente humana!
Antes de abordar este tema más en detalle, volvamos a la diferencia que hay entre la vida nueva y el Espíritu Santo. Aun cuando seamos participantes de la naturaleza divina, y poseamos la vida de Dios, por ser nacidos de él, esta vida sin embargo no es el Espíritu Santo; porque él es una persona de la Deidad. Por eso leemos: “Para que os dé... el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu” (Efesios 3:16). El Espíritu es el poder de la vida que hemos recibido.
Andar en el Espíritu (Gálatas 5:16-26)
Aun cuando ya no estamos “en la carne”, sino “en el Espíritu”, la carne está aún en nosotros y se manifiesta por sus malas obras (Gálatas 5:19-21) si no se le opone ningún impedimento eficaz.
Prescripciones legales no nos preservan de aquellas malas obras; ya lo hemos experimentado lo suficiente. Pero la obra de Cristo nos ha traído la liberación. No es sólo la propiciación por nuestros pecados; nuestro viejo hombre también encuentra su fin en la muerte del Señor en la cruz. Es la enseñanza de Romanos 6, Colosenses 3 y de otros pasajes. La carne, con sus pasiones y deseos, está crucificada (Gálatas 5:24).
El Espíritu que mora en nosotros nos ayuda a mantenernos conscientes de esta verdad preciosa, y nos manda a ponerla en práctica por la fe. Él es quien desea mantener nuestros corazones en una relación constante con el Señor glorificado, así como en el gozo de los resultados de su obra y, por consecuencia, en Su gozo.
Se objetará tal vez que ¡no es siempre fácil detectar los impulsos de la carne! No obstante leemos: “Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis” (Gálatas 5:16-17). Cuanto más el deseo de nuestro corazón es andar en el Espíritu, paso por paso, tanto más detectaremos, en su luz, los impulsos de la carne, y tanto más nos alejaremos de ellos enérgicamente “para que no hagamos lo que quisiéremos”, o sea lo que la carne quisiera.
¡Ciertamente “el fruto del Espíritu” es todo lo contrario de las obras de la carne! No dejemos de procurar ardientemente andar en este mundo en el Espíritu, y de poner esto en práctica mientras estemos en este cuerpo, ¡a fin de que nuestra vida esté llena de “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza”! (v. 22-23). El Espíritu no nos obliga, necesita corazones bien dispuestos.
La dirección del Espíritu
Disfrutamos aún de otra realidad bendita: el Espíritu de Dios quiere dirigir personalmente al creyente en su vida y su servicio para el Señor, y esto de manera continua. Los redimidos de quienes el cuerpo es el templo de Dios ya no son de ellos mismos (1 Corintios 6:19) sino que le pertenecen al Señor: “Ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí” (Romanos 14:7). De manera que el estado normal para cada uno de nosotros es avanzar en completa dependencia de Dios y de su Espíritu, y Cristo como hombre nos ha dejado un ejemplo perfecto, para que sigamos sus pisadas (1 Pedro 2:21). Es un camino en el cual se halla un gozo cumplido (Juan 15:11) pero que es totalmente distinto de nuestro camino antes de nuestra conversión.
Existen pocos pasajes que hablen de la dirección del Espíritu. Pero ¿no es notable que estos versículos —Romanos 8:14 y Gálatas 5:18— estén precisamente en relación con la exhortación a no andar ya más en la carne sino en el Espíritu? Ahí es donde empieza la dirección del Espíritu. Aquel que no le hace caso y sigue andando en la carne se opone constantemente al Espíritu. Cualquiera sea su celo por las buenas obras, así como la piedad de su lenguaje, no anda en el Espíritu.
Aun cuando esta primera condición para ser guiado por el Espíritu fuese cumplida, no será siempre fácil discernir esta dirección. El apóstol Pablo, tan fiel en su andar, constituye un ejemplo patente de esto (Hechos 16:6-12). Pensaba que el camino de Dios lo llevaba a Asia, pero el Espíritu Santo le impidió ir allá; y cuando creía que su campo de actividad siguiente era Bitinia, el Espíritu no le permitió acudir a ese lugar. Por fin —sin duda Pablo había orado todo este tiempo para ser dirigido— un varón macedonio le rogó en una visión, diciendo: “Pasa a Macedonia y ayúdanos”. De eso concluyó que el Señor les había llamado allá, a él y a sus compañeros, para anunciarles el Evangelio. El Espíritu no quiere trasladarnos, a nosotros cristianos, de un campo a otro como unos peones, sino que quiere que estemos dirigidos por la Palabra de Dios (Salmo 32:8). No obstante, para esto hace falta conocer y entender sus pensamientos. Aquel que desea dejarse dirigir por el Espíritu en todas las cosas vivirá experiencias maravillosas.
Servir por el Espíritu de Dios
Durante una fiesta, Jesús alzó la voz, diciendo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él” (Juan 7:37-39).
Esta voz resuena aún hoy en día. Todo aquel que viene a Jesús y lo recibe por la fe, puede disfrutar de las bendiciones fundadas en su muerte y su glorificación que el Espíritu Santo presenta sin cesar delante de los creyentes. Sólo Jesús puede apaciguar las necesidades del corazón del hombre.
El llamamiento del Señor: “Venga a mí y beba” se nos repite incansablemente a nosotros los creyentes. El que cree, ríos de agua viva correrán de su interior. Para eso se necesita el poder del Espíritu que mora en nosotros. Puede alimentar nuestro corazón por el conocimiento de la persona de Cristo, y de esta manera inclinar nuestro espíritu para producir en él el deseo y la necesidad de comunicar a otros las bendiciones recibidas.
Es el secreto y la fuente de todo verdadero servicio para el Señor entre los hombres. Dondequiera que estemos, quienesquiera que seamos, ya sea que hayamos recibido un solo talento o cinco, de nuestro interior pueden correr ríos, dice el Señor.
Lleno del Espíritu Santo
Detengámonos ahora un poco en este asunto. Seguramente todos habremos tratado ya de responder por nuestra cuenta a esta pregunta: Si mi cuerpo es el templo del Espíritu Santo, ¿por qué el poder triunfante del Espíritu de Dios se manifiesta tan poco en mi vida, y por qué esta última está tan escasamente llena del fruto glorioso de este poder: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza”? (Gálatas 5:22-23).
Muchos buscan en el inadecuado lugar las causas de esta laguna. Olvidan que el Espíritu Santo mora en nosotros para siempre como persona divina, y piensan que tienen aún que invocar una «efusión» particular de este poder maravilloso, o aspiran al «bautismo del Espíritu Santo» y a cosas semejantes. Piensan que, del lado de Dios, les falta la «plenitud del Espíritu» y parecen no ver de ningún modo que sólo el creyente es responsable de que el Espíritu no pueda manifestarse como quiera.
Lo comprenderemos mejor después de estudiar las experiencias distintas de Israel en Jericó y en Hai (Josué 6 y 7):
El pueblo venía de Gilgal donde había sido circuncidado —una imagen del hecho de “echar... el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo” (Colosenses 2:11)— y se iba hacia Jericó. Nada le impedía a Dios, que moraba en medio de él, desarrollar todo su poder en favor de Israel. Los hombres de guerra no tenían más que seguir las directivas de Dios y rodear la ciudad durante siete días, caminando delante del arca. Los sacerdotes debían tocar las bocinas el séptimo día, todo el pueblo debía gritar a gran voz y esto bastó para que el muro alto y fuerte se derrumbara. Ya sólo les quedó subir a la ciudad y tomarla. Dios mismo, en su omnipotencia, había vencido a Jericó y le había otorgado a Israel una victoria completa.
En Hai, las cosas eran fundamentalmente distintas (Josué 7). Dios no les había dado expresamente la misión de subir. No venían de Gilgal. La victoria sobre Jericó —cumplida por Dios— les había hecho perder el sentido: creían que podrían conquistar la ciudad con un pequeño ejército en un instante. Pero había un anatema entre ellos y esto hacía anatema a todo Israel. La consecuencia fue que ya no pudieron subsistir frente a sus enemigos; porque a Dios le resultaba imposible estar con ellos en la batalla, aun cuando moraba en medio de ellos, como a quien nada le impide “salvar con muchos o con pocos” (1 Samuel 14:6). El ejército de los israelitas fue vergonzosamente vencido por los habitantes de Hai, huyeron y “el corazón del pueblo desfalleció y vino a ser como agua”.
La reacción de Josué frente a la derrota fue sorprendente. Hizo la única cosa que se tenía que hacer: “rompió sus vestidos y se postró en tierra sobre su rostro delante del arca” y buscó el rostro de Dios en oración y súplica. Pero su oración parecía más una acusación contra Dios que la confesión de su propia falta: “¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos en las manos de los amorreos, para que nos destruyan?” Cierto, no se le podía reprochar a Josué de no saber nada de la falta de Acán, porque este último había cometido “maldad en Israel” sin que nadie lo supiera, y sólo Dios que ve en lo secreto estaba enterado del asunto. Pero Josué no tenía que dudar de la disposición de Dios para ayudar a su pueblo a tomar posesión del país. Tendría que haber pedido: «Señor, enséñanos en qué hemos faltado y qué ha impedido que tu omnipotencia se desplegara».
Como lo hemos mencionado, estas experiencias de Israel constituyen una respuesta a nuestra pregunta. Cuando Dios, el Espíritu Santo que mora en nosotros, está impedido de actuar con poder y bendición en el creyente, cuando el creyente no está “lleno del Espíritu Santo”, tiene todos los motivos para doblegarse delante de Dios y para pedirle que le enseñe dónde hay una falta en su propia vida. Para Israel, en el ejemplo citado, hubo independencia en cuanto a Dios, y la acción de la carne, manifestándose por el orgullo y “las codicias de otras cosas” (Marcos 4:19). ¿No tenemos aquí también las causas por las cuales el Espíritu Santo está contristado en nosotros? (Efesios 4:30). Entonces no puede obrar con todo su poder, y así no estamos “llenos del Espíritu Santo”.
Así, no es necesario que nuestra vida espiritual reciba estímulos exteriores, ya sea un determinado movimiento organizado o alguna influencia humana. Si “andamos en el Espíritu” y quitamos los obstáculos que le hemos puesto en su camino, desarrollará él mismo su poder en nosotros; nos guiará hacia las buenas obras preparadas de antemano para nosotros (Efesios 2:10) y producirá en nosotros su fruto bendito.
Estar “lleno del Espíritu Santo” no es un estado que quita todo control de nuestra inteligencia espiritual. El Espíritu de Dios no maneja al creyente como un instrumento pasivo, sin que su corazón y su espíritu participen activamente en su obra. Al contrario, el apóstol Pablo escribe a los colosenses: “Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios” (Colosenses 1:9-10). Y ¿cómo llegar a este conocimiento de la voluntad de Dios en toda sabiduría e inteligencia espiritual? Por la Palabra de Dios que ha sido escrita por medio del Espíritu Santo. “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105). He aquí el camino en el cual el Espíritu Santo quiere guiar al creyente para llenarlo.
Como hombre en la tierra, Jesucristo nos dio el ejemplo perfecto de esto. Fue concebido por el Espíritu Santo (Mateo 1:20); este Espíritu estaba sobre él y lo guiaba (3:16). Cuando el diablo lo tentó (4:1) e intentó desviarlo de su camino de obediencia y de dependencia de Dios, no contestó al tentador diciendo «el Espíritu me dice otra cosa» ni tampoco «el Espíritu no me guía de esta manera». Sino más bien, le dijo: “Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (4:4).
Y, en realidad, ¿por qué Dios nos habría dado su Palabra con sus revelaciones, sus enseñanzas, sus exhortaciones y las comunicaciones de su voluntad, si todo esto podría sernos revelado directamente por la morada del Espíritu Santo en nosotros? Pero, por otro lado, el mero hecho de atenerse a las enseñanzas bíblicas llevaría a un cristianismo sin vida, si no le damos la posibilidad al Espíritu de Dios de aplicarlas al corazón y a la conciencia y de transformarlas así en una vida práctica.
Se nos dice: “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución”. Evitemos todo lo que pudiera excitar la carne e impulsarla a obrar. “Antes bien sed llenos del Espíritu”. ¿Cómo se manifiesta esto? “Hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones; dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Someteos unos a otros en el temor de Dios” (Efesios 5:18-21).
En las Escrituras hallamos bastante a menudo la expresión “lleno del Espíritu Santo”.[2] “Llenado del Espíritu Santo” está casi siempre en relación con un servicio ocasional, o de duración más o menos larga, cumplido con la fuerza divina. “Lleno del Espíritu Santo”, al contrario, se refiere a un estado que el Señor Jesús ha manifestado constantemente sobre la tierra (Lucas 4:1), pero que también puede caracterizar a los suyos. Y si semejante testimonio ha podido ser dado de Esteban o de Bernabé, ¿no podemos, o aun no debemos aspirar de todo corazón a este estado bienaventurado? ¡El Espíritu mismo quiere llevarnos ahí!
El Espíritu Santo mora en la Iglesia de Dios sobre la tierra
El apóstol Pablo lo recuerda dos veces a los creyentes de Corinto. “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3:16). “Vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (2 Corintios 6:16).
Como ya lo hemos visto, para cada creyente individualmente es fundamental permanecer siempre consciente de que su cuerpo es el templo del Espíritu Santo. El andar en el Espíritu es indispensable para la manifestación práctica del fruto del Espíritu (Gálatas 5:22-23), para la gloria de Dios y para la bendición de los hombres.
No es menos importante mantener que Dios, por su Espíritu, mora también en su Iglesia sobre la tierra, como su templo, y en cada lugar donde se halla una expresión local de esta Iglesia. Nuestro testimonio colectivo sólo será bendito si el Espíritu de Dios puede obrar libremente entre nosotros.
Hoy en día, tanto como en la época de la iglesia de Corinto, se tiene tendencia a subestimar esta verdad. El ejemplo de los corintios muestra cómo la edificación de la iglesia puede ser estorbada o aun impedida. Los capítulos 12 a 14 de la primera epístola a los corintios son particularmente instructivos respecto de este tema. Allí vemos cómo el Espíritu obra entre ellos y los objetivos que persigue, pero también el comportamiento de ellos en estas circunstancias.
Dones espirituales
Desde el principio de su carta, el apóstol da gracias a Dios de que los corintios habían sido enriquecidos en Cristo Jesús en toda palabra y en toda ciencia y de que nada les faltaba en ningún don (1 Corintios 1:4-7). En el capítulo 12, enumera estos dones y agrega: “Todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (12:7-11).
Una de las principales actividades del Espíritu Santo en la Iglesia es, pues, repartir toda clase de dones entre los muchos miembros del cuerpo. Aquel que posee un don espiritual tiene, al mismo tiempo, la capacidad y la responsabilidad de ejercer el servicio correspondiente “para provecho”.
Sin embargo, los corintios hacían como si no hubiera prácticamente más que dos de estos dones que ejercer: el hablar en lenguas y el don de sanidades. Porque se atraía las miradas sobre la persona que hablaba en lenguas o que obraba sanidades, como si ello fuera un instrumento especial del poder divino. De hecho, buscaban su propia gloria.
Esto da aquí la oportunidad al Espíritu Santo de subrayar lo que caracteriza su presencia en la iglesia: “Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo” (1 Corintios 12:4). Todos los dones espirituales que distribuye tienen que ser ejercitados en la asamblea si se desea que ésta lleve el carácter de iglesia de Dios. Estos dones son muy diferentes, pueden ser importantes o no a los ojos de los hombres, pero proceden todos de la misma fuente y tienen a Dios como autor. Deberíamos pues aceptar aun el don espiritual más insignificante como proveniente de Él.
Los corintios habían olvidado aún otra cosa: “Hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo” (v. 5). Poseer un don no le da al creyente el derecho de utilizarlo a su antojo; esto lo hace mucho más responsable delante del Señor de servirle en su dependencia con este don. De la misma manera, cada servicio ha de ser para la gloria de Dios, puesto que es él quien le confiere su eficacia.
Muchos miembros — un cuerpo
Para ilustrar y subrayar estas verdades que hallamos expresadas en 1 Pedro 4:10: “Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros”, Pablo llega a hablar del cuerpo espiritual de Cristo compuesto de todos los redimidos en la tierra. “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Corintios 12:13). Para el Señor, los creyentes están íntimamente ligados, por el Espíritu, entre sí y con él mismo, la Cabeza, así como lo están los miembros de un cuerpo humano, los cuales se preocupan los unos por los otros (1 Corintios 12:14-27). El apóstol subraya aún que el cuerpo humano tiene órganos, por ejemplo el corazón o los pulmones, que pueden estar escondidos mientras tienen más importancia que un miembro visible como el ojo o la mano. El cuerpo de Cristo también tiene miembros escondidos, que ejercen servicios discretos pero muy importantes. Con esta comparación, reprueba la vanidad de aquellos que siempre tendían a ponerse de relieve e impedían que se ejercieran otros dones. ¡Estemos vigilantes respecto a esto!
El verdadero motivo del ejercicio de los dones
El capítulo 13 no interrumpe el tema de los dones espirituales y de sus servicios tratados en los capítulos 12 y 14. Al contrario, nos enseña de manera apremiante lo que debería impulsarnos a obrar. Ciertos corintios habían buscado con celo conseguir dones del Espíritu para ponerse en evidencia. Pero tendrían que haber aspirado ante todo a estar llenos del amor divino derramado en sus corazones por el Espíritu Santo (Romanos 5:5), y a obrar, dejándose guiar por tal amor. Aun si poseyere los dones espirituales más brillantes, dice el apóstol —y el hablar en lenguas formaba parte de éstos, según ellos—, si no es el amor lo que me estimula, entonces nada soy. Soy tan inútil “como metal que resuena, o címbalo que retiñe”: ¡qué esta observación merezca nuestro mayor interés! Por el Espíritu, los dones son distribuidos, y por él, el Espíritu de amor, tienen que ser ejercidos (2 Timoteo 1:7).
Este capítulo es pues muy apropiado para guiarnos en el camino recto en el servicio. Revela los motivos malos, y anima para una entera dedicación, aun si esto trae muchas desilusiones y sufrimientos.
“Hágase todo para edificación” (1 Corintios 14)
El Espíritu Santo busca la edificación de la iglesia. El capítulo 14 alude sin cesar a este punto (véase v. 3, 5, 12, 17, 26). Acordémonos de esto. Si los corintios hubiesen estado atentos a ello, ya no hubieran podido darle prioridad al hablar en lenguas. Particularmente, cuando no había intérprete, el hablar en lenguas no podía ser para bendición ni a los creyentes, ni a los incrédulos. En cambio, el don de profecía contribuía mucho más a la edificación. Ese don consistía en aplicar la Palabra de Dios al corazón y a la conciencia por el Espíritu, según las necesidades presentes. Así, las personas eran puestas en la luz de Dios, y reconocían Sus pensamientos.
La dirección del Espíritu en las reuniones
A continuación, damos sólo algunos pensamientos sobre este importante tema. La iglesia local está compuesta de creyentes individuales. Si, pues, los que se reúnen así como iglesia, andan en el Espíritu en su vida personal, y están ejercitados para someterse a su dirección, podrán también ser dirigidos por el Espíritu en las reuniones de culto, de oración y de edificación.
Algunos de los corintios pensaban que cuando alguno hablaba en el Espíritu, estaba forzado a hacerlo. No, dice el apóstol: “Los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas” (1 Corintios 14:32). El que sirve tiene completo control sobre el uso de su don y del cumplimiento de su servicio tal como lo discierne justo delante del Señor: es responsable por su servicio delante de Él. Pues, se preguntará si está llevado a actuar por el amor que no busca su propio interés, sino el bien de los demás. Mi acción, la palabra que tengo en el corazón para proferir, ¿es para la edificación de todos? Tal vez ¿le fuere revelado algo a otro que estuviere sentado? (1 Corintios 14:30), ¿o a un hermano más joven, que no tiene aún el hábito de utilizar un don recibido, pero que el Señor desea emplear?
En Corinto, había muchos hermanos con dones espirituales. Cuando se reunían, cada uno tenía un salmo, una doctrina, etc. El apóstol tenía que detenerlos para que dos de ellos no se levantaran al mismo tiempo o que no se levantaran demasiados por turno (1 Corintios 14:23-33). Hoy en día, lo que vemos es más bien a hermanos a quienes el Señor quisiera utilizar, pero que a pesar de ello no están preparados para el servicio por muchas razones. Por ejemplo, están demasiado ocupados por el trabajo diario o prefieren dejar el servicio siempre a los mismos hermanos. La exhortación que el apóstol dio a Arquipo es pues muy bien apropiada aquí: “Mira que cumplas el ministerio que recibiste en el Señor” (Colosenses 4:17).
Obstáculos a la acción del Espíritu
El Espíritu Santo mora en la Iglesia de Dios en la tierra. Esto está evidenciado por el hecho de que los creyentes nacidos de nuevo y redimidos son bautizados para ser un solo cuerpo espiritual del cual Cristo es la cabeza glorificada (1 Corintios 12:13). Cada uno posee la misma salvación en Cristo, y está unido a él; pero cada uno está igualmente ligado estrechamente a todos los demás miembros del cuerpo por el Espíritu. Como acabamos de recordar, el Espíritu ha distribuido dones espirituales a la Iglesia para su edificación. Él es el poder para ejercerlos con sabiduría y amor para el servicio del Señor glorificado, a quien está sometido el cuerpo. La Iglesia puede ser manifestada según su carácter sólo ahí donde estas verdades son reconocidas y guardadas.
En contraste con los espíritus inmundos, el Espíritu Santo no puede desarrollar completamente su actividad en la iglesia más que allí donde no halla ningún impedimento. Los pensamientos carnales, las doctrinas diferentes, o el pecado pueden constituir obstáculos. De éstos había en Corinto, y tienen que servirnos de advertencia.
Había divisiones entre ellos (1 Corintios 1-3)
No hablaban “todos una misma cosa” (1 Corintios 1:10) y lo consideraban como algo normal. Así como los discípulos de los filósofos se declaraban en favor de tal o cual de sus maestros, los corintios decían: “Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo” (1:12). Se dejaban influenciar por las reflexiones del hombre natural (2:14), o sea por la sabiduría del mundo. En vez de mantener firmes, cada uno en la sencillez y humildad de corazón, las revelaciones divinas que el apóstol les había dado por el Espíritu Santo, habían permanecido “carnales”, niños en Cristo (3:1-3) en quienes el crecimiento espiritual se encontraba atrofiado.
¡Cuántas trabas ponía esto a la acción del Espíritu de Dios! Por eso el apóstol se opuso a este peligro con determinación y convicción. Les preguntó: “¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo?” (1:20). Él había entendido esto desde hacía mucho. Por eso no había venido a ellos con sabiduría de palabras humanas; lo que predicaba tenía otro origen: Cristo me “envió... a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo. Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios” (1:17-18). También nosotros hemos de guardarnos de este peligro. El Espíritu está detenido cuando la sabiduría de los hombres nos impide escuchar las enseñanzas de la Palabra de Dios.
Toleraban el mal en medio de ellos (véase 1 Corintios 5 y 6)
En aquella época, Corinto era el centro del comercio internacional, un lugar donde vivían ricos negociantes, pero al mismo tiempo una ciudad de la cual la inmoralidad constituía uno de sus rasgos distintivos. En esta ciudad, retirándolo del “presente siglo malo”, el Señor Jesús había apartado para sí “mucho pueblo” (Hechos 18:10), como “iglesia de Dios... en Corinto”. Varios de entre ellos habían estado activos en esta corriente de disolución, pero, en Cristo, habían sido lavados, santificados y justificados por Dios (1 Corintios 6:11). No obstante, al Espíritu de Dios le costaba mucho trabajo producir en cada uno la renovación práctica de su entendimiento (Romanos 12:2). La influencia de las viejas costumbres y de la mala conducta en las cuales permanecían tan naturalmente los habitantes de la ciudad persistía con fuerza. Por eso tampoco se habían lamentado sobre el caso de fornicación en medio de ellos, y no habían quitado a ese perverso de entre ellos (1 Corintios 5:2, 13).
¡Cuán entristecido estaba el Espíritu Santo a causa de este mal en medio de ellos! ¡Cuánta vigilancia y cuánta gracia necesitamos para resistir constantemente a semejantes influencias alrededor de nosotros y para ejercer la disciplina en la iglesia!
Quedaría mucho que decir sobre estas grandes verdades de la venida del Espíritu Santo a la tierra, de su morada tanto en cada creyente individualmente como en la Iglesia de Dios, el cuerpo de Cristo en la tierra, y de su oficio como ese “otro Consolador”. Pero, ante todo, meditemos mucho acerca de este tema, ejerzamos el juicio de nosotros mismos, y pongamos de lado lo que podría impedir, en medio de nosotros, su actividad tan ricamente bendita. ¡Que el Señor nos dé su gracia para eso, en estos últimos tiempos del testimonio cristiano, para su gloria!
Autor: W.G.
Notas:
[1] Esta expresión “otro Consolador” está tomada de Juan 14:16, y es importante como prueba de la personalidad distintiva del Espíritu, puesto que el empleo de un pronombre personal en relación con él —“otro”—, lo compara con la persona misma del Señor. “Otro” Consolador, aparte del Señor mismo en la tierra, de modo que, si el Señor tiene su propia personalidad, se puede deducir que el Espíritu también la tiene.
[2] En las versiones bíblicas españolas no se refleja la diferencia entre dos verbos que emplea el texto original para designar “llenado del Espíritu Santo” o “lleno del Espíritu Santo”:
1. “pimplêmi” para una forma ocasional, repentina y pasajera (Lucas 1:41, 67; Hechos 2:4; 4:8, 31; 13:9).
2. “plêroô” (o el adjetivo correspondiente “plêrês”) para una forma duradera, un estado permanente (Efesios 5:18; Hechos 6:3, 5; 7:55; 11:24). Los hemos utilizados para conservar el pensamiento del autor.
