Contenido del artículo:
- Génesis (comentario biblico)
- Josué (comentario biblico)
- Combate en los lugares celestiales (edificación)
- Conflicto en las alturas de Moab (edificación)
- Cristo y su yugo (edificación)
- El banquete de Belsasar (edificación)
- El celo de Jehú (edificación)
- El acertijo de Sansón (edificación)
- El pecado de Acán (edificación)
- Esperar el preciso momento de Dios (edificación)
- Fe versus incredulidad (edificación)
- Pedro sobre las aguas (edificación)
Esperar el preciso momento de Dios (edificación)
Génesis 27, versículos 1 - 37
"Aconteció que cuando Isaac envejeció, y sus ojos se oscurecieron quedando sin vista... Entonces Rebeca habló a Jacob su hijo, diciendo: He aquí yo he oído a tu padre que hablaba con Esaú tu hermano, diciendo: Tráeme caza y hazme un guisado, para que coma, y te bendiga en presencia de Jehová antes que yo muera. Ahora, pues, hijo mío, obedece a mi voz en lo que te mando. Ve ahora al ganado, y tráeme de allí dos buenos cabritos de las cabras, y haré de ellos viandas para tu padre, como a él le gusta; y tú las llevarás a tu padre, y comerá, para que él te bendiga antes de su muerte.
Y Jacob dijo a Rebeca su madre: He aquí, Esaú mí hermano es hombre velloso, y yo lampiño. Quizá me palpará mi padre, y me tendrá por burlador, y traeré sobre mí maldición y no bendición. Y su madre respondió: Hijo mío, sea sobre mí tu maldición; solamente obedece a mi voz y ve y tráemelos. Entonces él fue y los tomó, y los trajo a su madre; y su madre hizo guisado, como a su padre le gustaba. Y tomó Rebeca los vestidos de Esaú su hijo mayor, los preciosos, que ella tenía en casa, y vistió a Jacob su hijo menor; y cubrió sus manos y la parte de su cuello donde no tenía vello, con las pieles de los cabritos; y entregó los guisados y el pan que había preparado, en manos de Jacob su hijo... Y se acercó Jacob a su padre Isaac, quien le palpó, y dijo: La voz es la voz de Jacob, pero las manos, las manos de Esaú. Y no le conoció, porque sus manos eran vellosas como las manos de Esaú; y lo bendijo. Y dijo: ¿Eres tú mi hijo Esaú? Y Jacob respondió: Yo soy. Dijo también: Acércamela, y comeré de la caza de mi hijo, para que yo te bendiga; y Jacob se le acercó, e Isaac comió; le trajo también vino, y bebió.
Y le dijo Isaac su padre: Acércate ahora, y bésame, hijo mío. Y Jacob se acercó, y le besó; y olió Isaac el olor de sus vestidos, y le bendijo, diciendo: Mira, el olor de mi hijo, como el olor del campo que Jehová ha bendecido; Dios, pues, te dé del rocío del cielo, y de las grosuras de la tierra, y abundancia de trigo y de mosto. Sírvante pueblos, y naciones se inclinen a ti; sé señor de tus hermanos, y se inclinen ante ti los hijos de tu madre. Malditos los que te maldijeren, y benditos los que te bendijeren.
Y aconteció, luego que Isaac acabó de bendecir a Jacob, y apenas había salido Jacob de delante de Isaac su padre, que Esaú su hermano volvió de cazar. E hizo él también guisados, y trajo a su padre, y le dijo: Levántese mi padre, y coma de la caza de su hijo, para que me bendiga. Entonces Isaac su padre le dijo: ¿Quién eres tú? Y él le dijo: Yo soy tu hijo, tu primogénito, Esaú.
Y se estremeció Isaac grandemente, y dijo: ¿Quién es el que vino aquí, que trajo caza, y me dio, y comí de todo antes que tú vinieses? Yo le bendije, y será bendito. Cuando Esaú oyó las palabras de su padre, clamó con una muy grande y muy amarga exclamación, y le dijo: Bendíceme también a mí, padre mío. Y él dijo: Vino tu hermano con engaño, y tomó tu bendición. Y Esaú respondió: Bien llamaron su nombre Jacob, pues ya me ha suplantado dos veces: se apoderó de mi primogenitura, y he aquí ahora ha tomado mi bendición. Y dijo: ¿No has guardado bendición para mí? Isaac respondió y dijo a Esaú: He aquí yo le he puesto por señor tuyo, y le he dado por siervos a todos sus hermanos; de trigo y de vino le he provisto; ¿qué, pues, te daré a ti ahora, hijo mío?"
El eterno consejo de Dios, según la elección de la gracia, nos es en esta historia presentado. Esta expresión "elección de la gracia" tiene un significado de grandísima importancia. Ella desbarata todas las pretensiones del hombre y proclama el soberano derecho de Dios de obrar como quiere. Esto es sumamente importante. El hombre no puede gozar de bienaventuranza real y verdadera hasta no haber encorvado la cabeza delante de la soberana gracia de Dios. Le conviene hacerlo, ya que es pecador y que, como tal, carece absolutamente de derecho para obrar o prescribir a Dios cualquier cosa. La gran ventaja que de esto resulta para nosotros es que, al hallarnos en este terreno, no se trata ya de lo que merecemos, sino de lo que a Dios le place darnos. No puede ser de otro modo, porque la gracia será la coronación de toda obra del siglo de los siglos. Bienaventurados somos que esto sea así. A medida que adelantemos, haciendo de día en día nuevos descubrimientos respecto a lo que somos, encontramos la necesidad de ser sostenidos mediante el fundamento inamovible de la gracia Divina. Posiblemente nada podría sostenernos en nuestro creciente conocimiento de nosotros mismos. La ruina del hombre no ofrece esperanza alguna. Por tanto, es preciso que la gracia sea infinita, como en realidad lo es. Dios mismo es su fuente, Cristo su medio y Espíritu Santo su instrumento, el que la aplica al alma e infunde en ella su disfrute. "La gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro" (Romanos 5:21). La gracia no podía reinar sino en la redención. En la creación podemos contemplar Su sabiduría y gran poder; en la providencia de Dios, Su bondad y longanimidad; pero sólo en la redención vemos reinar Su gracia, y este reinado está fundado en la justicia.
Así vemos en Jacob una manifestación del poder de la gracia Divina y en el mismo hombre hallamos un notable ejemplo del poder de la naturaleza humana. La naturaleza de Jacob aparece manifestada en toda la perversidad de sus caminos, y así la gracia se manifiesta con todo su poder y toda su moral hermosura. Según los hechos de la vida de Jacob, parece que antes de su nacimiento, durante el nacimiento y después del nacimiento, se dejaba ver una energía extraordinaria en su naturaleza. Leemos que, antes del nacimiento, "los hijos luchaban dentro" de la madre; durante el nacimiento, salió "trabada su mano al calcañar de Esaú"; y después de su nacimiento (hasta el capítulo 32) sin excepción no vemos más que manifestaciones de la naturaleza nada amable. Pero todo eso, como fondo negro, sirve para hacer resaltar la gracia del que consiente en llamarse "el Dios de Jacob", de ese nombre que significa "suplantador" y que constituye tan conmovedora expresión de la gracia.
Por otra parte, aquí vemos como el Espíritu Santo es siempre fiel. Al relatar la historia de un hombre no nos puede presentar un cuadro incompleto. Le pinta tal cual es, y no como no es. Del mismo modo, tratándose de Dios, nos revela Su carácter y Sus caminos tal como son, y esto es precisamente lo que necesitamos. Necesitamos esta revelación de un Dios perfecto en santidad y, al mismo tiempo, perfecto en gracia y misericordia.
Así también, no debemos olvidar de que el Espíritu Santo, al presentar a nuestra vista, merced a la fidelidad de Su amor, todos los rasgos del carácter humano, simplemente tiene por objeto enaltecer las riquezas de la gracia de Dios y prevenirnos contra el mal. Su objeto no es perpetuar el recuerdo del pecado, el cual para siempre ha sido borrado de la vista de Dios. Las aberraciones, las faltas, los yerros de Isaac y Jacob han sido perdonados y lavados del todo, y estos hombres han llegado a ocupar lugar entre "los espíritus de los justos hechos perfectos" (Hebreos 12:23); pero su historia queda en las páginas del libro inspirado para manifestar la gracia de Dios y para servir de solemne aviso al pueblo de Dios en todas las edades, como también para hacernos ver claramente que Dios no tuvo que tratar con hombres perfectos en aquellos tiempos, sino con hombres sujetos a "pasiones semejantes a las nuestras" (Santiago 5:17), y en los cuales tenía que soportar las mismas faltas, las mismas debilidades y los mismos extravíos que hoy cometemos.
Todo esto es adecuado para fortalecer el corazón. Las biografías escritas por el Espíritu Santo forman un contraste sorprendente con las que escribe la mayoría de los biógrafos humanos, quienes no cuentan la historia de hombres como nosotros, sino de seres sin errores ni flaqueza. Nos cuentan más bien lo que el hombre debería ser que lo que es en realidad. Nada puede edificar como la manifestación de los caminos de Dios para con el hombre tal cual es en realidad, y es esta manifestación la que nos proporcionan las Escrituras.
Aquí hallamos al anciano patriarca Isaac a las puertas de la eternidad. La tierra y todo lo que pertenece a la naturaleza rápidamente se desvanecen de su vista; sin embargo, se preocupa por el "guisado como a mí me gusta", y se halla a punto de obrar en directa oposición al consejo de Dios, bendiciendo al mayor en lugar del menor. He aquí la naturaleza humana. Así como Esaú vende su primogenitura por un plato de lentejas, aquí vemos a Isaac presto a dar la bendición por un guisado de caza. ¡Cuán humillante es esto! No obstante, es preciso que el designio de Dios quede en pie, y Él sabrá cumplir toda su voluntad. La fe lo sabe, y en virtud de este conocimiento puede esperar el preciso momento de Dios, mientras que la naturaleza, incapaz de esperar, queda reducida a procurar sus fines por los medios de su propia invención.
Los dos grandes puntos que hace resaltar la historia de Jacob son: por un lado, el designio de Dios que obra merced a la gracia; y por el otro, la naturaleza humana que hace planes y proyectos para conseguir lo que el consejo de Dios le ha prometido. Esta observación simplifica singularmente la historia del patriarca y aumenta su interés. Quizá no hay gracia que tanto nos falte como esperar con paciencia y depender totalmente de Dios. La naturaleza se agita, ya de un modo ya de otro, impidiendo así, tanto como le es posible, la manifestación de la gracia y del poder Divino. Dios, para cumplir sus designios, no tenía necesidad de elementos tales como la astucia de Rebeca y el grosero engaño de Jacob. Él había dicho: "El mayor servirá al menor", y esto bastaba para la fe, pero no para la naturaleza humana, la que, desconociendo lo que es depender de Dios, queda reducida a sus propios medios.
¡Cuán poco conocía Jacob, al principio de su carrera, "ese bendito sentir de la fe"! ¡Cuán poco dispuesto se hallaba a remitirse a Dios respecto al tiempo y a los medios! Él prefería conseguir la bendición y la herencia mediante toda clase de astucias y fraudes antes que por la simple dependencia respecto de Dios y la sumisión a ese Dios que por gracia le había elegido para ser heredero de las promesas. Mas ¡Ay! sabemos demasiado cómo el corazón se rebela contra tal dependencia y sumisión. Prefiere cualquier cosa antes que este estado de paciente espera. El hombre natural, que no tiene recurso en Dios, caerá sin falta en la desesperación. Este hecho basta para hacernos comprender el verdadero carácter de la naturaleza humana; y para conocer esta naturaleza no es necesario penetrar en las cárceles o en los lugares donde reinan libremente el vicio y el crimen. No; basta con colocarla un poco en estado de dependencia y pronto se verá cómo se conduce. Como no conoce a Dios, no se puede entregar a Él: en esto radica el secreto de su miseria y de su degeneración moral. Desconoce por completo al verdadero Dios y, por consiguiente, no puede ser más que algo miserable e inútil. El conocimiento de Dios es fuente de vida; aún más, es la vida misma.
Era fácil engañar a Isaac, porque sus ojos estaban oscurecidos, por lo cual Rebeca y Jacob se propusieron hacerlo en lugar de mirar a Dios, quien podría haber hecho completamente nulo el designio de Isaac de bendecir a quien Dios no quería bendecir. Pero, cuando queremos sustraer de Dios nuestras personas, nuestras circunstancias o nuestro destino, sólo acumulamos para nosotros penas y dolores. Cuando pasemos por la prueba, nunca olvidemos que lo que necesitamos no es ver cambiadas nuestras circunstancias, sino lograr la victoria sobre nosotros mismos. A través de lo que sigue, veremos cómo esto le sucedió a Jacob. Alguien ha observado que: "Si se considera la vida de Jacob después de haber conseguido por engaño la bendición de su padre, se verá que desde entonces le quedó muy poca felicidad en este mundo. Su hermano concibió el proyecto de matarle y así le obligó a huir de la casa paterna; Labán, su tío, le engaño como él había engañado a su padre, tratándole de un modo muy duro; después de veinte años de servidumbre, hubo de abandonar clandestinamente a su tío, no sin correr el riesgo de verse devuelto al punto de partida o de ser asesinado por un irritado hermano; apenas librado de sus temores, la conducta deshonesta y criminal de su hijo Rubén le llena de amargura, después de lo cual tiene que deplorar la traición y la crueldad de Simeón y Leví contra los habitantes de Siquem y la muerte de su amada esposa; luego le engañan sus propios hijos, teniendo que llevar duelo por la supuesta muerte de José y finalmente, para colmo de las miserias, el hambre le obliga a bajar a Egipto, donde muere en tierra extranjera. Tales son los caminos de la Providencia, siempre justos, maravillosos y llenos de enseñanzas".
Tal fue Jacob. Pero esto no es más que un lado de su vida, el lado sombrío. Pero hay otro, ¡Bendito sea Dios por ello! En cada uno de los acontecimientos de la vida del patriarca, en los cuales hubo de recoger los frutos de sus propios cálculos y falsedades, el Dios de Jacob sacó bien del mal, e hizo sobreabundar Su gracia, más que el pecado y la locura de su pobre siervo.
Por otra parte, es muy interesante notar, en el principio de este capítulo, cómo Isaac, a pesar de la excesiva flaqueza de su carne, conserva, por la fe, la dignidad de la cual Dios le había revestido. Pronuncia la bendición con todo el sentimiento del poder que se le ha conferido para bendecir, lo vemos al decir a Esaú: "Yo le bendije, y será bendito... He aquí yo le he puesto por señor tuyo, y le he dado por siervos a todos sus hermanos; de trigo y de vino le he provisto; ¿qué, pues, te daré a ti ahora, hijo mío?". Habla como un hombre que por la fe tiene todos los tesoros de la tierra a su disposición. En él no hay falsa humildad. No desciende del elevado puesto que ocupa a causa de las manifestaciones de la naturaleza. Actuó en forma deplorable al obrar en oposición directa al consejo de Dios, es verdad; pero, de todos modos, conoce a Dios y ocupa el lugar que en consecuencia le pertenece, dispensando las bendiciones con toda la dignidad y la energía de la fe: "Yo le bendije, y será bendito...". Es propio de la fe elevarnos por encima de todas nuestras faltas y sus consecuencias para hacernos ocupar el puesto que la gracia de Dios nos ha confiado.
El Espíritu nos lo confirma en Hebreos 11:20, "Por la fe bendijo Isaac a Jacob y a Esaú respecto a cosas venideras".
En cuanto a Rebeca, tuvo también que sufrir los tristes resultados de sus artificios. Sin duda se imaginaba llevar todas las cosas con mucha destreza, pero ¡ay! no volvió a ver más a Jacob. ¡Cuán diferente habría sido el resultado si todo lo hubiese confiado al Señor! "¿Quién de vosotros podrá con afanarse añadir a su estatura un codo?" (Lucas 12:25). Nada ganamos inquietándonos y haciendo planes y proyectos humanos: con ello sólo excluimos a Dios, lo que por cierto no es ganancia. Las "aves del cielo" y los "lirios del campo" (Mateo 6:25-34) nos pueden enseñar acerca de esto, "echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros" (1ª Pedro 5:7).
De ahí que no hay posición más bendita que la del alma que, con la sencillez de una criatura, vive del todo dependiente de Dios, perfectamente satisfecha de aguardar su tiempo. Tal estado lleva consigo pruebas, es verdad; pero el alma renovada aprende las enseñanzas más profundas y goza de las experiencias más agradables, mientras espera así al Señor. Y cuanto más grande sea la tentación de sustraernos del gobierno de Dios, tanto más abundante será la bendición si sabemos permanecer quietos en esa posición bienaventurada. Es cosa infinitamente agradable depender de Él, quien anhela bendecirnos. Sólo los que, en algún grado, hayan gustado la realidad de este maravilloso estado, son capaces de apreciarlo; y el único que del todo y sin interrupción vivía en ese estado, fue el Señor Jesús. Él, como hombre, dependía siempre de dios, rechazando toda oferta del enemigo para salir de ese estado. Su lenguaje era: "En Ti he confiado..." (Salmo 16:1). Ciertamente era el designio de Dios fortalecer y sostener a Su Hijo; era Su propósito que Él viniera "a su templo" (Malaquías 3:1); como también que a Él le tenía destinados los reinos del mundo; pero ésa era precisamente la razón por la cual el Señor Jesús quería confiarse simple y perseverantemente a Dios para el cumplimiento de tales designios, en el tiempo y de la manera determinados por Dios. No procura el cumplimiento de Su propia voluntad, sino que se abandona del todo a Dios. No comerá hasta que Dios le proporcione pan; no entrará en el templo hasta que Dios le envíe; no subirá al trono hasta que Dios lo quiera. Esta completa sujeción del Hijo al Padre es admirable más allá de toda expresión.
Muy a propósito resulta, entonces, la exhortación de Pablo: "Haya, pues, en vosotros este sentir..." para que recibamos la preciosa respuesta de Dios, quien anhela bendecirnos (Filipenses 2:5-11).
La fe lo sabe, y en virtud de este conocimiento puede esperar el preciso momento de Dios.
Autor: C.H.M.
