Verdad Dispensacional

Los tratos pasados de Dios con Israel


La importancia de todas las cosas que se relacionan con la historia y esperanzas de Israel, la vemos ampliamente probada e ilustrada en un pasaje de que poco nos ocupamos en nuestros días: “Cuando el Altísimo hizo heredar a las gentes, cuando hizo dividir los hijos de los hombres, estableció los términos de los pueblos según el número de los hijos de Israel. Porque la parte de Jehová es su pueblo; Jacob la cuerda de su heredad” (Deuteronomio 32:8-9). La distribución de la humanidad en naciones tuvo lugar más de cien años antes del nacimiento de Abraham, y como quinientos años después de esto Israel tuvo existencia nacional; y sin embargo, leemos en este pasaje, que Israel estaba tan presente en los pensamientos y propósitos de Dios, y ocupaba un lugar tan céntrico e importante en estos propósitos, que cuando el Altísimo hizo dividir los hijos de los hombres, e hizo heredar a las gentes, estableció los términos de los pueblos —es decir, arregló la situación y extensión de sus diversos imperios— según el número de los hijos de Israel. La falta de Israel en la prueba ha traído como resultado un estado de cosas muy diferente un arreglo de las gentes que parece no tiene que ver con Israel y su tierra. Pero esto sólo es por un tiempo. Dios no ha abandonado su intento de hacer que Israel sea el centro de las naciones, y su amada ciudad la metrópoli de toda la tierra. El testimonio de la Escritura sobre este particular será el asunto de dos de nuestras próximas conferencias. Me propongo por ahora sólo bosquejar brevemente cómo hayan venido a su estado actual de servilismo y dispersión. Su historia profética del porvenir está tan unida a todo lo escrito de ellos en el pasado, que no es posible considerar el asunto de su restablecimiento futuro sin dar una ojeada, aunque breve, a lo que les ha sucedido ya.

Fue que los hombres habían abandonado el culto del verdadero Dios, y el éxito de Satanás en guiarlos a la idolatría, lo que motivó el que Dios llamara a Abraham el padre de esta gente, separando así para sí mismo tanto a Abraham como a su posteridad para siempre. Por medio de Romanos 1, aprendemos que los hombres, “habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni dieron gracias: antes se desvanecieron en sus discursos, y el necio corazón de ellos fue entenebrecido. Diciéndose ser sabios, se hicieron fatuos, y trocaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, y de aves, y de animales de cuatro pies, y de serpientes”. Se nos dice que a causa de esto, Dios los entregó a inmundicia afectos viles; en una palabra, a todos los horrores inmensurables del paganismo en sus múltiples formas. “Y como a ellos no les pareció tener a Dios en su noticia, Dios los entregó a una mente depravada, para hacer lo que no conviene”. Abandonaron a Dios por los ídolos, y Dios los entregó, en consecuencia, a deshonrarse entre sí mismos. Pero si por un tiempo dejó a las gentes entregadas al fruto de sus propios caminos, no se dejó a sí mismo sin testimonio sobre la tierra de su suprema divinidad, y de la felicidad de aquellos que, bendecidos con su presencia y gobierno inmediatos, fueron obedientes a sus leyes. “Y dijo Josué a todo el pueblo: Así dice Jehová, Dios de Israel: Vuestros padres habitaron antiguamente de esotra parte del río, es a saber: Tharé, padre de Abraham y de Nachor, y servían a dioses extraños. Y yo tomé a vuestro padre Abraham de la otra parte del río, y trájelo por toda la tierra de Canaán, y aumenté su generación”, etc. (Josué 24:2-3). Por llamamiento de Dios, fue Abraham así separado de entre la culpable e idólatra muchedumbre, para ser el depositario de las promesas de Dios, y testimonio a su título y a sus derechos.

Las promesas hechas a Abraham fueron absolutas e incondicionales. Incluían muchísimo más que la posesión de la tierra de Canaán; pero ciertamente, en los términos más claros, comprendían ésta. “Y apareció Jehová a Abram, y le dijo: A tu simiente daré esta tierra” (Génesis 12:7). “Y Jehová dijo a Abram, después que Lot se apartó de él: Alza ahora tus ojos, y mira desde el lugar donde estás hacia el Aquilón, y al Mediodía, y al Oriente, y al Occidente; porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu simiente para siempre ... Levántate, ve por la tierra a lo largo de ella, y a su ancho, porque a ti la tengo de dar” (Génesis 13:14-17). Abraham fue informado, pues, que no recibiría posesión inmediata de la tierra que se le había de dar. “Entonces dijo a Abram: Ten por cierto que tu simiente será peregrina en tierra no suya, y servirá a los de allí, y serán por ellos afligidos cuatrocientos años. Mas también a la gente a quien servirán juzgaré yo: y después de esto saldrán con grande riqueza” (Génesis 15:13-14). Entonces la tierra es dada a Abram por concierto, y sus términos exactamente señalados. “En aquel día hizo Jehová un pacto con Abram, diciendo: A tu simiente daré esta tierra desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Éufrates, los Cineos, y los Ceneceos, y los Cedmoneos, y los Hetheos, y los Pherezeos, y los Raphaitas, y los Amorrheos, y los Cananeos, y los Gergeseos, y los Jebuseos” (versículos 18-21). La promesa de la tierra fue repetida a Isaac (Génesis 26:3) y a Jacob (Génesis 28:13-14).

Tales fueron las promesas hechas a los patriarcas. ¡Cuán tierna la primera referencia que a ellas se hace en Éxodo 2:24! Todo había sucedido conforme a la palabra de Dios. Habían descendido a Egipto y sido afligidos en tierra que no era suya. Los cuatrocientos años estaban al expirar y su aflicción estaba en su colmo. “Y oyó Dios el gemido de ellos: y acordóse de su pacto con Abraham, Isaac, y Jacob”. Y ciertamente Dios recordará aún el mismo pacto, en pro del mismo pueblo, en medio de las aflicciones más profundas que aun les esperan.

Fue en pura bondad, y a causa del pacto incondicional con sus padres, que Dios libró a Israel de Egipto. Eran un pueblo malvado y rebelde, aunque al mismo tiempo se creían justos; y esto lo mostraron tanto en Egipto como después de ser librados de allí. Pero Dios obraba por causa de Su nombre. Los soportó en su obstinación; cada vez que murmuraban se manifestaba a ellos en mayor gracia, y continuó todo esto hasta que llegaron al pie del monte Sinaí. Allí Moisés fue movido por Dios a proponerles que serían puestos bajo ley, y gozarían las bendiciones prometidas a condición de su obediencia. No se nos dice cual hubiera sido el resultado si humildemente hubieran confesado su incapacidad para guardar la ley de Dios, y hubieran suplicado el continuar disfrutando sus bendiciones bajo el pacto incondicional mucho antes celebrado con sus padres. Si hubieran tenido corazón para esto, no hubieran sido puestos a prueba por medio de la ley dada en el Sinaí: Dios conocía muy bien el orgullo y soberbia de sus corazones, aun cuando ellos no lo conocieran. El hecho es que se propusieron guardar la ley, prometiendo y jurando: “Todo lo que Jehová ha dicho, haremos” (Éxodo 19:8; 24:3,7). Así que con su pleno consentimiento fueron puestos bajo un pacto de obras.

El resultado es bien conocido. No bien habían pronunciado las palabras, cuando ya se estaban contaminando con los ídolos al pie del monte de terror; ante cuya vista hacía muy poco temblaban llenos de temor. No entraré en detalles de lo que allí pasó. Las relaciones de Dios para con ellos fueron restablecidas por la mediación de Moisés; y aunque con ciertas modificaciones, fueron una vez más puestos bajo un pacto de obras. Fue bajo este pacto que por fin entraron a la tierra de Canaán. En Deuteronomio 28, se nos describen claramente los términos de este. Permanencia en la tierra con toda otra clase de bendición temporal son prometidas a condición de su obediencia. Visitaciones de ira, una tras otra, los castigos aumentando en proporción, hasta que fueran desarraigados de la tierra, esto sólo les esperaba si eran desobedientes y continuaban en su obstinada rebelión. ¡Cuán exacta y minuciosamente se han cumplido todas estas predicciones! Y sólo hasta después que se ha expuesto todo esto ante ellos, en este capítulo y el siguiente, leemos: “Y será que cuando te sobrevinieren todas estas cosas, la bendición y la maldición que he puesto delante de ti, y volvieres a tu corazón en medio de todas las gentes a las cuales Jehová tu Dios te hubiere echado, y te convirtieres a Jehová tu Dios, y obedecieres a su voz conforme a todo lo que yo te mando hoy, tú y tus hijos, con todo tu corazón y con toda tu alma, Jehová también volverá tus cautivos, y tendrá misericordia de ti, y tornará a recogerte de todos los pueblos a los cuales te hubiere esparcido Jehová tu Dios” (Deuteronomio 30:1-3). Hallamos otra promesa igual en Levítico 26:40-45.

Todos estamos familiarizados con la historia de Israel en la tierra. El libro de los Jueces nos dice cuán pronto comenzaron a apartarse del Señor, y cómo por medio de enemigos, uno tras otro, fueron castigados de Él por sus iniquidades. En los días de Samuel, su pecado, y especialmente el del sacerdocio, obró tal crisis, que el Señor permitió que Su propia arca fuera llevada cautiva del enemigo. Después de su restauración pidieron un rey, y Dios les concedió su deseo. Primeramente les dio un rey conforme a sus corazones, quien acabó sus días en desgracia en los montes de Gilboa. Después Dios pone sobre ellos el hombre según Su corazón David; de cuya simiente, en cuanto a la carne, es Cristo, que es Dios, bendito sobre todas las cosas. Con David hizo Dios otro pacto, en parte condicional, y en parte incondicional (2 Samuel 7:10-16). Respecto a su descendiente que luego le sucedió en el trono, la retención del trono, y la bendición de la nación bajo su dominio, dependía de su obediencia; y si desobedecían, serían castigados. Pero en esto el pacto era incondicional, en que la misericordia de Dios jamás sería finalmente quitada de la casa de David. Habría uno, procedente de sus entrañas, que sin falta se sentaría sobre su trono; y en quien tendría cumplimiento la fiel palabra: “Y tu casa y tu reinado serán establecidos para siempre delante de ti: tu trono será afirmado para siempre”. No necesitamos que se nos diga quien es el bendito Hijo de David —el Heredero del reino y trono de Dios.

Los tiempos de David y de Salomón forman el período más brillante en la pasada historia de Israel. Cada uno constituye un admirable tipo del futuro reinado de Cristo. Las conquistas de David nos describen los triunfos de Jesús cuando venga como el León de la tribu de Judá; mientras que el pacífico reinado de Salomón, quizá es el más vivo tipo que podemos hallar en las Escrituras del reinado milenario de Cristo. Pero este duró poco tiempo. Salomón corrompido por esposas, cayó en la idolatría. Diez tribus se rebelaron contra su hijo, y se hicieron un reino separado, del cual Jeroboam fue rey, y del cual más tarde vino a ser Samaria la capital. La historia de este reino fue una de maldad incesante hasta el fin: cuando en los días de Oseas fueron llevados cautivos por los Asirios, y nunca han sido restaurados.

Dios en su paciencia soportó aún el reino de Judá, hasta que la iniquidad de la casa de David le hizo imposible sufrir por más tiempo. Jerusalén fue tomada; el templo de Dios fue destruido; y los judíos fueron llevados cautivos a Babilonia. El trono de Dios no estaba más en Jerusalén. El poder fue conferido en manos de los gentiles, y ha permanecido así hasta hoy. Con Nabucodonosor comenzaron igualmente los tiempos de los gentiles, y la cautividad y dispersión de los judíos. Unos pocos volvieron en los días de Ciro: para qué fin, y con qué resultado pronto veremos. Pero de la nación en general, la dispersión y cautividad ha sido su parte desde los tiempos de Salmanasar y Nabucodonosor hasta nuestros días.

Deseo hacer notar desde ahora, que hay dos grandes objetos que Dios se había propuesto al separar a Israel para sí mismo como su pueblo especial. Uno era, que hubiera testimonio de la unidad de Dios, y que Él era el solo objeto de culto. “Oye, Israel, Jehová nuestro Dios, Jehová, uno es” (Deuteronomio 6:4). “Vosotros, pues, sois mis testigos, dice Jehová, que yo soy Dios” (Isaías 43:12). Su otro objeto era, que por la prosperidad de este pueblo, fuera manifestado su carácter tan manifiesto que todos pudieran comprender que “Bienaventurado es el pueblo que tiene esto; bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehová” (Salmo 144:15). No necesito decir que es en el futuro reinado de Cristo que este propósito de Dios será cumplido. Israel será entonces una muestra, ante todas las naciones, de la felicidad del pueblo que está bajo el inmediato gobierno de Dios.

Con respecto al pasado, ambos objetos que Dios se había propuesto al separar a Israel para sí, han fallido completamente. No pretendo decir con esto que Dios haya fallido; sino que como Dios puso a Israel bajo responsabilidad hacia Él, en una posición que si ellos hubieran sido fieles, estos objetos se habrían cumplido, mas por causa de la infidelidad de Israel, no se ha verificado su cumplimiento. Israel faltó en dar testimonio a la unidad de Dios, pues cayeron en la idolatría como las naciones que los rodeaban. Por tanto, no pudieron ser una muestra de la felicidad que emana del gobierno de Jehová; porque aquel gobierno nunca puede hacer felices rebeldes e idólatras. Su cautiverio y dispersión forman la expresión final de la desaprobación de Dios acerca de sus caminos. Los desconoció a ellos y a su tierra, y los entregó en manos de sus enemigos, los reyes de Asiria y de Babilonia. Allí, por corto tiempo, terminó la responsabilidad de Israel en la tierra de Canaán. Acabó con la completa y total manifestación de apostasía y rebelión por su parte; y con su juicio, dispersión y cautividad a los gentiles, por la parte de Dios.

Yo no he olvidado lo que sin duda alguna recordaréis, que al cabo de setenta años, un corto número de ellos volvió con permiso de Ciro. Pero aunque les permitió que reedificasen su templo y su ciudad, nunca jamás fueron una nación independiente en su propia tierra. Después de esto, en su mejor condición, fueron meramente tributarios primero a los Persas, después a los Griegos, y por último a los Romanos, bajo cuyo férreo yugo estaban cuando nació su ya prometido Mesías, el Señor Jesucristo. Y en verdad, parece ser este el principal objeto por qué este corto número fue restaurado, para que Cristo naciese en medio de ellos, y que conforme a las Escrituras, les fuese presentado como su Rey.

Esto fue hecho, y vosotros sabéis los resultados. Ellos tropezaron en la piedra de tropiezo. Suplicaron, o mejor dicho, exigieron de Pilatos que les soltase a Barrabás, un homicida, prefiriéndolo a su Rey —a quien aun los sabios del Oriente habían reconocido como el “nacido Rey de los judíos”—. Israel dijo: “No tenemos otro Rey que César”, y consumaron su culpabilidad nacional crucificando su Rey. Aquél de quien dice Dios: “Yo empero he puesto mi Rey sobre Sion, monte de mi santidad”, fue crucificado por su propio pueblo. ¿Dije por su propio pueblo? Sí; por su deseo, por sus súplicas; aunque estaban tan esclavizados a los gentiles, que tuvieron que obtener el consentimiento del gobernador Romano, antes que pudieran llevar a cabo sus criminales intentos. Por tanto, como dijo el Señor a Pilatos, “el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene”. Sí, unieron las manos con los gentiles opresores para crucificar al Señor de la gloria. En el Calvario fue clavado entre dos ladrones, con un título escrito con letras griegas, y latinas y hebraicas: “Este es el Rey de los judíos”.

Sin embargo, la paciencia de Dios aun se prolongaba para con ellos. Habían consumado su iniquidad; pero aun se les mostraría más paciencia, y cuando Dios hubo levantado de los muertos a quien ellos habían crucificado, se les anunció nuevamente misericordia en su nombre. Como observamos en una ocasión anterior, Pedro, en Hechos 3, les predicó el arrepentimiento y remisión de pecados, en Su nombre, a Jerusalén, y al pueblo judío, llamándoles a arrepentirse y ser convertidos, y asegurándoles, que aun entonces Dios les enviaría a Jesús, a quien los cielos habían recibido hasta el tiempo de la restitución de todas las cosas. Pero no quisieron escuchar. No había blandura en su obstinado, empedernido e incrédulo corazón. A Pedro pusieron preso, a Jacobo degollaron, a Esteban apedrearon. Siendo anunciado a ellos Cristo por el Espíritu Santo descendido del cielo, como también anunciado en humillación sobre la tierra, y rechazándole ellos de todas maneras, entonces Dios les abandonó. Su ciudad fue otra vez destruida; su templo quemado hasta los cimientos; millares de ellos perecieron por la espada, y el miserable resto que escapó fue esparcido por toda la tierra. Y han sido así esparcidos —ellos y sus descendientes— desde entonces hasta estos días. Y, caros amigos, aun cuando es por su pecado en crucificar a Jesús que sufren esto, en este mismo acto fue puesta la base —sí, la sola base— de su futura felicidad y restauración. Cuando Caifás dijo: “Vosotros no sabéis nada, ni consideráis que es necesario que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca”, muy poco sabía del significado de sus propias palabras. “Esto dijo él, no de sí mismo; sino que como era sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús había de morir por aquella nación”. Sí; y fue por aquella nación que murió Jesús. Verdad, que había en esto otros fines —la expresión del amor de Dios hacia el mundo, la salvación de la Iglesia, la manifestación de todo el carácter de Dios, la vindicación y cumplimiento de su gloria en todos respectos—. No obstante, en medio de todo esto, fue “por aquella nación” que él murió. La nación que le crucificó, que se regocijaba en su muerte, que dijo: “Su sangre sea sobre nosotros y nuestros hijos”; por aquella nación, su sangre fue derramada en expiación. Y cuando sus ojos sean abiertos a este hecho; cuando sus corazones se vuelvan al Señor; cuando no más tropiecen en la piedra de tropiezo y vean en la menospreciada sangre del rociamiento su sola base y esperanza, es entonces que descubrirán lo que en los planes de Dios, y en la eficacia intrínseca de la obra es cierto ya que la sangre de Jesús es la única y segura base de todo el gozo y prosperidad, y exaltación y bendición, que están reservadas para ellos en su propia tierra. ¡Oh! ¡las maravillas de aquella sangre preciosa! Queridos amigos, ¿no han sentido nuestras conciencias su poder? Nosotros que por gracia hemos creído en ella ¿no hemos realizado que limpia de todo pecado? Hay eficacia en ella para limpiar aun el pecado de haberla derramado. Y cuando Israel contemple a aquél a quien ellos han traspasado, y se lamente sobre Él, como el que lamenta la pérdida de su único hijo, y sienta amargura como aquél que está de luto por su primogénito, entonces, aquella sangre será sobre ellos, pero en otro sentido que el que ellos desearon en su terrible imprecación. Será sobre ellos, no como ha sido para juicio, y dispersión y maldición  sino para liberación, restauración y bendición. Y a través del período milenario sí, a través de la eternidad atribuirán todo su gozo, todas sus bendiciones a la eficacia de la sangre, de que sus padres dijeron: “Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. Y así será verdaderamente manifestado que donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia.


Autor : W.T.  



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