Palabra de verdad y cordura

Pedro sobre las aguas (edificación)

Mateo 14:22-23


Podemos considerar de dos maneras este interesante pasaje de las escrituras. En primer lugar, desde el punto de vista típico, descubriendo la manera de actuar de Dios hacia Su pueblo Israel. Segundo, sacando instrucciones directas para nuestro andar práctico diario.

 Después de haber alimentado a la multitud, nuestro Señor “subió a una montaña para orar, y habiendo venido la noche estaba solo”. Esto corresponde exactamente a nuestra actual posición presentada en Sus relaciones con Israel. Él ha dejado a este pueblo y ha subido al cielo para cumplir el servicio de intercesión. Durante este tiempo, los discípulos_ tipo del remanente piadoso de Israel en los últimos días_ sufren frente a las olas impetuosas durante las horas sombrías de la noche; ellos están profundamente turbados y probados por la ausencia del Señor, quien no los pierde jamás de vista. Cuando sus fuerzas comienzan a desfallecer, Él viene a socorrerlos, apacigua el viento, calma el mar y los conduce al puerto deseado.

 Reconociendo el significado típico de este relato, y su profundo interés, deseamos ahora atraer la atención del lector sobre la historia de Pero, que tiene una instrucción directa para nuestro andar práctico.

 En esta escena, podemos discernir sin esfuerzo una imagen del camino propuesto a la asamblea de Dios o al creyente individualmente. Pedro deja la barca a la invitación del Señor. Él renuncia a todo lo que podría atraer el corazón; deja la barca para andar sobre las aguas agitadas, sigue un camino fuera y sobre las leyes de la naturaleza, un camino sobre el cual solo una fe simple puede mantenerse. Aquel que quiere recorrer un semejante camino debía estar consciente de haber sido llamado por el Señor, de lo contrario no podrá mantenerse en este. La única fuente de la fuerza, es no quitar los ojos del Señor_ “poniendo nuestros ojos sobre Jesús, el autor y el consumador de la fe” (Heb.12). Desde el momento que la mirada se aparta de Cristo, uno comienza a hundirse. No se trata de ninguna manera de la salvación, o de la seguridad de alcanzar la otra rivera. Hablamos ahora del andar práctico del creyente aquí abajo. Él es llamado a renunciar al mundo, a todo aquello en lo que la naturaleza ama apoyarse y confiarse; él es llamado a abandonar los recursos y los remedios humanos, para andar solo con Jesús, fuera de toda influencia de las cosas visibles y temporales.

 Este es el llamado elevado del cristiano y de la Iglesia de Dios enteramente, en contraste con Israel, el pueblo terrenal de Dios. Somos llamados a vivir por fe, a andar sobre las circunstancias de este m}undo en una apacible confianza en el Señor Jesús, en comunión con Él. Es precisamente esta comunión la que ha deseado Pedro cuando ha pronunciado estas palabras: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas” Este es el punto decisivo: “si eres tu”. Si no hubiese sido el Señor, Pero habría cometido una locura al dejar la barca. Por el contrario, si se trataba verdaderamente del Señor, Pedro emprendía el acto más dichoso y elevado: abandonando todo recurso humano para ir a Jesús y gozar de su comunión.

 Estas palabras: “si eres tu, manda que yo vaya a ti sobre las aguas”, tienen un maravilloso y profundo significado. No se trataba de hacer subir al Señor a la barca, precioso como esto es, sino mas bien de ir al encuentro del Señor sobre las aguas.

 Podemos distinguir dos instrucciones diferentes: por una parte que es el Señor quien entra en nuestras circunstancias, apacigua nuestros temores y calma nuestros corazones; por la otra Él nos invita a dejar la barca de los recursos naturales, para andar_ en la calma victoria: sobre las circunstancias, teniendo por objeto estar con Él, allí donde Él se encuentra. La primera cosa nos hace pensar en la viuda de Sarepta en 1 Reyes 17; la segunda, en la Sunamita de 2 Reyes 4.

 Esto nos hace estimar la excelencia de la gracia expresada en estas palabras: “tened buen ánimo; soy yo, no tengáis temor” ¡lejos de esto! Estas palabras son muy preciosas, y Pedro habría gustado su dulzura, regocijado en ellas, aún si no hubiese dejado la barca. Es bueno distinguir estos dos aspectos. A menudo uno los mezcla. Somos inclinados a animarnos por el pensamiento de tener al Señor con nosotros en nuestra marcha diaria., al considerar los testimonios de Su gracia.  Nos detenemos en las relaciones naturales, en los goces de la tierra y en las bendiciones que nuestro Padre derrama liberalmente sobre nosotros.  Nos ligamos a las circunstancias en lugar de tender hacia una comunión más íntima  con un Cristo rechazado. De esta forma, sufrimos una inmensa pérdida.

 Si, una inmensa pérdida. No es que no debamos estimar las gracias y las bendiciones de Dios, sino que debiésemos estimarlo mejor a Él mismo. Es cierto que Pedro habría sufrido una pérdida al quedarse en la barca. Algunos podrían calificar su forma de actuar como un andar descuidado, y de falta de consideración señal de una continua agitación; cuando este era el resultado de un serio deseo de estar cerca de su Señor. Costase lo que costase, él quería estar cerca de Él. Él veía a su Señor andar sobre las aguas y deseaba andar con Él: ¡qué dichoso deseo, agradable al corazón del Señor!.

 Más aún, ¿no tenía él la autorización de su Señor para dejar la barca? ¡Ciertamente! Esta palabra “ven”_ una palabra de gran fuerza moral_ penetraba en su corazón y atraía hacia Jesús. La palabra del Señor lo autorizaba a comprometerse en este camino extraño y misterioso. La realización de la presencia de Cristo, por la fe, constituía la fuerza para andar en este. ¡Sin esta palabra, él no se habría atrevido a dejar la barca, no a avanzar sobre las aguas! Pero el Señor nadaba sobre estas y la fe podía y quería andar con Él; he aquí cómo razonaba Pedro. “Y Pedro, habiendo descendido de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús”.

 Tenemos aquí una imagen sorprendente del verdadero camino del cristiano_ aquel de la fe. La palabra de Cristo nos autoriza a nadar de esta forma. La fuerza para perseverar en ellos  consiste en fijar nuestros ojos sobre Él. ¿Cuál es nuestra actitud? ¿es la firme intención de nuestra alma acercarnos a Jesús lo más posible? ¿deseamos una comunión más íntima y completa  con el Señor? ¿nos basta Él? ¿estamos dispuestos a renunciar a los apoyos naturales, a depender completamente de Él? En Su infinito amor y condescendencia, Él nos dice también. “ven”. ¿rehusaremos esto? ¿dudaremos y nos dejaremos detener? ¿nos quedaremos en la barca cuando la voz de Jesús nos invita a ir a Él?.

 Alguno podría objetar que debido al desfallecimiento de Pedro, es más seguro y sabio quedarse en la barca, por temor a hundirnos en el mar; que es mejor quedarse en el lugar donde uno está, en lugar de querer ocupar un lugar en el cual uno no perseverará. Es perfectamente verdadero que Pedro ha fallado, pero ¿por qué? ¿Por qué había dejado la barca? No, porque dejó de mirar al Señor. “pero viendo que el viento era fuerte, tuvo temor; y como comenzó a hundirse, clamó, diciendo: ¡Señor sálvame!”.. Así ha sido con el pobre Pedro. Él mira a las olas y el viento en lugar de mirar a Jesús. Él se había comprometido en un camino que no podía seguir mas que por la fe, un camino sobre el cual, sin Cristo, él no tenía nada: ni barca. En una palabra, o uno anda con Jesús sobre las aguas, o es tragado por las olas. Solo la fe puede sostener el corazón en un tal camino, porque la fe se mantiene firme a través de las olas y las tempestades. Esta anda sobre las aguas más agitadas, mientras que la incredulidad prefiere quedarse  en aguas más calmas.

 Pedro desfallece. Por tanto, esto no es prueba de que él haya cometido alguna falta al obedecer el llamado de su Señor. Jesús, ¿le hizo reproches por haber abandonado la barca? ¡Oh,! No. Él no podía invitar a su discípulo a dejar la barca y enseguida reprocharlo por esto. É conocía la debilidad  de Pedro, ya que también leemos: “Y al instante, Jesús, extendiendo su mano, lo tomó y le dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?” ¡Qué dulce reprensión! ¿Y dónde se encontraba Pedro en aquel momento? En el brazo de su Señor. ¡Qué lugar! ¡qué experiencia! ¿no había valido la pena dejar la barca para gozar de una semejante bendición? Pedro había hecho bien al dejar la barca; y aún si ha comenzado a hundirse en el camino que había comenzado, es llevado a tener un conocimiento más profundo de su propia debilidad, de su nada, como también de la gracia y el amor de su Señor.

 ¿Cuál es la gran lección que podemos sacar de este episodio? El Señor Jesús nos llama a dejar moralmente lo que es temporal y visible para andar con Él. Él nos invita a renunciar a nuestras esperanzas y apoyos terrenales, sobre los cuales nuestros pobres corazones cuentan tan fácilmente. Su voz aún puede ser percibida hoy, sobre el ruido de las olas y de las tempestades, y esta voz nos dice: “Ven”.

 ¡Prestemos oídos a esta voz! “Salgamos hacia Él fuera del campamento, llevando su vituperio”. Él quiere tenernos cerca suyo, vernos andar con Él y apoyarnos sobre Él, no poniendo nuestros ojos sobre las circunstancias, sino fijándolos constantemente sobre Él.   


Autor: C.H.M.          




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